Asia a un lado, al otro Europa

Un simple túnel ferroviario puede convertirse en todo un símbolo. Es lo que ocurre con el Marmaray, el enlace directo por ferrocarril entre las dos orillas del Bósforo inaugurado el martes por el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, en el 90º aniversario de la fundación de la República turca. Esos 1.400 metros de túnel submarino son mucho más que una conexión rápida entre las dos orillas de la metrópolis de Estambul. Enlazan directamente por tren la península asiática de Anatolia y el continente europeo sin necesidad de la circunvalación por el Caúcaso, y se añade a los dos puentes colgantes para tráfico automovilístico actualmente existentes.
La próxima semana se reanudan las tormentosas negociaciones de adhesión de Turquía a la Unión Europea, tras tres años de bloqueo, aunque nadie cree ya en un horizonte de adhesión a una UE desorientada y fragmentada y sin ganas para nuevas ampliaciones. Pero la acción de las obras públicas sobre la realidad geofísica sigue en la misma dirección de adhesión europeísta emprendida por Turquía desde la desaparición del imperio otomano; como prueba, este nuevo túnel intercontinental por donde circularán trenes de alta velocidad que en un futuro no muy lejano conectarán Pekín con Londres.
El islamismo político ha sufrido un durísimo revés en Egipto, donde los militares le han arrebatado el poder obtenido en las urnas. Exactamente lo contrario de lo que sucede en Turquía, donde su amigo y aliado Erdogan exhibe una desenfrenada ambición: para sí mismo, de perpetuarse en el poder, y para su país y para Estambul —la megalópolis de la que fue alcalde—, de liderazgo, no tan solo regional. Nuevos túneles y puentes e incluso un canal artificial alternativo al Bósforo se hallan entre los proyectos megalómanos que tiene en cartera.


























































