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El gran botín venezolano, un coloso petrolero venido a menos pero con millonarios recursos naturales

A las mayores reservas de crudo del planeta se suman importantes yacimientos de oro y diamantes, entre otros

Venezuela

No habían pasado ni seis horas del fugaz ataque estadounidense que ha permitido el arresto del presidente venezolano, Nicolás Maduro, cuando Donald Trump confirmó una evidencia: que su país, Estados Unidos, estará “fuertemente involucrado” en el futuro de la industria petrolera local. Hay mucho dinero en juego: pese a su declive acelerado en la última década, que ha arrastrado a la economía a una imparable espiral de caída, un cataclismo sin igual, Venezuela aún cuenta con las mayores reservas probadas del planeta. Son más de 300.000 millones de barriles de crudo, casi tanto como Arabia Saudí y Estados Unidos juntos y casi la quinta parte del total mundial. Unos pozos ingentes, los de la faja petrolera del Orinoco, que no han sufrido ni un solo rasguño por la ofensiva estadounidense.

Venezuela extrae hoy cerca de un millón de barriles diarios, la tercera parte que en la década de los noventa, cuando Caracas vivía días de vino y rosas. Las tornas cambiaron hace una década, por una combinación de escasez de inversión, dificultades para importar aditivos y compuestos clave y obsolescencia de su maquinaria extractiva. Los números también están lejos de los casi 13 millones de barriles que pone cada día en el mercado Estados Unidos, los casi 10 de Arabia Saudí, los más de 9 de Rusia o los más de 3,5 de Irán y de Emiratos Árabes Unidos.

Crudo pesado

El crudo venezolano, sin embargo, tiene un valor esencial en el mercado internacional: es uno de los más pesados y ácidos, y es fundamental para la producción de asfalto y, sobre todo, de gasóleo ―a cuyo reciente encarecimiento ha contribuido tanto el embargo a Venezuela, que forma parte del cartel de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), como las últimas rondas de sanciones occidentales sobre Rusia, uno de sus pocos socios internacionales―.

Las propias refinerías estadounidenses han usado el petróleo venezolano durante años, y en cantidades no menores, para mezclarlo con su propia producción, eminentemente ligera. Hoy, China es (por mucho) el principal cliente, y solo una petrolera del gigante norteamericano opera en Venezuela: Chevron, que regresó el verano pasado.

¿Y ahora qué? “Todo va a depender de cómo evolucione la situación política. Si lo que acabamos viendo es un tutelaje en el que no quede nada clara la estabilidad de Venezuela a largo plazo, no veo a las petroleras invirtiendo miles de millones en un contexto general malo para ellas, marcado por la sobreoferta y de precios bajos [del crudo]”, esboza por teléfono Gonzalo Escribano, investigador principal del Real Instituto Elcano. Extraer el petróleo de la faja del Orinoco, recuerda, “no es precisamente barato por su difícil accesibilidad”. Nada que ver con el golfo Pérsico.

El segundo escenario posible es que las aguas políticas internas amainen y que se llegue a algún tipo de arreglo con Trump, que ha insistido en que pretende controlar la transición y quiere que sus petroleras recuperen la industria del crudo en Venezuela. Algo nada descartable, a la luz del personaje. “Si esto fuese así y se dan los incentivos para que las grandes estadounidenses entren y las sanciones se levantan, sí habría una perspectiva de aumento de la producción venezolana en alrededor de medio millón de barriles diarios. Si, en cambio, hay un vacío de poder, el desfondamiento del sector será todavía mayor”, avisa Escribano.

Jorge León, vicepresidente de la consultura Rystad Energy especializado en mercado petrolero, ve “difícil” que Venezuela pueda aumentar la producción de un día para otro. Por la falta de inversión crónica, no solo en la industria en sí, sino en puertos, en ductos o en refinerías. Por la falta de mano de obra cualificada: en los años ochenta, dice, sus ingenieros petroleros estaban entre los mejores del mundo, pero en los últimos años han sido los militares los que han manejado los hilos. Y porque no será fácil convencer a las petroleras internacionales, tampoco a las estadounidenses, si no se sabe qué ocurrirá en el país en los próximos meses. “Su potencial es enorme, pero necesitarán de cinco a ocho años”, atisba. Y para entonces, lo más probable es que el pico mundial de demanda de carburantes haya quedado atrás. Por el bien de la humanidad, y por mucho que se resistan los países y las empresas que bombean crudo.

País rico, y empobrecido

Venezuela es, quizá, el mejor ejemplo reciente de país rico —riquísimo en materias primas— empobrecido en un abrir y cerrar de ojos por una mezcla de mala gestión, creciente aislamiento internacional y éxodo migratorio sin precedentes. Aunque el crudo es lo más sobresaliente, el botín natural venezolano va mucho más allá. Cuenta con notables volúmenes de oro aún por extraer, que algunas estadísticas sitúan entre los mayores de América Latina. Con notables yacimientos de diamantes y otras piedras preciosas y semipreciosas, sobre todo en el inmenso Estado de Bolívar, el mayor del país. Y, también, de hierro (ocupa el duodécimo puesto en la tabla mundial de reservas) y bauxita (decimoquinto). Miles de millones de dólares bajo tierra.

En los últimos tiempos, con los minerales críticos en auge ―su concurso es esencial para la transición energética o la industria de la defensa, entre otras muchas―, varios interesados han vuelto sus ojos sobre sus depósitos explotables de coltán o de níquel, entre otros. Venezuela cuenta, también, con fosfato o feldespato, claves, respectivamente, para la producción de fertilizantes o de vidrio.

Ante la inminencia de la ofensiva militar estadounidense, el propio Maduro llegó a ofrecer a Trump ―según el diario The New York Times― un acceso preferente a su sector petrolero a cambio de garantías de seguridad que le permitiesen esquivar un bombardeo que, finalmente, se ha producido. Y que se ha llevado por delante al propio presidente venezolano y su esposa, Cilia Flores, que ya han sido encarcelados en Brooklyn (Nueva York).

Del lado estadounidense, la oferta, negociada en vísperas de Nochebuena, incluía, según las fuentes consultadas por el diario neoyorquino, un potencial exilio de Maduro en Turquía. Una opción que el propio dirigente chavista “rechazó airadamente”. El fracaso de esas conversaciones llevó a Trump a autorizar finalmente el asalto al complejo militar de Caracas donde se refugiaba Maduro.

Aunque la justificación oficial del ataque ha sido otra ―acabar con el tráfico ilegal de drogas hacia Estados Unidos, uno de los cargos clave por los que se juzgará a Maduro en Nueva York―, la Casa Blanca no se ha esforzado ni un ápice en negar su interés económico por Venezuela. Hasta el punto de que Trump hizo girar, por voluntad propia, gran parte de su comparecencia de este sábado en torno a ese asunto: la posibilidad explícita de que el principal productor mundial de crudo, Estados Unidos, tutele (o directamente explote) las mayores reservas probadas del planeta.

“Vamos a gastar miles de millones en la industria petrolera venezolana y vamos a ganar miles de millones para ese país”, apuntó Trump este sábado, en su primera comparecencia pública tras el ataque. “Podemos conseguir que su gente sea rica, independiente y que esté segura”. Todo, claro, energéticas estadounidenses mediante. Tienen, ante sí, una inmensa oportunidad de negocio justo cuando empiezan a atisbar su propio final, a lomos de una electrificación del transporte que no deja (ni dejará) de ganar tracción. También por el bien del planeta.

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Sobre la firma

Ignacio Fariza
Es redactor de la sección de Economía de EL PAÍS. Ha trabajado en las delegaciones del diario en Bruselas y Ciudad de México. Estudió Económicas y Periodismo en la Universidad Carlos III, y el Máster de Periodismo de EL PAÍS y la Universidad Autónoma de Madrid.
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