La victoria de una ‘hermana coraje’ contra la maquinaria de adoctrinamiento infantil rusa
La joven Ksenia Koldin logró, recién cumplida la mayoría de edad, recuperar a su hermano tras pasar este por un campo de reeducación y ser acogido por una familia rusa


Cuando Ksenia Koldin describe el lavado de cerebro al que fue sometido su hermano, Sergii, dibuja con las manos varios círculos imaginarios en el aire. Lo que intenta decir es que la manipulación no es directa, va dando rodeos, es más sutil. Koldin, natural de Járkov, en el este de Ucrania, tiene 21 años. Contaba 17 primaveras cuando los tanques rusos entraron en Vovchansk, donde residía, hace ahora cuatro años. Vivía junto a su hermano en una familia de acogida después de que sus padres perdieran la custodia por problemas de alcohol. Koldin, que ha participado este miércoles en el Foro Global para la Reconstrucción de Ucrania, celebrado en Madrid, admite que ese historial hacía que fueran carne de cañón para la influencia rusa. Y Sergii, a sus 10 años, especialmente. “Era fácil de manipular”, dice. En el verano del primer año de invasión, tuvieron que cruzar hacia Rusia siguiendo caminos distintos. El crío llegó a renegar de su tierra tras meses de intoxicación rusa. Pero Koldin, que se describe como una mujer “luchadora”, no cejó en su empeño y lo trajo de vuelta a casa.
El periplo de Ksenia y Sergii es similar al que siguieron miles de menores ucranios tras el comienzo de la ocupación rusa. Con la diferencia de que su caso tuvo final feliz. El Gobierno ucranio ha identificado a más de 19.500 niños deportados o trasladados a la fuerza de sus hogares por las autoridades rusas desde febrero de 2022, aunque estima que son muchos más —la Universidad de Yale eleva esta cifra hasta los 35.000—. Kiev acusa a Moscú del secuestro de estos chicos y su lavado de cerebro como parte de una campaña sistemática para liquidar el futuro del país. Es por esta práctica por la que el Tribunal Penal Internacional pide la detención del presidente ruso, Vladímir Putin, y la de su comisionada para los Derechos de los Niños, María Lvova-Belova.
Kiev estima que Moscú ha trasladado forzosamente a 19.500 menores
Koldin se ayuda de las manos para expresarse. Abre comillas con los dedos para acompañar alguna expresión. Se permite la sonrisa en pocas ocasiones. “Cuando estalló la invasión quizá no era feliz”, cuenta, “estábamos reubicándonos”. Habían tenido que cambiar su familia biológica por una de acogida. Tenía una vida “simple”; estudiaba con la idea de ser psicóloga algún día, de vuelta a su Járkov natal. Las bombas empezaron a destrozar Vovchansk desde el minuto uno; derribaron un puente cerca de su vivienda y las paredes temblaron. Las primeras semanas las pasaron entre el refugio y la casa. Había poco que comer, los rusos golpeaban las escuelas, la desesperación cundía. Y el círculo de la manipulación empezó a girar.

“Unos vecinos de mi madre [de acogida] colaboraban con los rusos y empezaron a presionar para que mi hermano fuera a un ‘campamento de verano’ en Rusia”, relata la joven. La comunicación era difícil sin casi conexión móvil, pero la propaganda corría de una casa a otra, de un barrio a otro. Se contaban maravillas de esos campos de recreo. Una investigación de la Universidad de Yale cifró el pasado septiembre en 210 los centros de reeducación a los que el Kremlin ha trasladado a miles de menores ucranios. Son instalaciones en las que reciben adoctrinamiento tanto ideológico como, en ocasiones, militar. Esta telaraña, que recorre la Rusia federal y los territorios ocupados, llega incluso hasta el campamento de Songdowon, en Corea del Norte, fiel aliado de Rusia.
Koldin no quería que su hermano se fuera; él sí lo pretendía, porque tenía un amigo, Sasha, que le había hablado bien del campo. “Por entonces no sabíamos que fuera tan peligroso, o que algunos no volverían en meses”, continúa. En agosto, Sergii partió hacia Rusia. Ella también lo hizo, aunque a más de mil kilómetros de distancia. No había mucho que hacer en Vovchansk y su madre de acogida le animó a seguir formándose en Shebekino, en la región rusa de Belgorod, donde la mujer mantenía contacto con una expareja. La joven utiliza mucho la palabra “presión”, la de propios y extraños para abandonar su tierra. Recuerda la visita a casa de una profesora para animarla a marchar al país agresor. “No tenía otra opción”, reconoce.
Mientras su hermano permanecía en el centro de reeducación, solo para niños ucranios —alerta sobre esto Koldin: “Si fuera de recreo, ¿por qué no había rusos?”—, ella inició un curso de peluquería. No se libró del adoctrinamiento. Cada lunes, recuerda la joven, tenía que cantar el himno patrio y escuchar soflamas sobre la grandeza y gloria rusas y el respeto debido a su líder, Vladímir Putin. “Me sentía deprimida y quería volver a Ucrania”, afirma. Había cumplido la mayoría de edad y le pusieron por delante los papeles para tener un pasaporte ruso. Se negó y la echaron del centro. Fue en ese momento cuando inició el proceso para que Sergii regresara con ella a su país.
La cifra de menores retornados es demoledora. Según los registros del programa presidencial Bring Kids Back, solo 2.003 niños han logrado regresar. El esfuerzo es combinado: hay trabajo de las autoridades ucranias, pero también de organizaciones sin ánimo de lucro, particulares, abogados y hasta terceros países que median para recuperar a los críos. En el caso de Sergii, el tesón de su hermana fue fundamental. Para cuando ella dejó la formación en Shebekino, el niño estaba en régimen de acogida con una familia rusa en Abinsk, en la provincia de Krasnodar. Tan pronto como estos nuevos padres supieron que Koldin quería llevárselo, trataron de cortar todo lazo de comunicación entre los dos hermanos.
La joven contactó primero con los servicios sociales de Járkiv, pero admitieron que no podían gestionar el retorno del crío. Ella tenía los papeles, pero necesitaba intermediarios. Contactó con la organización Save Ukraine, con la que sigue colaborando, y a través de ella, llegó hasta los servicios sociales rusos. Se topó de nuevo con la familia de acogida. No querían facilitar su localización. “Pero no me detuve y presioné a los servicios sociales para que hicieran su trabajo y me dijeran dónde estaba”, prosigue con gesto de tenacidad. No se iría de Rusia sin él. Con los papeles en su poder, las autoridades rusas tuvieron que concertar una cita. Su hermano había cambiado. Habían transcurrido nueve meses tras su último contacto.
“Le pude abrazar, pero estaba muy distante, parecía nervioso, como si me estuviera ocultando algo”, cuenta Koldin. La familia de adopción estaba presente. Era mayo de 2023. Cuando el funcionario del servicio social le preguntó a Sergii si quería volver, este dijo que no. Koldin pidió verse a solas con su hermano. El bofetón fue grande. “Me dijo que no regresaría porque en Ucrania gobernaban los nazis y había guerra, era un país peligroso”, relata. Pero siguió con él; hablaron durante más de tres horas, le dijo que le echaba de menos, que tenían que estar juntos. Le ofreció, finalmente, probar un mes con ella y, si quería regresar a Rusia, le dejaría hacerlo. El niño accedió.
Más de dos años después, los dos hermanos residen en Kiev, la capital del país. Él, a sus 14 años, vive con una familia ucrania y prosigue con sus estudios en el instituto. Ella cursa el tercer año de la titulación de Periodismo. “Sergii ya no habla de Rusia”, dice Koldin, “creo que está feliz porque siempre sonríe”.
—¿Y tú?
—Yo también.
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