Los buenos comen langosta: las obscenidades de la guerra de Irán
A la monstruosa ofensiva en Oriente Próximo se suma un estilo y un lenguaje que parecen una caricatura del peor estereotipo de estadounidense

El ataque a Irán iba a ser cosa de unas semanas, cada día se anuncia que Irán ya ha sido destruido (deben de reconstruirlo por la noche), pero resulta que ahora el dinero no les llega. El Departamento de Defensa de la Casa Blanca, que el aspirante a Nobel de la Paz ha renombrado Departamento de Guerra, acaba de pedir 200.000 millones de dólares. Su secretario, Pete Hegseth, lo ha argumentado así: “Hace falta dinero para matar a los malos”. Yo siempre lo he dicho, si es que solo es cuestión de dinero. Y no les quiero ni contar el que hace falta para que vivan los buenos, sobre todo si los buenos quieren vivir bien. Porque los buenos, por ejemplo, comen langosta. Yo la he comido una o dos veces en mi vida, así que muy bueno no debo de ser. Pero según la plataforma de transparencia Open The Books, solo en septiembre, último mes del año fiscal, Hegseth se fundió 93.000 millones, cifra histórica, la mitad de lo que pide ahora. Y una parte fue en cosas como un piano de cola Steinway & Sons de 98.000 dólares para la casa de un mando de aviación. Es verdad que en un momento dado puede usarse como arma de guerra, lanzándolo desde el aire, pero hay otros dispendios menos comprensibles: en un mes, 6,9 millones de dólares en langosta y dos millones en centollos reales de Alaska. Ni Departamento de Guerra, ni de Paz, mejor Departamento de Crustáceos. Además Trump es de color naranja, le encantaría. En todo caso el nombre está disputado, porque también se les fueron 124.000 dólares en máquinas de helados y 139.000 en dónuts. No puedes evitar imaginar a Homer Simpson sentado ante los mandos de la guerra de Irán. Aunque Pete Hegseth, exmarine y expresentador de la Fox, es uno de esos individuos que ahora, y no importa cuándo lea esto, está haciendo flexiones, y seguramente enfadado, siempre está enfadado.
“Tenemos que asegurarnos de que nuestras tropas cuentan con todo lo que necesitan”, ha justificado. Lo dice uno del Gobierno que ha acabado con los programas de asistencia alimentaria y sanitaria de sus compatriotas por ser un derroche innecesario. Por no hablar del cierre de los programas de cooperación, que han hundido la ayuda humanitaria y han dejado a millones de personas sin acceso a un médico, a medicinas, a una escuela, a comida, y eso que nunca comían langosta. En fin, esos 200.000 millones de dólares son tres veces más que la ayuda militar que EE UU ha enviado a Ucrania en cuatro años.
Hay algo monstruosamente obsceno en esta guerra, más allá de que cualquier guerra lo sea, por una mera cuestión de estilo y de lenguaje, en la manera de hacer y decir las cosas. Asistimos a un paroxismo casi caricaturesco del peor estereotipo de estadounidense que imaginemos, incluso sin haber estado nunca en Estados Unidos, por lo que hemos visto en películas de vaqueros y de policías sobrados. El equivalente español sería Torrente con una bomba nuclear. Esta apoteosis de langostas me ha recordado a David Foster Wallace, bendito sea, que en uno de sus descacharrantes reportajes se fue en 2003 al Festival de la Langosta de Maine, un despiporre americano total donde se comen toneladas de este animal, con gorras con forma de langosta y langostas hinchables, y una masa popular devorando todo a su paso en una catarsis consumista, en la que nadie reparaba en el extraño ritual de la muerte de miles de bichos: “Puros americanos del último tipo: ajenos, ignorantes, ansiosos de algo que no se podrá tener nunca, desilusionados como no podrán admitir jamás”, escribió. Ahora mandan, agitan la Biblia y declaran guerras. Y encima son los buenos. Así que ya saben, a portarse bien.
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