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La cúpula de poder de Irán se tambalea, pero resiste

La pérdida de figuras políticas y militares clave empuja a la República Islámica a la crisis más grave de sus casi cinco décadas. La gran duda ahora es quién toma las decisiones y qué explica la resistencia del régimen

Un hombre sostiene un cartel del difunto líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, en la ceremonia fúnebre del ex portavoz del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), Alí Mohammad Naini, este sábado en Teherán. ABEDIN TAHERKENAREH (EFE)

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha colocado a la República Islámica ante la crisis más grave de sus casi cinco décadas de historia, centrando todas las miradas en el enigma del núcleo decisorio de Teherán.

A tres semanas del conflicto, el país vive una paradoja inquietante: está sometido a una presión militar, económica y psicológica sin precedentes, con señales claras de desgaste en infraestructura y en la vida cotidiana. Sin embargo, pese a la pérdida de figuras políticas y militares clave, el régimen mantiene su cohesión y no se derrumba. La cuestión que surge de inmediato es quién toma realmente las decisiones en Irán y qué explica su resistencia.

Las señales de estos días de guerra ofrecen algunas pistas sobre la estructura de poder en Irán y sugieren que existe un plan previamente diseñado. Para Ata Mohamed Tabriz, experto en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en Barcelona, la República Islámica se ha preparado durante mucho tiempo para esta guerra. “Ha descentralizado hasta cierto punto el orden defensivo, el económico y el político, adoptando una defensa tipo mosaico”, explica. Según Tabriz, el aumento de competencias locales y la existencia de planes económicos preestablecidos han permitido “una gestión relativamente unificada” en los últimos días. Sin embargo, advierte, esta cohesión podría erosionarse si persisten las presiones, especialmente ante posibles daños a la infraestructura, y nadie sabe hasta cuándo podrá mantenerse.

Detrás de esta gestión se vislumbra con claridad un núcleo duro dentro de la Guardia Revolucionaria (Pasdarán), que opera más allá del Gobierno oficial e incluso del liderazgo religioso. Se trata de una red limitada pero altamente eficaz de altos mandos militares y de seguridad que, a lo largo de décadas, se ha renovado con fuerzas leales e ideológicas, funcionando hoy como la verdadera sala de máquinas del sistema.

Meir Javedanfar, profesor de Política e Historia Contemporánea de Irán en la Universidad Reichman, lo resume sin rodeos: “Prácticamente, es la inteligencia de la Guardia Revolucionaria la que está detrás del nombramiento del nuevo líder [Mojtaba Jameneí]“. Según Javedanfar, este núcleo impulsa las decisiones estratégicas, especialmente en seguridad y represión interna, y ha ido consolidando su influencia durante las protestas de las últimas décadas, en particular durante la represión del Movimiento Verde en 2009. Añade, además, que cualquier debate sobre sustituir la estructura de línea dura por figuras más moderadas, como Hassan Rouhani, incluso antes del ataque de Israel y Estados Unidos, “era un chiste”.

Para Touraj Atabaki, investigador principal de Historia Social en la Universidad de Leiden, el surgimiento público de este núcleo se remonta incluso diez años antes del Movimiento Verde. En una entrevista publicada en la edición persa de Deutsche Welle (DW), recuerda las protestas de 1999 en la Universidad de Teherán, cuando las fuerzas basij y de seguridad reprimieron a los estudiantes: “En ese momento, 24 comandantes de la Guardia Revolucionaria dieron un ultimátum al Gobierno, anunciando que actuarían para defender la revolución”.

Según Atabaki, aquel fue el inicio de la consolidación de una “pequeña sala de mando compuesta por comandantes de élite” que, con el tiempo, aseguraron su posición en la estructura de poder. El investigador compara este modelo con el politburó de los sistemas comunistas, especialmente la antigua Unión Soviética: “Un círculo reducido que decide sobre las perspectivas estratégicas, mientras que otras instituciones son, de hecho, subordinadas”.

Atabaki señala a Mohammad Bagher Ghalibaf, Qasem Soleimani, Hossein Allah Karam y Hossein Taeb como algunos de los fundadores de este núcleo decisorio. Aunque hoy se presume que figuras como Ahmad Vahidi, comandante en jefe del Cuerpo de Guardianes de la Revolución; Ali Abdollahi, al frente de la Comandancia Khatam al Anbiya; y Yahya Rahim Safavi, excomandante militar y asesor del líder supremo, forman parte del núcleo duro que dirige las decisiones estratégicas del régimen iraní junto con otros miembros clave que consolidan la coordinación política, militar y económica del país.

La ideología revolucionaria y de seguridad que promueven —según la cual la defensa de la República Islámica prima incluso sobre los intereses nacionales y del pueblo iraní— se ha institucionalizado y se ha convertido en la columna vertebral del régimen bajo la estricta supervisión de los Pasdarán. Este marco radical y estructurado atraviesa la política, la seguridad y la economía, y explica la durabilidad del régimen incluso en los momentos de crisis.

Este núcleo duro ha extendido su influencia más allá de la política, también hacia la economía. La participación del Cuerpo de Guardianes en grandes proyectos, a través de instituciones como la Comandancia Khatam al Anbiya —un conglomerado económico y militar que se ha consolidado como el principal contratista estatal en las últimas tres décadas—, junto con sus vínculos con centros económicos como el conjunto de empresas bajo el Santuario del Imam Reza (Astan Qods Razaví), evidencia la formación de una red de poder y riqueza que supera lo meramente militar. “Otro elemento de poder en Irán lo constituyen las fuerzas económicas, estrechamente vinculadas con los principistas y las fuerzas militares, que siguen siendo leales a este vínculo”, comenta Ata Mohamed Tabriz. Esta conexión cobra especial importancia en tiempos de guerra, cuando el control de recursos y mercados se convierte en un pilar de la estrategia de supervivencia.

Mientras tanto, el clero ha asumido un rol distinto al del inicio de la República Islámica. Aunque sigue siendo la fuente de legitimidad ideológica del régimen, en la práctica ocupa una posición subordinada. Según Atabaki, “el Cuerpo de Guardianes obtiene su legitimidad del clero, pero su prioridad es defender al régimen y, si es necesario, desplaza a los clérigos discordantes”. Este cambio refleja la evolución gradual del sistema, que ha pasado de estar centrado en la religión a convertirse en una estructura militar y de seguridad que utiliza la fe como herramienta de legitimidad.

En el plano político, este núcleo duro también define la configuración de la élite. Muchas figuras que ascienden como civiles o clérigos cuentan con antecedentes en la Guardia o se alinean con ella, y cuando intentan mostrar mayor independencia, se enfrentan a represalias. Las críticas de Mahmud Ahmadineyad llamando a los Pasdarán como los “hermanos contrabandistas” o las advertencias de Hassan Rouhani sobre la concentración de “armas, dinero y medios en una sola institución” ilustran cómo estas brechas terminan limitando la autonomía de esos actores.

No obstante, la estructura de poder en Irán no es monolítica. Según Tabriz, “a corto plazo, los principistas y las fuerzas militares tienen la ventaja”, aunque esta preeminencia también puede intensificar los conflictos internos. Advierte, además, que las élites económicas —los oligarcas cercanos al poder— podrían distanciarse del núcleo si el panorama futuro se torna incierto.

La historia muestra que la guerra puede reforzar este tipo de estructuras. La contienda Irán-Irak evidenció cómo una crisis externa puede fortalecer la cohesión interna y centralizar el poder. Hoy, hasta cierto punto, este patrón se repite: mientras la guerra se mantenga controlable, puede servir para consolidar el poder, movilizar recursos, restringir el espacio político y reducir las demandas democráticas. Pero el equilibrio es frágil; si la presión económica y social supera cierto umbral, el mismo factor que sostuvo la cohesión puede convertirse en fuente de inestabilidad.

En conclusión, el poder real en Irán reside hoy en una red militar y de seguridad concentrada, preparada durante décadas para afrontar crisis de este tipo. Como señala Atabaki, “utiliza cualquier medio para sobrevivir”, y según Javedanfar, tiene la ventaja decisiva en momentos críticos. Mientras la supervivencia de este núcleo no se vea amenazada directamente, la trayectoria predominante será la resistencia. Pero si su continuidad estructural se ve comprometida —ya sea desde dentro o desde fuera—, mostrará flexibilidad en sus tácticas y ciertos límites, no por un cambio ideológico, sino por lógica de supervivencia.

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