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GUERRA CONTRA IRÁN
Análisis

Un cúmulo de errores de Trump en Irán

A pesar de la superioridad militar, Estados Unidos va a lograr que Teherán se sienta ganadora de la guerra

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, en una reunión del Consejo de Ministros en la Casa Blanca, el pasado jueves.Evelyn Hockstein (REUTERS)

Hay indicios y declaraciones de que Washington planea una operación terrestre en Irán. Incluso si se excluye la invasión y se limita a acciones puntuales, analistas políticos y militares advierten del yerro. No es el primero. Desde el principio, la guerra de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica ha acumulado un error tras otro.

Para empezar, fue un gran desacierto de la primera presidencia de Donald Trump abandonar en 2018 el acuerdo nuclear. Tres años antes, Teherán había aceptado embridar su programa atómico para alejar la sospecha de que escondía un objetivo militar (como Israel denuncia periódicamente desde 1984). Aquella decisión, que restableció las sanciones económicas previas, cargó de razones al régimen islamista para saltarse la mayoría de los límites que asumió con el pacto (cantidad de uranio enriquecido, nivel de enriquecimiento, régimen de verificación). Esa respuesta sirvió a su vez al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, para inflar la amenaza iraní.

Hay consenso en que Netanyahu ha arrastrado a la guerra a Trump. Si el argumento del israelí fue que la oportunidad de asesinar al líder supremo Ali Jameneí y varios de sus jefes militares el 28 de febrero abriría la puerta a un cambio de régimen, no pudo andar más desencaminado. Fuera o no así, Trump ha dado a entender que esperaba que el golpe de efecto diera paso a una alternativa al estilo de lo que consiguió en Venezuela a principios de año: un líder manejable. Semejante confusión indica un profundo desconocimiento de cómo funciona la República Islámica.

En el mismo sentido apunta el dislate de esperar que, tras los primeros bombardeos, se reanudaran las manifestaciones contra el régimen. El malestar de buena parte de los iraníes, tal vez la mayoría, ha quedado patente en las cada vez más frecuentes protestas. Sin embargo, la brutal represión del pasado enero, cuyas víctimas aún se estaban contando cuando empezó la guerra, ha dejado a la población entre la espada y la pared. Aunque la desesperación llevó a algunos a celebrar el ataque inicial, a medida que aumentan los civiles muertos y avanza la destrucción de infraestructuras, se refuerza el bando de quienes rechazan tanto la tiranía que los gobierna como la vejación de la embestida exterior.

Otro fallo sorprendente es haber ignorado el cierre del estrecho de Ormuz y sus consecuencias para la economía global. Resulta increíble que los estrategas de EE UU y, sobre todo, de Israel no contemplaran esa posibilidad. Sin contar el minado del golfo Pérsico que la República Islámica llevó a cabo durante la guerra con Irak (1980-1988), la doctrina de guerra naval asimétrica de la Guardia Revolucionaria incluye desde la década de los noventa del siglo pasado la advertencia de que “si Irán es atacado, el estrecho no será seguro”. Esa espada de Damocles se ha exhibido en al menos media docena de ocasiones este siglo a raíz de la tensión suscitada por el programa nuclear y las sanciones que lo han castigado.

Si finalmente el presidente estadounidense decide desplegar fuerzas terrestres en Irán, culminará un cúmulo de errores que permitirán al régimen declararse ganador de una contienda cuyo objetivo Washington nunca ha precisado. Sea para tomar la isla de Jarg o para recuperar el uranio altamente enriquecido que Teherán había conseguido antes de los bombardeos de junio de 2025 (entre 409 y 441 kilos, según los inspectores de la ONU), aumenta el riesgo de que a pesar de su superioridad militar, EE UU se enfangue en una de esas guerras sin fin que Trump decía querer evitar.

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