La fraternidad de los iraníes fue mi salvoconducto para huir
El jefe de Internacional de la Cadena SER, que asistió en Teherán al inicio de la guerra, cuenta cómo vivió los bombardeos en la capital iraní

La primera columna de humo negro que se levantó sobre la ciudad me convirtió en Mina, la protagonista de la película El Espejo. Fue como un hechizo, pero en aquel momento no era consciente porque corría a mi habitación en la novena planta del Grand Hotel de Teherán para narrar en la Cadena SER el inicio de la guerra desde una posición exclusiva. En realidad, es ahora cuando entiendo que esos días fui como esa niña que protagonizaba el filme de Jafar Panahi. Vulnerable al tener que enfrentarse sola a los peligros de la gran urbe para volver a casa, pero afortunada por la fraternidad de los iraníes que a mí, como a la pequeña, nunca me ha faltado hasta que conseguí salir del país.
El primer obstáculo que me ayudaron a superar fue a mi llegada, en el mismo aeropuerto. Allí me encontré con un profesor iraní de instituto que hablaba inglés y al que no le importó hacer un par de llamadas con su móvil para localizar al chófer que debía llevarme al centro. Me contó que las protestas contra el régimen se estaban reactivando, que uno de sus alumnos de 13 años había muerto por disparos de la policía y que su propia hija estaba ingresada en el hospital recuperándose de una herida de bala en la pierna. La cosa se estaba poniendo seria otra vez a pesar de la represión de enero que dejó decenas de miles de muertos.
Después de aquella historia me sorprendió todavía más encontrar a jóvenes iraníes dispuestos a hablar libremente a un periodista occidental cuyos movimientos y trabajo estaban probablemente bajo la lupa del régimen. Hablé con ellos en el entorno de la universidad, que volvía a estar cerrada para evitar nuevas concentraciones. Me contaron lo frustrados que estaban por la falta de un horizonte de futuro y que no tenían nada que perder apoyando las protestas. Los riesgos que puede suponer decir esto, a plena luz del día y ante un micrófono amarillo de un tipo que no conoces, solo se pueden asumir si hay un espíritu de hermandad como el de los iraníes.
Todo esto fue pocas horas antes de las primeras bombas sobre Teherán. No vi histeria, las columnas de humo parecían ser un accidental adorno en el cielo de la ciudad que mantuvo el orden pero que se fue apagando después con calma, como si todo el mundo supiera lo que tenía que hacer con un protocolo bien ensayado hasta que las calles quedaron vacías, salpicadas de múltiples controles policiales.
Como a Mina, la fraternidad de los iraníes me ayudó a moverme por la ciudad y poder contar la muerte de Ali Jameneí desde el lugar de la noticia y fue, sobre todo, mi salvoconducto para alcanzar la frontera turca a 900 kilómetros de distancia en medio de una fuerte nevada. En un hotel de la ciudad de Zanjan en el que tuve que hacer noche fue donde conocí a una de las muchas familias iraníes que estos días se van de Teherán hacia regiones menos expuestas a los bombardeos.
Me contaron cómo una de aquellas bombas había alcanzado la mezquita del barrio, que las paredes de la casa temblaron y que su hijo, fanático de la liga de fútbol española, sufrió un shock nervioso que les llevó hacer la maleta y huir a un lugar algo más seguro. Hablé con ellos de la irracionalidad de este ataque y de la decepción que les despertaba una Europa vasalla de Trump con la excepción de España, cuya posición en todo esto me hacía partícipe sin saberlo de la hermandad iraní. La que salvó a Mina y también me salvó a mí.
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