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Todas las ciudades acabarán siendo como la tuya

Las urbes son cada vez más parecidas y ofrecen a los turistas (y a los residentes) los mismos escenarios para las mismas historias, fotografías y vídeos, escribe el ensayista Pedro Bravo en ‘Antes todo esto era ciudad’, del que ‘Ideas’ publica un adelanto

Un Starbucks de Bangkok, Tailandia, diseñado como uno de Londres. La imagen es del 24 de noviembre de 2025.Lauren DeCicca ( GETTY IMAGES )

Combatir el aburrimiento se ha convertido en la miel más efectiva y democrática para atraernos. No importa si eres demasiado joven o un poco viejo, si estás forrado o en bancarrota, seguro que hay una o varias diversiones que te van a sacar de todo lo que estés haciendo para darte una merecida distracción. Además, ahora el entretenimiento viene en un paquete con una oferta de experiencias que incluyen orgullo de pertenencia y diferenciación.

“Experiencia”, por cierto, es una palabra clave, un término que se repite en todos los argumentarios de marketing, también del urbano. Existe, por ejemplo, una categoría en el mundo de los viajes llamada turismo experiencial que dice centrarse en las “emociones y sentimientos” que perciben quienes la practican. Como si esto fuese una novedad, como si ningún viajero ni turista en la historia —desde Ulises hasta los tres muchachos de Resacón en Las Vegas— hubiera partido para experimentar emociones y sentimientos distintos a los que vivía en casa.

Uno diría que el sustantivo “experiencia” requiere de un adjetivo que complete el significado, pero en el mundo de ahora no es necesario. Cualquier ciudad te invita a vivir su singular experiencia a través de costosas campañas que se asemejan sospechosamente a otras carísimas campañas que venden las experiencias impares de otras ciudades. Cualquier restaurante anuncia que comiendo en él tendrás una experiencia única, sin concretar si se refiere a una pitanza fabulosa o a una indigestión. Experiencia, por eso, se ha convertido en una ‘no palabra’ que se repite sin cesar para tratar de ocultar el elefante en la habitación de la promesa constante de entretenimiento y conexión. Porque ¿no empezamos a tener la sensación de que, al final de esta huida constante del aburrimiento, lo único que encontramos es más aburrimiento y más desolación? ¿Y si buena parte de las experiencias sin atributos que nos proponen desde distintas partes para escapar de nuestra presuntamente tediosa rutina diaria fueran finalmente la misma experiencia previsible, soporífera y repetida? ¿Y si todo es igual a la vez en todas partes?

Esta es la tesis del periodista y crítico cultural estadounidense Kyle Chayka en su libro Mundofiltro. Chayka sostiene que los flujos algorítmicos que rigen el funcionamiento de las plataformas y canales digitales no solo nos han hecho consumidores y ciudadanos más pasivos, sino que, a base de reforzar nuestro punto de vista, han logrado que nuestras vidas sean más aburridas. “Puesto que los sistemas algorítmicos influyen sobre el tipo de cultura que consumimos como individuos, moldeando nuestros gustos personales, determinan también el tipo de lugares y espacios hacia los que gravitamos”. Es decir, la ciudad digital tiene también influencia en la física, imprime en ella carácter y estética.

Para Chayka, esa influencia es definitiva. La automatización —“los algoritmos son mecanismos de automatización”— ha colonizado diversas facetas de nuestra existencia y nuestros gustos. No solo los de los clientes/ciudadanos, también los de quienes diseñan las ofertas/políticas. Chayka habla de cafeterías que son iguales en San Francisco, en Hong Kong, en Bogotá y en Valencia, y de habitaciones de Airbnb que son clónicas vayas donde vayas. Pero también sucede con planes culturales calcados y estrategias de regeneración urbana similares. Las mires por donde las mires y las vivas por donde las vivas, las ciudades son cada vez más parecidas.

Puesto que los algoritmos de redes y plataformas digitales están diseñados para que pasemos el mayor tiempo disponible enganchados a su oferta de contenidos, tienden a ofrecernos aquello en lo que mostramos más interés e interacción. Existe, por una parte, un efecto burbuja que nos evita lo diferente, pero hay más. El gusto de cada uno se va adaptando a una moda conformada por los gustos de la inmensa mayoría porque ese es el producto que regurgita e impone lo digital. Es un gusto atrofiado, ajeno a la variedad existente, y engañado, porque se cree satisfecho en su singularidad. La culpa, según Chayka, es del algoritmo, pero no solo. “Hoy tenemos a nuestro alcance más opciones culturales que nunca y podemos acceder a ellas a voluntad. Somos libres de escoger cualquier cosa. Sin embargo, a menudo elegimos no tener elección, dejar que nuestra esfera la moldeen unos flujos automáticos”.

Pero ¿tenemos realmente esa libertad de elección? Sin meternos en el debate sobre la conciencia y el libre albedrio, merece la pena recordar el ruido que produce la saturación de la oferta. La cantidad de contenidos de todo tipo que están a nuestra disposición es tan inmensa que la delegación en la demanda es una necesidad o incluso una imposición. Por todo lo anterior, el paisaje comercial en ciudades de todo el mundo parece estar repetido. Cafés de especialidad, tiendas de segunda mano, comercios de sucedáneos del cannabis, hostels y hoteles, panaderias y pastelerias, etc. Da igual que estés en Madrid, Barcelona, Berlín, Ámsterdam, París; son los mismos negocios con una decoración similar y una comunicación casi calcada. Por supuesto, en esta uniformización del territorio urbano, además de los algoritmos, también influyen las estrategias de marca ciudad, la evolución del modelo productivo y los capitales globales operando con lógicas fordistas de rentabilidad.

En cualquier caso, el resultado es que todas aquellas personas que pretenden huir del aburrimiento subiendo a un avión y cambiando de ciudad tienen la misma sensación que si hubieran cogido el metro para moverse a otro barrio. Vayas donde vayas, todo resulta extrañamente familiar. Y en esta expresión, “extrañamente familiar”, que suena casi a oxímoron pero no lo es, puede estar uno de los secretos del éxito de todo esto.

¿Qué gracia tiene que, si lo que nos mueve es huir del aburrimiento, lo que encontremos una vez que hemos llegado a otro lugar sea lo mismo que podemos hallar en nuestra urbe? La clave está en el vaciado de la palabra “experiencia”. Todo debe ser algo, pero no mucho, una prueba rápida y superficial, lo suficiente mente atractivo para entrar y hacer check, aunque no tanto como para impedirnos salir corriendo a por lo siguiente. Y, además, ha de ser fácil, ergonómico. Es como si las técnicas de experiencia de usuario (UX) que se utilizan para diseñar webs, aplicaciones y plataformas digitales y mantenernos en ellas gastando horas de nuestra vida a base de saltar de un contenido a otro, se empleasen en diseñar la oferta comercial de las ciudades. Solo que no hay unos ingenieros informáticos detrás haciéndolo. O, al menos, no directamente.

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