El dilema de Trump, entre enriquecer a las petroleras o aliviar a los conductores estadounidenses
El precio de la gasolina sube casi un 29% en una semana. La Casa Blanca está preocupada por el impacto de la crisis energética en las elecciones de mitad de mandato


La guerra de Irán ha abierto un nuevo frente inesperado para Donald Trump. El presidente de Estados Unidos observa cada día con preocupación la evolución del precio de la gasolina y el diésel. No paran de subir desde que ordenó el ataque sobre Teherán el pasado 28 de febrero. Su inquietud se explica porque los conductores estadounidenses están empezando a sufrir en sus bolsillos el encarecimiento de los carburantes. La gasolina acaricia los 3,6 dólares por galón (3,78 litros), un 29% más que hace una semana, el mayor nivel en tres años. Desde octubre de 2023, en plena crisis inflacionaria, llenar el depósito del coche en Estados Unidos no resultaba tan caro. El diésel ha subido incluso más. La presión sobre el mercado energético mundial ―con el petróleo anclado en torno a los 100 dólares― está empezando a golpear a las familias en un país en el que un tercio de los hogares se salta comidas, deja de coger el coche o pospone cambios importantes en su vida porque no tiene dinero suficiente para pagar las facturas de la atención sanitaria, según una encuesta publicada este jueves por Gallup.
Para estos hogares, que los carburantes suban casi un 30% en una semana, es una pesadilla. La situación alimenta el debate de la asequibilidad y la crisis del coste de la vida que sigue protagonizando el debate político desde finales del año pasado. La creciente preocupación porque la guerra se prolongue más de lo esperado, a pesar de las continuas declaraciones de Trump diciendo que “la guerra ya está casi terminada” y que ha sido “una excursión”, empieza a inquietar a los congresistas republicanos. Porque aunque el régimen iraní ha sufrido importantes bajas, aún tiene la capacidad para bloquear el enclave estratégico del estrecho de Ormuz.
Los republicanos en el Capitolio se retrepan inquietos en sus lujosos sillones de cuero ante la posibilidad de que el conflicto se enquiste. Arrecia el temor de que el ataque a Irán haya desencadenado una crisis energética de proporciones históricas cuando este otoño se renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 asientos del Senado. Las perspectivas no son halagüeñas para Trump y los suyos, que ven cómo las encuestas recogen el descontento por su gestión autoritaria, con tintes xenófobos, arbitraria y polarizadora.
Pánico al impacto electoral
El encarecimiento de los carburantes también es un nuevo golpe para los agricultores y ganaderos del medio oeste, con grandes ranchos, cuyos tractores y maquinaria necesitan combustible barato para cuadrar las cuentas de unos negocios con bajos márgenes. La crisis del petróleo también afecta a los fertilizantes que emplean. Este colectivo es uno de los que más apoyo ofreció a Trump en la campaña electoral que le permitió regresar al Despacho Oval. Un sector que suma agravios porque los aranceles y las represalias comerciales también les perjudicaron.
Aunque en la Casa Blanca están muy preocupados por la situación. Creen que si la guerra de Irán se enquista o se prolonga más de las cuatro o cinco semanas que dijo inicialmente Trump, podría causar un daño enorme en las elecciones de mitad de mandato del próximo noviembre. Las encuestas reflejan un profundo desgaste de Trump, cuyo índice de aprobación ha caído al mínimo. Según los sondeos, los estadounidenses tampoco aprueban la intervención militar en Irán. Así que el inquilino del Despacho Oval tiene prisas por iniciar la retirada, pero no lo tiene fácil sin haber acabado con el régimen de los ayatolás como se había propuesto. Teherán sigue atacando petroleros que tratan de sortear el estrecho de Ormuz y está colocando minas por el paso para hacerlo intransitable sin su autorización. Han descubierto que, aunque no puedan ganar una guerra, pueden infligir dolor con el precio del petróleo.
A pesar de ello, el mandatario republicano se debate entre aliviar el dolor a las familias y aprovechar un poco más los grandes beneficios que Estados Unidos está obteniendo por el encarecimiento del precio del petróleo. “Estados Unidos es, con diferencia, el mayor productor de petróleo del mundo, así que cuando los precios del petróleo suben, ganamos mucho dinero”, ha escrito Trump este jueves a través de su red social, Truth.
Mayor exportador mundial de crudo
Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor mundial de petróleo. Es una potencia energética gracias a su apuesta por el fracking y la tecnología que le permite extraer esquisto del subsuelo. “Desde principios de la década de 2010, las exportaciones estadounidenses de petróleo crudo han aumentado considerablemente, impulsadas por el aumento de la producción estadounidense de petróleo crudo, la expansión de la infraestructura nacional, el aumento de la demanda mundial de petróleo crudo ligero con bajo contenido de azufre y la eliminación de las restricciones a la exportación de petróleo crudo en 2015. El año pasado, Estados Unidos exportó cuatro millones de barriles de petróleo crudo, 85 veces más que en 2011″, según un reciente estudio de la Agencia de Información Energética de Estados Unidos (EIA).
Las acciones de las compañías energéticas estadounidenses se han disparado en los últimos días. Conoco, Exxon, Chevron y otros grupos del sector, con muchos vínculos con Trump, se están frotando las manos. Hace un par de meses, tras la captura del expresidente Nicolás Maduro en Caracas, reunió a todos los grandes ejecutivos de la industria petrolera en la Casa Blanca para alabarlos sin pudor y animarles a invertir en Venezuela.
“Estados Unidos se encuentra en un punto intermedio (entre los países más beneficiados por la guerra y los más perjudicados). Gracias a la revolución del esquisto, el país ha pasado de ser uno de los mayores importadores de energía del mundo a un modesto exportador neto”, explican los analistas de Capital Economics en un informe publicado esta semana. “Esto significa que la economía estadounidense en su conjunto ahora se beneficia ligeramente del aumento de los precios globales de la energía, aunque las ganancias se distribuirán de forma desigual”, advierte.
Thomas Weinandy, economista de la plataforma de tecnología Upside, señala que “la industria petrolera de Texas está posicionada para ser una gran beneficiaria de la guerra”. “Las compañías petroleras sin duda se benefician al poder vender sus productos a precios más altos”, apostilla. Pero este experto advirtió de que las ganancias de las petroleras se traducen en mayores costos para los consumidores.
En su Truth, el presidente estadounidense también agregó: “Pero, como presidente, de mucho mayor interés e importancia para mí es impedir que un imperio malvado, Irán, posea armas nucleares y destruya Oriente Próximo y, de hecho, el mundo. ¡Jamás permitiré que eso suceda!“. Ni rastro del coste que esta guerra tendrá para las familias estadounidenses.
Las contradicciones
Trump ha pasado de presumir de la eficacia del ejército y el beneficio para las petroleras estadounidenses a empezar a dar pasos para salir cuanto antes del conflicto de Oriente Próximo y aprobar medidas para contener los precios de los combustibles ante el pesimismo creciente de que la intervención en Irán ha podido desatar una histórica crisis energética difícil de contener.
A principios de semana sostenía que la escalada del petróleo, que alcanzó los 120 dólares en la madrugada del lunes, era algo temporal. Le restó importancia. “Los precios del petróleo a corto plazo, que caerán rápidamente cuando termine la destrucción de la amenaza nuclear iraní, son un precio muy bajo a pagar por la seguridad y la paz de Estados Unidos y del mundo. ¡Solo los tontos pensarían diferente!”, escribió en su red social. Entonces se oponía a la liberación de las reservas petroleras de Estados Unidos, que por cierto estaban en su mínimo histórico. El país tiene almacenados unos 415 millones de barriles de una capacidad de sus depósitos de 713 millones. Los funcionarios estadounidenses se mostraron cautos antes de liberar cualquier reserva durante las reuniones en el seno de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) celebradas a principio de la semana. Pero de repente, cuentan otros miembros del organismo energético, Estados Unidos cambió de opinión.
La tensión sobre los precios de la gasolina, que suman 12 días seguidos al alza, provocó el cambio de opinión de Trump, que se ha embarcado en una larga precampaña electoral. Este miércoles estuvo en Ohio y Kentucky vendiendo las bondades de su política económica a pesar del descontento que los ciudadanos muestran en las encuestas. Lleva desde febrero visitando zonas donde cree que puede arañar votos para unas elecciones que pueden ser decisivas para recortar su poder.
Por eso, el miércoles por la noche ordenó liberar el 40% de todas las reservas petroleras de Estados Unidos y dejar los depósitos a niveles históricamente bajos. Pese a ello, los futuros del petróleo, que se negocian en mercados financieros, no parecen abaratarse y este jueves han vuelto a superar los 100 dólares. Lo que evidencia que los operadores están más preocupados por las interrupciones en el estrecho de Ormuz, por donde circula a diario más de una quinta parte del petróleo mundial, que por las reservas que apenas duran para unos meses.
“Tras pasar de ser un gran importador neto de energía a un modesto exportador, Estados Unidos está ahora menos expuesto a las crisis energéticas globales que muchos de sus pares”, señalan los expertos de Capital Economics. Si bien los hogares estadounidenses seguirán enfrentándose a precios más altos de los combustibles, los productores de energía —y sus inversores— se beneficiarán". Al tiempo que prosiguen: “Desde una perspectiva económica, los efectos, aunque reales, probablemente sean desiguales y, en la mayoría de los casos, controlables. De hecho, si el aumento de los precios de la energía resulta fugaz, la economía mundial podría absorber el impacto con menos perturbaciones de las que muchos temen”, concluyen.
Otra de las medidas desesperadas que está adoptando la Casa Blanca consiste en la suspensión de una ley marítima centenaria que requiere que se utilicen barcos estadounidenses para transportar mercancías entre puertos locales, según Bloomberg. La medida persigue frenar el aumento de los precios del petróleo y la gasolina. La exención de 30 días, aún en desarrollo, se aplicará ampliamente a los buques que transporten petróleo, gasolina, diésel, gas natural licuado y fertilizantes entre puertos estadounidenses, según las fuentes.
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