Diez años de la ‘crisis de los migrantes’ en Europa: la derecha busca el antídoto ante los ultras
Moderados y conservadores endurecen sus políticas inspirándose en Dinamarca, país gobernado por los socialdemócratas y que ha neutralizado a los radicales
Policías y soldados vigilando el paso de inmigrantes en las fronteras que se creían borradas entre socios europeos. Violencia contra extranjeros en países donde, como España, esta cuestión había sido relativamente secundaria hasta poco. Una presión creciente de la extrema derecha a los partidos conservadores o de centroderecha que gobiernan en buena parte del continente y que endurecen la retórica y la legislación. Dinamarca, que este semestre presidente el Consejo de la UE, emerge para algunos como un modelo: gobierno socialdemócrata, políticas migratorias restrictivas, y extrema derecha debilitada.
Diez años después de la llamada crisis de los migrantes, cuando la guerra en Siria precipitó la llegada de centenares de miles de refugiados, la onda expansiva de aquel verano no ha perdido fuerza. Entretanto, la Historia no se ha detenido: la pandemia, la invasión rusa en Ucrania, el Brexit, el regreso de Donald Trump en Estados Unidos. El número de llegadas a las fronteras ha bajado desde el pico de aquella crisis y los ejemplos de éxito en la integración son innumerables. Pero de Torre-Pacheco a la frontera oriental de Polonia, del canal de la Mancha a las cumbres de los Alpes, es como si Europa viviese todavía en una era que empezó en 2015 y no ha terminado. Como si la inmigración fuese el tema que decidirá el futuro del continente.
Cuando en julio el nuevo canciller alemán, el democristiano Friedrich Merz, dijo que “visiblemente no lo hemos logrado”, estaba enmendando la plana a Angela Merkel, su eterna rival en la democracia cristiana. En agosto de 2015 la entonces canciller había dicho: “Lo lograremos”. Merkel, al permitir la entrada en de cerca de un millón de refugiados, exhibió ante el mundo la imagen de una Alemania solidaria. Después, en Alemania la extrema derecha empezó a cosechar éxitos con un mensaje contrario a la inmigración. En las elecciones de febrero, se convirtió en segunda fuerza parlamentaria con 151 diputados y más de 10 millones de votos. Ahora Merz busca el antídoto.
Hay una teoría según la cual la mano dura con la inmigración es la fórmula errónea: los votantes siempre preferirán el original a la copia. “Hay como una carrera, a ver quién va más lejos, pero en esta carrera gana la extrema derecha”, avisa Witold Klaus, jefe del Centro de Investigación Jurídica sobre la Inmigración en la Academia Polaca de Ciencias. Polonia ha suspendido el derecho de asilo en la frontera con Bielorrusia y ha reforzado los controles en la frontera con Lituania y con Alemania. El profesor Klaus explica que, en la campaña para las recientes elecciones presidenciales, los moderados del primer ministro, Donald Tusk, buscaron atraer votos de la derecha con el mensaje de la mano dura. “El mensaje que llegaba a la sociedad era: ‘La migración es incontrolable’. Y esto era lo que decía la extrema derecha desde hacía años”. Ganó el candidato ultranacionalista; perdió el de Tusk.
La derecha moderada en Europa, y una parte del centroizquierda, están adoptando la otra teoría, que reza así: existe una inquietud real en partes de la ciudadanía, y los partidos democráticos deben atenderla. En un encuentro en enero con periodistas en Berlín, el ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, del partido de Tusk explicaba: “Cuando el electorado te envía un mensaje poderoso de que le preocupa un tema, un gobierno sabio intenta resolverlo”. Se refería a la inmigración. Lo resumía hace unos años, con palabras más rotundas, el ensayista David Frum: “Si los liberales no controlan las fronteras, lo harán los fascistas”.
Sikorski y Frum, liberalconservadores que se han enfrentado, respectivamente, a la derecha populista del PiS en Polonia y a Donald Trump en EE UU, expresan una idea que se refleja en medidas recientes como los controles en la frontera germanopolaca. O en la iniciativa de los ministros del Interior de Alemania y sus vecinos, que hace unas semanas, desde el Zugspitze, la montaña más alta del país, anunciaron más expulsiones ante la inmigración irregular. O en el consenso creciente sobre la creación de centros de retorno en países fuera de la UE, adonde se enviara a los expulsados antes de volver a sus países de origen.
“El endurecimiento de las políticas migratorias es real, pero no puede imputarse solo al aumento de la extrema derecha”, dice el profesor François Héran, titular en el Collège de France de la cátedra Migraciones y Sociedades. Héran recuerda que, en contra de lo que dice Merz, Alemania “sí lo logró”, pues “integró a un número considerable de refugiados de Oriente Medio, más que ningún otro país europeo”. “Por ejemplo”, dice, “consiguió reducir la distancia entre la tasa de pobreza de los hijos de nativos y la de los hijos de inmigrantes. Estos resultados se explican sobre todo por una política muy activa de escolarización adaptada, de inicio a la lengua y de acceso al empleo más rápido”.
Entre otros factores que han contribuido al cambio en la opinión pública en esta década, Héran menciona los episodios de agresiones sexuales en Colonia en 2016 y los atentados a partir de esos años. Otro factor es la economía: “Cuando se ve a jóvenes sufriendo más dificultades que sus padres para acceder al mercado laboral, se vuelve fácil convencer al público de que los inmigrantes son competidores ilegítimos y que extraen los recursos, en particular la protección social, en detrimento de los nativos”. La extrema derecha “no ha creado artificialmente el problema, pero lo ha amplificado y generalizado, con la ayuda potente de las redes sociales, infrautilizadas por los partidos tradicionales”.
Alemania no vive en una situación de “emergencia”, como se dijo durante la campaña electoral, recuerda Victoria Rietig, directora del Centro para la Migración del laboratorio de ideas alemán DGAP. “Esto es un sinsentido. En Alemania el número de solicitudes de asilo cae desde noviembre de 2023 y también el número de personas que entran por la frontera”, dice. “Pero no es ninguna paradoja que haya gente que diga: ‘Para nosotros es demasiado’”. Y aporta un dato: “Desde la posguerra mundial, en Alemania solo hubo 10 años con más de 200.000 solicitudes de asilo, y de estos, siete fueron desde 2014. Las solicitudes de asilo bajan de forma constante desde 2023, pero siguen siendo elevadas en comparación con datos históricos”.
Rietig, a la pregunta sobre si las políticas migratorias se están endureciendo, responde: “Sí, sin duda”. Y aclara: “El rechazo ha aumentado, tanto en la política como en la opinión pública. Hoy tenemos más fronteras fortificadas, desde vallas fronterizas hasta muros. Grecia ha construido. Finlandia está construyendo su valla fronteriza. Entre los distintos países europeos hay cada vez más fortificaciones”. Otra explicación: “Tenemos partidos populistas de derechas que se han reforzado y han pasado de ser un fenómeno marginal a un fenómeno central”. Y añade: “Hemos tenido muchas crisis desde 2015 y solo en parte las hemos controlado, por lo que la migración se percibe como una nueva crisis, además del coronavirus, el desmoronamiento de la alianza transatlántica, la crisis de la vivienda, la del sistema sanitario. Cada vez más, el Estado alemán no funciona para los ciudadanos.”, explica. “Cuando los recursos se vuelven más escasos, la gente dice cada vez más: ‘Somos un gran país, y abierto, pero en algún momento deberán venir menos’”.
Didier Leschi, director general de la Oficina francesa de inmigración e integración, no dice otra cosa cuando afirma que “los países de la UE afrontan dificultades económicas que se amplifican”. “Hoy tenemos extremas derechas en Europa que alinean un discurso de defensa del estado social con un discurso xenófobo”. Para muchos, el modelo ante los radicales es Dinamarca. Este país, con la primera ministra socialdemócrata Mette Frederiksen, aplica políticas sociales progresistas y, al mismo tiempo, ha endurecido la política migratoria. Allí los partidos de extrema derecha han perdido peso electoral y están muy lejos de poder gobernar.
“El actual gobierno ha logrado empujarles hacia los márgenes y convertir la inmigración en un no-tema”, dice Marlene Wind, directora del Centro para la Política Europea en la Universidad de Copenhague. La política migratoria danesa recuerda Wind, “no consiste solo en echar a personas, sino también en atraerlas para los trabajos que nosotros, los europeos, no queremos”. “No creo que la gente quiera las políticas de extrema derecha cuando descubra lo irresponsablemente que manejan la política económica”, añade, “así que sería una buena idea tomar en serio las preocupaciones de las personas respecto a la inmigración”.
Más aplaudida por la derecha que por sus compañeros socialdemócratas, Frederiksen encarna uno de los polos de esta familia ideológica en Europa, hoy minoritaria en Europa. El otro es Pedro Sánchez en España, abanderado de una política migratoria menos restrictiva. Ambos países también son una excepción porque los partidos de extrema derecha están lejos de los niveles de los grandes países europeos. En Francia, el RN de Marine Le Pen lidera las encuestas. En Alemania, AfD es primer partido de la oposición y en algunos sondeos ya empata con el primero, la CDU/CSU de Merz. La elección francesa es en 2017; la alemana, en 2029.
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