No solo las baterías antiaéreas protegen las costas árabes del Golfo
Millones de inmigrantes siguen trabajando en las monarquías de la península arábiga a pesar de los misiles y drones iraníes


Miles de pasajeros de todo el mundo quedaron atrapados en los aeropuertos de Oriente Próximo nada más iniciarse la guerra de Israel y EE UU contra Irán. Al inevitable caos logístico, se sumó enseguida la queja ruidosa de un puñado de influencers que contaban la situación como si fuera el fin del mundo. La prensa detectó también que los ricos que se resguardan del fisco en las costas árabes del golfo Pérsico encargaban con discreción aviones privados para salir pitando desde Mascate o Riad. Pero la mayoría de los extranjeros de la zona no pertenecen a ninguna de esas dos categorías. Y han seguido trabajando.
Pocos se han parado a reflexionar sobre esos millones de personas que hacen posible el funcionamiento de las seis monarquías de la península arábiga (agrupadas en el Consejo de Cooperación del Golfo, CCG). Desde albañiles, limpiadoras, cocineros o chóferes hasta profesoras, médicos, enfermeras, científicos o empleados de banca. Unas pocas cifras ayudarán a entender su relevancia, sus angustias y lo poco que les representa la infantil dramatización de quienes se instalaron allí atraídos por el oropel o para evadir impuestos.
La mitad de los 65 millones de habitantes son trabajadores extranjeros en busca tanto de mejoras profesionales como, sobre todo, de un trabajo que no encuentran en sus países de origen. Las proporciones varían del 40% en Arabia Saudí y Omán hasta casi el 90% en Emiratos Árabes Unidos (EAU) o Qatar. Desde EAU, sobre todo desde su popular Dubái, han llegado la mayoría de las lágrimas de cocodrilo de quienes se instalaron por elección o por capricho en esas cálidas costas, sin prestar atención ni a la naturaleza autoritaria de sus regímenes ni a los riesgos geopolíticos implícitos. Como referencia, los británicos, el grupo occidental más numeroso, rondaban los 300.000 en todo el CCG (la mayoría en Dubái); los españoles, apenas 30.000.
A 16 de marzo, los misiles y drones iraníes han causado una docena de muertos y dos centenares de heridos en el CCG. Aunque en algunos casos no se ha detallado la nacionalidad de los fallecidos, la mayoría de ellos han sido identificados como asiáticos: de la India, Pakistán, Bangladés y Nepal, lo que coincide con las principales comunidades de inmigrantes en la región. En EAU, el país de ese grupo que ha recibido el mayor número de ataques iraníes, los indios suponen una cuarta parte de los 11 millones de habitantes, duplicando a los nacionales. Más allá de un puñado de familias acomodadas, el grueso de los inmigrantes del subcontinente indio trabajan en los sectores más duros como la construcción, la limpieza y el mantenimiento de infraestructuras, un modelo que se repite en toda la zona.
Sus condiciones laborales y legales varían de país a país, pero como denuncian periódicamente las organizaciones de derechos humanos, en general sufren de sistemas de contratación leoninos (a menudo por empresas en sus países de origen que los ofrecen a las constructoras por paquetes de cientos o miles), carecen de derecho de huelga (los sindicatos están prohibidos) y tienen restricciones respecto a su regreso (necesitan permiso del empleador). En el caso de Kuwait, la negativa a conceder esa autorización (un proceso en principio sencillo que se hace online) ha dejado a varios profesores de países árabes varados en un momento en que se habían suspendido las clases.
Muchos obreros ni siquiera se han podido plantear la posibilidad de irse porque sus magros ingresos, gran parte de los cuales envían mensualmente a sus familias, no alcanzan para ello. Su vuelta a casa al final del contrato depende a menudo de sus empleadores. De hecho, la enorme brecha que existe entre ellos y los privilegiados destinados en la región por grandes empresas internacionales se ha trasladado al lenguaje. A unos se les considera inmigrantes y a otros expatriados.
Las imágenes de televisión transmiten calles y centros comerciales vacíos en Dubái, Abu Dabi o Doha que recuerdan a los días de la pandemia. Pero esa tranquilidad tensa que se intuye no solo es fruto de las costosísimas baterías antiaéreas que los petromonarcas han comprado a EE UU (y están utilizando con considerable éxito). Como entonces, la vida es posible gracias a ese ejército silencioso de trabajadores que siguen manteniendo las plantas desalinizadoras y las centrales eléctricas, limpiando las casas de locales y expats, cocinando en los restaurantes más o menos pijos, y repartiendo comida a domicilio a quienes se pueden permitir el lujo de teletrabajar.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































