El movimiento separatista de la provincia canadiense de Alberta encuentra aliados en el entorno de Trump
Una asociación recoge firmas para un referéndum independentista en el bastión conservador del país, gobernado por los liberales

En plena guerra arancelaria y entre amenazas de Donald Trump de convertir a Canadá en el Estado 51 de Estados Unidos, los canadienses asisten atónitos al apadrinamiento por parte del entorno del mandatario de un movimiento separatista minoritario en la provincia de Alberta. Reuniones secretas con representantes del Departamento de Estado de Estados Unidos, el respaldo abierto de figuras del movimiento MAGA (el lema trumpista de Make America Great Again) y la posibilidad de un referéndum en otoño ―para el que ya se recogen firmas― dibujan un escenario en el que muchos ven la alargada sombra de la injerencia extranjera.
Situada en el oeste de Canadá, Alberta posee una de las mayores reservas de petróleo del mundo, solo por detrás de Venezuela, Arabia Saudí e Irán. La provincia es el bastión conservador de un país gobernado por los liberales desde hace más de 10 años, la de mayor PIB per capita y una gran aportadora a las finanzas federales. Sin embargo, las políticas energéticas y ambientales impulsadas desde Ottawa han generado una tensión creciente entre la provincia y el Gobierno federal, en una relación que algunos albertanos consideran extractiva.
Aunque el apoyo al independentismo sigue siendo minoritario en la provincia, las voces de alerta saltaron al hacerse público que varios líderes del Alberta Prosperity Project (APP), la organización que encabeza el movimiento separatista, realizaron tres viajes estratégicos a Washington en 2025 para abordar la posible soberanía de la región. Su cofundador, el controvertido abogado Jeffrey Rath ―defensor de teorías de la conspiración sobre una alianza entre China y Canadá para frustrar la separación―, ha revelado en entrevistas recientes haberse reunido con representantes del Departamento de Estado para discutir el posible apoyo de EE UU a Alberta si prospera la iniciativa independentista.
Rath asegura haber tratado cuestiones logísticas como el uso del dólar estadounidense, la seguridad fronteriza e incluso un préstamo de 500.000 millones de dólares [unos 433.000 millones de euros] para financiar la transición hacia un Estado soberano. Ha contado también que al menos una de esas reuniones, celebrada en diciembre, tuvo lugar en una sala segura del Departamento de Estado, donde no se permiten dispositivos electrónicos.

Pese a que tanto la Casa Blanca como el Departamento de Estado han intentado quitar hierro a los encuentros, asegurando que no participaron altos cargos y que no se adquirió ningún compromiso, para Patrick Lennox, exjefe de inteligencia de la Policía Montada de Canadá y doctor en Relaciones Internacionales, esta última reunión es particularmente inquietante: “No se entra en una sala segura por accidente. Había una razón para que el encuentro entre APP y quienes se reunieron con ellos en el Departamento de Estado se celebrara en un entorno seguro”.
“Está completamente fuera de lugar si pensamos en la historia de la relación entre Canadá y EE UU”, continúa Lennox. “No se me ocurre otra Administración estadounidense que hubiera aceptado una reunión así con un grupo en Canadá que amenaza con romper el país. La única forma de entenderlo es que lo vean como una manera de hacer realidad la amenaza del Estado 51”.
Un “socio natural” de Washington
En los últimos meses, varias figuras del entorno de Trump se han pronunciado sobre Alberta. El que más revuelo ha causado es el secretario del Tesoro, Scott Bessent, que en un programa de televisión calificó a la provincia de “socio natural” de EE UU, destacando sus “grandes recursos”. En el ecosistema mediático de Trump, el comentarista político Brandon Weichert describió en el pódcast War Room de Steve Bannon a Alberta como la “pieza clave” de los planes del presidente para el hemisferio occidental, afirmando que cuando Trump habla de anexionar Canadá, se refiere en realidad a Alberta. A estos se han sumado voces del movimiento MAGA que respaldan en las redes sociales a los independentistas albertanos, presentándolos como víctimas de la opresión de Canadá.
La politóloga de la Universidad McGill Maria Popova, experta en la guerra de Rusia contra Ucrania, encuentra similitudes estratégicas con el uso que en 2014 hizo Moscú de los separatistas en la región de Donbás como caballo de Troya para sus intereses expansionistas: “Un vecino mucho más grande, mostrando interés por lo que en realidad es un movimiento muy marginal, e intentando convertir ese movimiento marginal en uno separatista con apariencia de legitimidad”, explica. “Más bien parecían surgir de la nada y ser presentados como lo que en algunos textos he llamado separatistas instantáneos.”
Separatismo de pandemia
Aunque quizá el separatismo albertano no sea “instantáneo” —movimientos secesionistas existen desde 1930―, sí ha sido siempre una propuesta marginal. La pandemia y las restricciones gubernamentales crearon, dice Lennox, el caldo de cultivo para su resurgimiento: el APP nació de lo que el exjefe de inteligencia califica como “paranoia colectiva”. La organización, que se autodenomina “educativa”, dice buscar la movilización ciudadana para un referéndum sobre la soberanía e independencia de la provincia. “No son un partido político propiamente dicho. Nadie los ha elegido, salvo ellos mismos”, puntualiza Lennox.
Cuenta Tanya Clemens, agricultora cerealera del sur de Alberta, que fue precisamente durante la pandemia ―“cuando vimos al Gobierno federal extralimitarse y tomar decisiones sin permitirnos hacer preguntas”, dice― el momento en que empezó a interesarse por la política local y a colaborar con el APP. Ese también es el caso de Chris Scott, dueño de un restaurante de carretera y una gasolinera en el centro de la provincia, quien se unió al APP, de la que llegó a ser consejero delegado interino, después de ser detenido por saltarse las restricciones impuestas para evitar el contagio de la covid.
Tanto Clemens como Scott se declaran conservadores y defensores de las libertades individuales, que dicen sentir en peligro bajo el Gobierno de los liberales. Los dos abanderan cierto resentimiento histórico, y hablan de siglos de desencuentros con Canadá, aunque admiten no haber tenido conocimiento del movimiento hasta el 2021.
Pero si la pandemia encendió la mecha del separatismo, las elecciones federales de abril de 2025 que ganaron los liberales de Mark Carney detonaron la bomba. Adam Derges, asesor financiero radicado en Edmonton y evangelizador de la causa separatista, asegura que “las ideologías woke han cambiado los valores del país de una forma muy drástica”, y explica que con vistas a las elecciones, muchos como él tenían la esperanza de que una victoria conservadora podría “deshacer gran parte del daño que los liberales han hecho a la economía, a la cultura, al crimen, a todo”. Tras perder las elecciones, Derges vio en la independencia la única forma de poder vivir en un territorio completamente gobernado por conservadores.
Tres meses después de la victoria de Carney, el APP presentó al organismo electoral local una petición para iniciar una consulta popular sobre un posible referéndum en el que se pregunte a los albertanos si quieren que “Alberta se convierta en un país soberano y deje de ser una provincia de Canadá”.
La petición fue aprobada en enero y el grupo separatista Stay Free Alberta asegura haber reunido ya las 177.732 firmas necesarias para activar el proceso, que deberá entregar antes del 2 de mayo a Elections Alberta para su verificación.
Mientras tanto, en Canadá analistas políticos, académicos e incluso diferentes grupos de Primeras Naciones alertan desde principios de año de la necesidad de actuar frente a una injerencia de EEUU en forma de desinformación y posible apoyo financiero ilegal.
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