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Starmer se atrinchera ante los rivales internos que aspiran al liderazgo del Partido Laborista

El alcalde de Mánchester se plantea volver al Parlamento británico para pelear por la sucesión del primer ministro

Liderazgo del Partido Laborista

La debilidad de Keir Starmer en las encuestas y entre los miembros de su partido convierte cualquier ventana electoral en una amenaza para su liderazgo. Los aliados del primer ministro británico han puesto en marcha una campaña, bautizada por los medios como “Stop Andy Burnham” para evitar un posible intento del alcalde de Mánchester, una de las personalidades más populares entre los afiliados y votantes laboristas, de regresar al Parlamento. En posesión de un escaño, Burnham estaría en condiciones de disputar a Starmer el control del partido y, por ende, la jefatura de Gobierno.

La oportunidad se ha abierto en la circunscripción electoral de Gordon y Denton, en el noroeste de Inglaterra. El diputado laborista que la representaba, Andrew Gwynne, ha anunciado su intención de dimitir por motivos de salud. Se trata en realidad de una excusa negociada para que el político laborista, de 51 años, pueda recibir una indemnización compensatoria y asegure una pensión de invalidez. Fue expulsado del grupo parlamentario del Gobierno y sigue bajo investigación por unos exabruptos desafortunados contra los votantes en un grupo de Whatsapp.

En el Reino Unido, la dimisión de un diputado genera una elección parcial, en la que los partidos vuelven a competir —y los electores a votar— para elegir un nuevo representante de esa circunscripción. Este tipo de competición limitada suele ser un termómetro útil del estado de ánimo de los ciudadanos. Pero en este caso, podría ser el pistoletazo de salida para una batalla interna en la izquierda británica.

El alcalde de Mánchester todavía no ha movido ficha, y su entorno asegura que sigue muy centrado en sus tareas municipales, sin mayores ambiciones nacionales. Pero este aparente desinterés genera mucho escepticismo entre aliados y rivales del alcalde. Burnham ya disparó todas las alarmas en Downing Street el pasado septiembre, cuando Burnham reveló los mensajes de ánimo que había recibido de compañeros del partido.

“¿Le han pedido ya algunos diputados que se presente contra Starmer?”, le preguntó entonces el periodista de The Daily Telegraph. “Sí, la gente ha contactado conmigo a lo largo de este verano; no puedo negar que ha ocurrido. Pero esa decisión depende más de ellos que de mí. Aunque ya me presenté dos veces para liderar el partido. Creo que eso lo dice todo, ¿no?”, respondió el alcalde.

Burnham, al que hoy llaman el “rey del norte” por su alta popularidad ente los votantes del área del Gran Mánchester, ya fue diputado entre 2001 y 2017, pero ha sido en las tareas municipales donde ha logrado forjar una personalidad política atractiva.

El partido se preparaba entonces para celebrar su congreso anual en la ciudad de Liverpool, que Starmer aprovechó para enardecer a los suyos ante la amenaza electoral de la ultraderecha de Reform UK, el partido de Nigel Farage. Burnham decidió replegarse, ante las críticas lanzadas del entorno del primer ministro por la falta de oportunidad demostrada por el alcalde.

La amenaza, sin embargo, no desapareció. El descontento entre muchos diputados laboristas por la ínfima popularidad de Starmer entre los votantes; los giros desconcertantes de Downing Street en sus políticas económicas y sociales, y la sombra de Farage, dispuesto a arrebatar apoyo electoral a la izquierda, han hecho cada vez más creíble la posibilidad de un desafío interno al liderazgo del primer ministro. Han ido surgiendo nombres de candidatos alternativos, con mayor aceptación por las bases, como el actual ministro de Sanidad, Wes Streeting, o la defenestrada ex viceprimera ministra, Angela Rayner, ampliamente apoyada por los sindicatos.

Todos fijan su mirada en las próximas elecciones municipales de mayo, que serán también autonómicas en Escocia y Gales. Si la debacle del laborismo es tan descomunal como vaticinan los sondeos, el futuro de Starmer correría serio peligro. Muchos diputados preferirían cambiar de caballo en medio del arroyo —las próximas elecciones generales no serán hasta 2029— antes que exponerse a una derrota total dentro de tres años a manos de la ultraderecha.

Una campaña a la defensiva

En política hay amigos, enemigos y compañeros de partido, decía la famosa sentencia atribuida al histórico y astuto primer ministro italiano Giulio Andreotti. Starmer sabe que ha llegado la hora de los sables, y está dispuesto a usar todos los resortes internos para impedir el ascenso de Burnham, aunque le lluevan las críticas por falta de juego limpio.

La candidatura del alcalde de Mánchester para la circunscripción de Gordon y Denton, en el caso de que se lance a esa competición, debe ser aprobada por el Comité Nacional Ejecutivo del Partido Laborista, al que pertenecen muchos aliados de Starmer, dispuestos a hacer todo lo posible por impedirla. Hay argumentos para ello. En primer lugar, quedaría desierta la alcaldía de Mánchester, y el partido estaría obligado a desembolsar mucho dinero para poner en marcha una campaña que asegurara la retención del poder municipal.

Pero además, ya no está tan claro, como lo estaba hace poco más de dos años, que el Partido Laborista pudiera volver a ganar el escaño de Gordon y Denton sin riesgo alguno. Reform UK está cada vez más fuerte, y algunos sondeos sugieren que podría volver a dar en esa circunscripción una sorpresa similar a la que dio en Runcorn y Helsby en mayo pasado, cuando también allí se celebró una elección parcial. La ultraderecha arrebató por apenas seis votos el escaño a un Partido Laborista que se hundió en un territorio donde siempre había dominado con facilidad.

“Todo está en una fase muy inicial, y será el Comité Nacional Ejecutivo del Partido Laborista el que establezca el proceso de selección, como hace en todas las elecciones parciales. Andy Burnham está haciendo un excelente trabajo como alcalde de Mánchester”, se ha limitado a responder Starmer ante la posible maniobra de su rival político. Un mensaje lacónico pero suficientemente claro sobre su estrategia para frenar la jugada. Está por demostrar, sin embargo, que el primer ministro puede imponer su autoridad y frenar al alcalde si diputados, sindicalistas y afiliados expresan su irritación ante una maniobra interna que puede ser legítima pero dudosamente democrática.

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