Qué es Lo-TEK, la alternativa ecológica a la tecnología extractivista
Esta propuesta es un modo de recuperar conocimientos ancestrales para moldear nuestras ciudades y entornos rurales. Apuesta por sistemas regenerativos y ambientalmente justos


En los años sesenta, los sistemas de riego milenarios de la isla de Bali, en Indonesia, fueron sustituidos por sistemas científicos. Los propulsores de la “revolución verde”, basada en tecnología punta occidental, descartaron la gestión hídrica realizada por los sacerdotes de un templo hindú-budista dedicado a Dewi Danu, la diosa del lago. Apostaron por fertilizantes y semillas modificadas genéticamente para aumentar la producción. Tacharon lo que denominaron “culto del arroz” como magia y superstición. “El gobierno amenazó a los agricultores. Impuso una transición verde, que en realidad era industrial. Todo se vino abajo en cuatro cosechas”, explica por videollamada la arquitecta y paisajista australiana Julia Watson, autora de Lo-TEK Water. A field guide for TEKnology (agua Lo-TEK. Una guía de campo para la TEKnología, sin traducción al español).
El uso de la high tech (alta tecnología) en el cultivo del arroz indonesio tuvo resultados catastróficos. Sin el fertilizante natural proveniente de minerales disueltos en el agua, el suelo se degradó y la biodiversidad de insectos disminuyó. El sistema tradicional subak, basado también en la cooperación entre agricultores, tardó décadas en ser restaurado. En su libro de 2019, todo un best seller internacional, Julia Watson incluyó el caso de estudio de las terrazas sagradas de Mahagiri de Bali. La autora también explica cómo el moderno parque Chalongkorn de Bangkok replica la ingeniería agrícola del subak. “Intento definir una tecnología sin la obsesión contemporánea por la inteligencia artificial (IA) y los satélites. Los 200 últimos años de la humanidad han estado dominados por un colonialismo blanco que apenas reconoce un único tipo de conocimiento”, afirma la también profesora de la Escuela de Diseño de la Universidad de Harvard.
Sistemas naturales
La portada de su libro Lo-TEK. Design by radical indigenism (Lo-TEK, diseño por indigenismo radical, sin traducción en español) está protagonizada por un puente vivo construido por el pueblo Khasi en las selvas indias de Meghalaya. Insertando tallos de palmera betel en raíces del árbol del caucho, los Khasi han moldeado durante siglos puentes que llegan a tener treinta metros. Watson también ha documentado los yakchals, estructuras de adobe usadas por los persas para fabricar hielo. Los yakchals, subterráneos y orientados al viento, capturan el aire nocturno y almacenan el frío dentro de sus muros.
Ambos ejemplos encarnan a la perfección el concepto Lo-TEK, que remite a low-tech, una de las abreviaciones de low technology (baja tecnología), entendida como algo simple y anterior a la revolución industrial. Simultáneamente, engloba el conocimiento ecológico ancestral (TEK por sus siglas en inglés). Watson sostiene que el “Lo-TEK es una oportunidad para cambiar los sistemas tecnológicos occidentales, explotadores y extractivistas por sistemas regenerativos, relacionales y más justos social y ambientalmente”. La australiana reivindica sistemas basados en la naturaleza y dirigidos por comunidades. El sistema Sangjiyutang de la desembocadura de los ríos de la provincia china de Guangdong permite visualizar la simbiosis de tecnologías naturales y humanas de Lo-TEK. Las moreras alimentan a los gusanos de seda; los gusanos nutren a los peces; los peces fertilizan los estanques; los estanques moderan las inundaciones y el lodo abona los árboles. La agricultura, la piscicultura y la producción textil se complementan.
El arquitecto y comisario de arte Pablo de Soto, director del Laboral Centro de Arte y Creación Industrial de Gijón entre 2022 y 2025, alerta sobre el riesgo del “solucionismo” high tech: “Estamos en un momento crucial de la relación de ecología con tecnología debido al consumo masivo de energía y agua de la IA”, explica por escrito. Como ejemplo, cita la reapertura de la central nuclear de Three Mile Island de Pensilvania (Estados Unidos), cerrada por un accidente del reactor en 1979 y reabierta para alimentar los centros de datos de IBM que usa la empresa OpenAI. “Por hechos y desafíos como este es tan importante reconocer una diversidad en las tecnologías y considerar tecnologías no occidentales que no someten a la tierra y sí trabajan con ella”.
En Arte y cosmotécnica (2025, Caja negra), el filósofo chino Yuk Hui explica que no existe una definición única de tecnología. Frente a la falsa diversidad del libre mercado, basada en una tecnología homogénea, Hui reivindica la tecnodiversidad. Delante del marco único (y digital) de las grandes tecnológicas, aboga por una multiplicidad de cosmotécnicas. “No existe una técnica universal y homogénea. Por tanto, lo que necesitamos reinventar no es una tecnología específica que pueda ser más ecológica o eficiente, sino una nueva forma de pensar la técnica en su totalidad y diversidad”.
En sus libros, Julia Watson arremete contra la “mitología de la tecnología” de la Ilustración que, influenciada por el colonialismo y el racismo, ignoró la sabiduría local y la innovación indígena, considerándola primitiva. El sociólogo ecuatoriano Juan Manuel Crespo, que trabaja con pueblos indígenas en la Amazonia, alerta de que el progreso y el desarrollo, conceptos de la Ilustración asociados a la industrialización, provocan insostenibilidad en la Tierra. “El horizonte universal es una línea recta excluyente. Por el contrario, la idea del pluriverso abre la posibilidad de que la tecnología ancestral pueda confluir con la modernidad”, asegura al teléfono, citando el proyecto de soberanía tecnológica Kara Solar del pueblo indígena Achuar en el que colabora, que pretende “descarbonizar” ríos de la Amazonia usando barcos solares.
Si en el primer volumen de Lo-TEK Julia Watson recopiló ejemplos de pueblos indígenas, el dedicado al agua abre la puerta a prácticas ancestrales de Europa. El libro incluye las técnicas de cultivo de mejillones de los bretones y normandos en la bahía de la isla de Saint Michel (Francia) y el valli da pesca (canales, cañaverales y criaderos de peces que se alimentan de las aguas de la laguna de Venecia). Al mismo tiempo, la segunda parte del libro recopila 23 proyectos urbanísticos que se inspiran en tecnologías ancestrales. El libro documenta cómo la técnica de cultivo flotante de las llanuras aluviales de Bangladesh está replicándose. En el río Duwamish de Seattle, el Green Futures Lab cultiva humedales flotantes para restaurar el hábitat de un río degradado. En Pakistán, el Instituto Nacional de Biotecnología e Ingeniería Genética limpia las vías fluviales contaminadas mediante una siembra acuática similar. “Cuando las comunidades comienzan a trabajar con ingenieros y científicos, vemos que las tecnologías climáticas evolucionan como nunca. Es un nuevo espacio de innovación que no está dominado por la high tech”, matiza Julia Watson, que también codirige la Oficina de Urbanismo Intercultural Lo-TEK, que ha elaborado diez principios de urbanismo para transformar sistemas extractivistas en relaciones regenerativas con el planeta.
En el primer capítulo de Epistemologías del sur (2014, Akal), ensayo clave del pensamiento decolonial, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos argumenta que en el caso de las terrazas arroceras de Bali el sentimiento de superioridad del conocimiento científico provocó una “mala ciencia”. Paradojas de la historia, 30 años después de la revolución verde, las ciencias complejas demostraron que la tradición sociorreligiosa de los sacerdotes de la diosa Dewi Danu era el método científico más eficiente posible.
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