La guerra contra Irán retrata la vulnerabilidad de la Unión Europea
La supervivencia en un mundo salvaje de un experimento de integración sin precedentes como es el de Europa podría verse en peligro

Se dice, y con razón, que el régimen iraní está librando una guerra de supervivencia tras el ataque a traición de Israel y Estados Unidos. En cambio, ha pasado más desapercibido que el conflicto también es una amenaza existencial para la Unión Europea porque Donald Trump y Benjamín Netanyahu han acelerado la demolición del orden mundial sobre el que se construyó y se ha mantenido en pie el club comunitario. Como afirma la analista Nathalie Tocci, “un mundo sin ninguna clase de normas es un mundo en el que Europa está más vulnerable y empequeñecida”.
El riesgo de desintegración de la Unión Europea es evidente en un mundo sin reglas internacionales reconocidas y respetadas por todos los actores y donde cada país se verá obligado a garantizar su seguridad por sí mismo o a rendir pleitesía al capo de Estado dispuesto a ofrecerle protección. Trump ya ha dejado claro que su gran enemigo es el orden multilateral. Ha montado una especie de Naciones Unidas paralelas con su engendro para la reconstrucción de Gaza, ha paralizado la Organización Mundial de Comercio, ha abandonado la Unesco y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y ha sembrado dudas sobre su compromiso con la OTAN.

La UE actual tampoco encaja en ese escenario de tintes mafiosos diseñado por Trump. Y la guerra contra Irán no ha hecho sino retratar la vulnerabilidad de la Unión, acrecentada por la errática y contradictoria reacción de los principales líderes europeos ante una guerra lanzada de forma temeraria por dos dirigentes tan despiadados como Trump y Netanyahu.
Europa ha leído mal el conflicto desde el principio y, si persiste en su mala interpretación, podría pagarlo muy caro. Las principales capitales europeas, con la honrosa excepción de Madrid y Roma, han empezado a comprender demasiado tarde que la agresión contra Irán no tiene nada que ver con poner fin a la brutalidad y los crímenes del régimen que encabezaba Ali Jameneí, sino que responde únicamente a los intereses solapados de Trump y Netanyahu. El israelí, buscando acabar con su principal rival regional. Y el estadounidense, ansioso por asentar una supremacía incontestable en su área de influencia, que incluye a Europa, y de paso tapar sus propias vergüenzas internas del caso Epstein y los graves tropiezos de su política económica.
Si Trump se sale con la suya, la UE quedará más expuesta que nunca a las arbitrariedades, abusos y exigencias de un presidente estadounidense que, como él mismo ha reconocido, no se siente obligado a respetar ningún límite más allá de su propia y dudosa moral. Ante ese abismo, “apoyar a EE UU es dar luz verde a un mundo sin el más mínimo rastro de un orden basado en reglas y los europeos, como actores globales débiles, pagarán un precio muy alto más adelante”, avisan los analistas del ECFR Julien Barnes-Dacey y Ellie Geranmayeh.
La supervivencia en ese mundo salvaje de un experimento de integración sin precedentes como es el de Europa podría verse en peligro. El club ofrecía paz y prosperidad a sus socios, pero camino de mediados del siglo XXI esos activos serán papel mojado si no van acompañados de una garantía de seguridad. En teoría, la OTAN ofrece ese escudo, pero con Trump o sus sucesores, el blindaje de la Alianza está, cuando menos, en duda. Si la UE se convierte en un área insegura o a merced de los caprichos y veleidades de Washington, el atractivo para la integración podría decaer drásticamente y la erosión más o menos lenta de los avances logrados en los últimos 70 años resultaría inevitable.
Pero Trump también cometerá un grave error de cálculo si da por descontado el hundimiento de la UE, cuya habilidad para superar grandes embates se ha demostrado una y otra vez. En las últimas semanas, con los zarandeos de Trump al orden internacional en Venezuela, Groenlandia o Irán, la UE ha acusado tanto una gran desorientación inicial como una rara capacidad para construir poco a poco un frente de resistencia a los desvaríos geopolíticos del inquilino del Despacho Oval.

En solo unos días, Europa ha protagonizado hitos de vocación histórica como el acuerdo entre el presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz, para extender la protección de la potencia nuclear francesa a buena parte del continente europeo, un paraguas al que ya se quieren acoger otros seis socios de la Unión (España de momento ha ignorado la oferta). Y el envío a Chipre de tropas y armamento de varios países europeos, incluida España, para proteger de posibles ataques a ese país europeo, se ha valorado como el estreno fáctico del artículo del Tratado de la UE sobre defensa mutua entre los socios.
La guerra contra Irán, además, puede acelerar, según fuentes de Bruselas, los planes hacia una política común de defensa, que ya recibieron un primer gran impulso tras la invasión rusa de Ucrania hace cuatro años. El gasto en defensa de los 27 socios de la UE casi se ha doblado desde 2021, pasando de 218.000 millones de euros a casi 400.000 millones en 2025.
La Comisión Europea, además, ha achicado espacios presupuestarios y fiscales para añadir otros 800.000 millones de euros en los próximos cuatro años. Y la inyección de dinero público, más la inestabilidad geopolítica general, está calentando la inversión privada en un sector casi proscrito hasta hace poco en Europa. Rheinmetall, la gran compañía alemana de armamento, ha pasado de cotizar a 93 euros el día antes del inicio de la guerra de Rusia contra Ucrania (24 de febrero de 2022) a 468 euros por acción la víspera de la segunda victoria electoral de Trump (5 de noviembre de 2024), para cerrar esta semana a más de 1.600 euros.
Y la creación de una fuerza europea de 100.000 militares se aborda ya sin tabúes en Bruselas y se aboga abiertamente por la creación de un ejército europeo como única vía para evitar que el enorme esfuerzo de rearme no se convierta en un gigantesco derroche presupuestario a nivel nacional que solo redunde en beneficio de la industria estadounidense sin resultados efectivos para la defensa del continente. Como apunta Pol Morillas, director del CIDOB, en su reciente ensayo En el patio de los mayores, “la Unión se está viendo obligada a madurar a marchas forzadas”. La otra alternativa, como alerta Mario Draghi, es el declive a cámara lenta. O peor aún. Una humillante irrelevancia como la que ya percibe parte de la opinión pública europea.
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