Europa se revuelve contra la muerte de las lenguas minoritarias: “Somos como dinosaurios, animales en peligro de extinción”
Las 158 minorías de la UE buscan cómo conservar su acervo, con dos casos contrapuestos en el noreste de Italia: frente al éxito del ladino, que ha logrado mantener unos 32.000 hablantes gracias a su sistema educativo cuatrilingüe, el mócheno, de raíz germánica, camina hacia la desaparición

Hoy es un día especial en el Instituto Cultural del Mócheno. Unos periodistas españoles han llegado a la minúscula localidad de Palù del Fersina, en la provincia italiana de Trento, al noreste del país, para interesarse por un idioma desconocido que apenas habla hoy en día un millar de personas y que, a cada año que pasa, se siente más y más débil. “Lo usamos unos 200 jóvenes. A veces comentamos que nos vemos como dinosaurios, como si fuéramos animales en peligro de extinción”, asegura David Toller, uno de los pocos veinteañeros que han hecho realidad el sueño de vivir y trabajar en el mismo lugar donde sus ancestros desarrollaron a partir del siglo XIII este dialecto germánico variante del bávaro. La mayoría de chicos de su edad, por el contrario, se ven obligados a mudarse a la cercana ciudad de Trento, donde prácticamente nadie ha oído hablar del mócheno.
Lo paradójico es que nunca como en los últimos 25 años esta lengua había tenido tanto reconocimiento público. Ahora se enseña una hora a la semana en los colegios de los tres municipios donde se habla y en las dos últimas décadas se han publicado el primer diccionario y la primera gramática. Y, sin embargo, pese al creciente apoyo institucional, el número de hablantes cae en picado sin ninguna perspectiva de recuperación. “Yo pienso y sueño en mócheno. Cada vez menos niños lo entienden. Temo un futuro en el que ya no se hable”, dice Barbara Laner, una mujer de 51 años que ve con tristeza cómo poco a poco se evapora el mundo en el que se crio.

A unos 120 kilómetros de distancia, en las espectaculares cadenas montañosas de los Dolomitas, en los Alpes italianos, entre teleféricos y estaciones de esquí, unos niños empiezan la clase en su colegio de la pequeña localidad de San Martino. Los horarios impresos en sus carpetas llaman la atención por estar colonizados por cuatro colores: los que marcan cada uno de los cuatro idiomas en los que se imparten las asignaturas en este colegio: italiano y alemán (idiomas oficiales en Tirol del Sur), ladino (un idioma retro-romance que en estos cinco valles hablan en torno a 32.000 personas) e inglés. Este es un caso opuesto al del mócheno. Aquí, los ladinos, gracias a un movimiento intelectual y político que se desarrolló a lo largo del siglo XX, han logrado blindar un idioma minoritario. Y la clave del éxito está en estas aulas. “Es uno de nuestros grandes logros. Nos dimos cuenta de que si queríamos que el ladino siguiera estando presente en nuestras vidas, necesitábamos la convivencia con el italiano y con el alemán”, explica el lingüista Paul Videsott desde su casa en San Vigilio di Marebbe, desde cuyos grandes ventanales se divisan esquiadores que disfrutan de las larguísimas pistas en una mañana de marzo espectacular.
Videsott es el autor del informe encargado por el Parlamento Europeo Lenguas minoritarias y minorizadas como parte de la diversidad lingüística y cultural, publicado en 2023, en el que contabilizaba al menos 158 minorías en la UE y 362 en toda Europa. Pero, como reconoce el propio lingüista, no es tan fácil señalar cuántas lenguas minoritarias hay en el continente, ya que en muchas ocasiones no existe un criterio claro sobre los requisitos para que un idioma sea considerado como tal. El informe, además de resaltar la riqueza y fortaleza que supone para Europa esta tupida red de idiomas que reflejan un profundo sustrato cultural y los vaivenes de la historia, afirma que en las últimas cuatro décadas más de dos tercios de las minorías han visto cómo sus comunidades se reducían “notablemente”. Los casos en los que han logrado que se mantengan o incluso crezcan se explican fundamentalmente por una autonomía política con un marco legal claro y un sistema educativo que promueve sus idiomas.
Las competencias sobre lenguas radican en cada uno de los Estados miembros. Por eso en la UE conviven casos de minorías que gozan de amplísimos derechos, como los suecohablantes en Finlandia o las comunidades autónomas españolas con idiomas propios, con otros con muchos problemas para ejercitar sus derechos lingüísticos, como la comunidad turca en Grecia o los rusohablantes en Letonia, en torno al 30% de la población. El eurodiputado Loránt Vincze, presidente del Intergrupo sobre Minorías Tradicionales, Comunidades Nacionales y Lenguas, reclama un marco legal común. “Necesitamos un estándar para que todas las minorías de la UE vean reconocido el derecho a usar su idioma y a una educación pública en esa lengua. Los niños que hablan ruso en Letonia no tienen nada que ver con la guerra de Putin contra Ucrania y, sin embargo, se han convertido en víctimas de una política que no les permite asistir a clases en su lengua nativa”, asegura este político del Partido Popular Europeo, él mismo miembro de la minoría húngara de Rumania. Vincze también critica la falta de reconocimiento oficial en Francia a lenguas como el occitano, el euskera o el catalán.













“Nadie duda de la pérdida cultural que supone la destrucción de una iglesia o de una pintura importante. Pero mucha gente no piensa lo mismo cuando hablamos de las lenguas. Veo una falta de conciencia generalizada en este aspecto”, añade el también eurodiputado Herbert Dorfmann, de un partido democristiano de Tirol del Sur.
Oficialidad en la UE
En este contexto, la iniciativa del Gobierno español para que la UE reconozca el catalán, el gallego y el euskera como oficiales ha chocado por ahora con la oposición de varias capitales, sobre todo Berlín. Javi López, eurodiputado socialista, destaca la importancia que un paso de estas características supondría. “La oficialidad en la UE daría a estos idiomas un reconocimiento y derechos de los que hoy carecen y crearía un ecosistema muy beneficioso para su visibilidad”, sostiene. Sobre el miedo de algunos socios de que esta decisión abriera la puerta a que otros países reclamaran algo parecido para otras lenguas, López responde que el caso del catalán, gallego y euskera no es comparable a ningún otro en la UE, por su “penetración social y estatus”.
De vuelta a los Dolomitas, donde el ladino convive con naturalidad con el alemán y el italiano, los alumnos de la escuela primaria de San Martino levantan la mano para responder a las preguntas de su profesora, Elena Frenademetz. Ella asegura que el hecho de crecer en un ambiente plurilingüe los hace más participativos, menos tímidos y que estimula sus capacidades. El experto Videsott considera demostrado que el respeto a las minorías contribuye a mejorar el nivel de vida no solo de las personas directamente afectadas, sino de toda la comunidad. También resulta patente que la riqueza de esta zona de Italia cercana a la frontera con Austria permite dotar de medios al sistema educativo que facilitan la inmersión de los alumnos en los tres idiomas propios y el inglés como lengua extranjera, así como la integración de los niños llegados de fuera.

En esta zona que formó parte del Imperio austrohúngaro, que más tarde se integró en Italia y que durante el Tercer Reich cayó bajo dominación alemana, aún se recuerdan los intentos de los regímenes autoritarios de conseguir sociedades monolingües. “Mussolini quiso imponer el italiano. Y luego la ocupación de Hitler lo intentó con el alemán. Tras estos intentos fallidos, las élites se dieron cuenta de que necesitábamos los tres idiomas. Y ahora el 99% de la población está orgullosa de un sistema que garantiza que el ladino, que ha sido capaz de sobrevivir más de 2.000 años, vaya a seguir vivo en el futuro”, concluye Videsott, que se define en primer lugar como ladino, pero que dice no tener ningún problema con su pasaporte italiano.

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