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OTRAS MIRADAS
Columna

Menos ‘coolness’, más tronío

Si una lengua no muta, está muerta, pero además de anglicismos deberíamos abrazar un habla repleta de expresiones bonaerenses, peruanas, canarias, chilenas, ciudadrealeñas

Nicolás Aznárez

El otro día, tomando algo en un bar con amigas y conocidas de distintos lugares de España, dos malagueñas dejaron caer la palabra “tronío” en su conversación. Desconcierto, estupor. ¿Qué era aquello del tronío? Estas injusticias en la asimilación del lenguaje me parten el corazón. Salvando las diferencias semánticas entre estas palabras, ¿por qué, en general, sabemos lo que es classy o coolness, y no lo que es tronío? ¿Cómo es posible que hayamos integrado tan fácilmente lo cozy y no sepamos lo que es apapachar, esa hermosa palabra que el náhuatl nos regala? ¿Por qué tenemos más a mano el horroroso foodie que el hermoso lambuzo extremeño?

No tengo nada en contra del inglés. Me interesa como idioma (creo que cuando te interesa un idioma, te interesan todos) y le he cogido el cariño que se le toma a un puente ya inevitable entre personas de distintos lugares. Desde luego, hay algo grato en un vínculo que facilita la vida con el otro, aunque los motivos de la elección de esa lengua concreta no sean en absoluto limpias. Véanse todas esas razones ponzoñosas que ya conocemos, pero que no está mal recordar: expansión del Imperio Británico, escalada de Estados Unidos como potencia económica y cultural, dominio del comercio internacional y la tecnología, globalización y, última en orden pero en absoluto en importancia, la industria del entretenimiento (en un desliz que demuestra que estoy ahogada en este fenómeno contra el que me pronuncio, confieso que antes de corregir por “industria del entretenimiento”, mis dedos han estado a punto de teclear show business).

Decía el sociólogo francés Pierre Bourdieu que las palabras que empleamos están íntimamente relacionadas con la aceptación ideológica de un determinado modo de estar en el mundo. Eso indica que optar por unas formas lingüísticas en lugar de otras sirve para replicar —o modificar— un determinado orden de palabras y cosas. Sobre este principio se alza, estoico pese a los constantes intentos de ridiculización, el lenguaje inclusivo. Sobre este principio se apoya también la vida y muerte de las lenguas vernáculas. Sobre este principio se recuesta cómodamente el hecho de que nos dé vergüenza cometer errores cuando hablamos en inglés, pero confundamos sin ningún apuro, en la etiqueta de un champú, el portugués con el catalán, u observemos con extrañeza y risa —pero no con el mismo deseo de aprender que nos mueve en el viaje— las expresiones de nuestra amiga mexicana. Con respecto a las dinámicas de poder, es fácil comprender el derrotero que toman en un país en el que, al llegar María José Catalá a la Alcaldía de Valencia (València), lo primero que hizo fue quitar la tilde de la toponimia de su municipio. He puesto este ejemplo concreto no por ser el más flagrante de todos los que suprimen la riqueza de las lenguas, sino porque aún me despierta una carcajada amarga recordar que algunas declaraciones al respecto de su decisión (y de su redacción conjunta con Vox a la hora de solicitar el cambio) las hizo desde la final de un concurso de paellas llamado Paella World Day. Denostar lo que nos rodea, abrazar el poder: cómo nos gusta esta horterada.

No creo que el uso de anglicismos suponga una pérdida de identidad. Si una lengua no muta, está muerta, y en una realidad tan palpable como la sociedad lingüísticamente diversa en la que convivimos se debería generar, de forma ineludible, un mestizaje natural, un habla repleta de expresiones bonaerenses, peruanas, canarias, chilenas, ciudadrealeñas. En ese sentido, también el uso de anglicismos puede ser uno de los muchos elementos que moldean una nueva identidad colectiva. Solo señalo el tufillo triste de que estas nuevas incorporaciones sean casi únicamente extranjerismos anglófonos. No prestar atención a las palabras y expresiones onubenses, cubanas, gallegas o ecuatorianas que conviven a nuestro alrededor, y absorber únicamente todo anglicismo que se nos ponga delante, indica una posición ideológica como sociedad hablante. Estemos atentas a las direcciones que toman nuestras curiosidades. Porque no es nada más, y nada menos, que eso: una cuestión de curiosidad. La hermosa contaminación y el enhebrarse de las hablas siempre serán sospechosas si nuestras alianzas lingüísticas se establecen únicamente con el que ostenta el poder.

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