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Entre repartidor de pizza y héroe del romanticismo: así es el “nuevo hombre” de la pasarela 080 Barcelona Fashion

Entre ecos de Napoleón y el Londres post-punk, la semana de la moda de Barcelona propone una vuelta a la camisería y la sastrería envuelta en volúmenes románticos donde las líneas del género se vuelven abstractas

Algunos de los movelos de la pasarela 080 Barcelona Fashion.Getty Images / Blanca López (

Roberto Montes, creador y diseñador de la firma Bibencia, nunca había diseñado menswear. “Me daba pánico”, admitía tras su desfile la 080 Barcelona Fashion, “pero vienen muchos hombres pidiendo piezas a medida, así que finalmente nos hemos animado a hacer cinco looks. Cuando los he visto antes de salir a pasarela, me he dicho: ‘Deberíamos haber hecho más”.

A pesar de que sus looks masculinos no llegaban a suponer ni una cuarta parte de su colección, Montes ha encontrado en ellos algunas de sus mejores ideas, estilizando sus códigos para la parte femenina, como un conjunto compuesto por un cuerpo semitransparente de tirantes y un pantalón recto, ambos en blanco y rotos en la cintura por una falda de flecos de pedrería. Un acercamiento en el que, curiosamente, el diseñador ha coincidido con muchos de sus compañeros.

La gran mayoría de las propuestas masculinas, entendiéndose como tal aquellas presentadas sobre modelos masculinos, han llegado como puntuaciones dentro de colecciones mayoritariamente femeninas y, por tanto, como extensión de un mundo más femenino y con ecos más líricos a los que la figura del hombre está acostumbrada. Y si bien eso limitaba por mero volumen la capacidad de crear una propuesta tan completa como el resto de la colección, todos han encontrado un marco notablemente más restrictivo que, sin embargo, los ha forzado a una innovación ingeniosa. Y muy romántica.

Con ustedes, el nuevo nuevo romántico

Uno de los mejores ejemplos de este fenómeno ha sido la colección del barcelonés Victor Von Schwarz, titulada Final Girl en referencia a las supervivientes de películas como Scream o Pesadilla en Elm Street. Si ellas tendían hacia el maximalismo, gotas de sangre bordadas incluidas, para el hombre Von Swarchz parecía remitir más bien a Trip Fontaine, el personaje interpretado por Josh Harnett en Las Vírgenes Suicidas de Sofia Coppola. A su manera, es un final boy: es el único protagonista con vida tras el suicidio de las hermanas Lisbon. Pero, en su propuesta, Von Schwarz lo reimaginaba como una más de ellas.

En sus mejores salidas la línea setentera del personaje se suavizaba a través de azul cielo y rosa palo, de lazos cosidos en delicados tirantes y corazones bordados en vaquero, o de camisas de gasa prestadas del vestuario femenino, una idea llevada al extremo del romanticismo a través de los principitos napoleónicos de Paco Benavente.

Su colección, Les Muses de l’Empereur, estaba inspirada en las cartas entre Napoleón y Josefina Bonaparte. En la pasarela, sin embargo, ambos intercambiaron más que palabras de amor. Presentadas como binomios, sus propuestas para hombre y mujer se cedían ideas mutuamente: si la manga farolillo de ella se enroscaba en una rosa que brotaba del hombro, la de él, prácticamente en el mismo tono de rosa, se ceñía en un lazo antes del codo para abullonarse hasta una muñeca que, a su vez, se derramaba en un pequeño volante.

Su romanticismo se respiraba por todas las prendas. Insuflaba las líneas anchas de sus pantalones y se engarzaba en los cuellos donde las solapas eran sustituidas por lazadas sin caer nunca en el historicismo. “Para mí es imposible interpretar algo de manera literal”, nos explicaba Benavente tras su desfile, en referencia a las siluetas del Imperio. “Yo lo que trato de hacer es coger un momento histórico y traerlo al presente, adaptándolo a los códigos de mi marca y al momento actual”.

Benavente no ha sido el único con este acercamiento. El romanticismo en general, y el neoromanticismo en particular, aquel surgido de la contracultura británica de los años ochenta y cristalizado en el imaginario popular de la moda con la primera colección de John Galliano en 1984, ha surgido como tónico al brutalismo estético que ha marcado la primera mitad de esta década. El nihilismo atlético de diseñadores como Demna Gvasalia ha dado pie, armado con versiones abstractas de bicornios y gorros frigios, a una vuelta a la camisería, a la sastrería y a fantasiosas siluetas envolventes que parecían flotar. Ya fuera desde la bucólica ligereza inglesa de Rubearth, el ácido post-punk londinense de Reparto y, en su versión más gótica, el glam-rock medieval de Maison Moonsieur, el espíritu era de revolución.

La ruptura del género

Para una nueva generación de diseñadores, sin embargo, nada de lo anterior supone realmente una metáfora. Ni el género un verdadero dilema. “Yo siempre digo que no hago ni ropa de hombre ni de mujer, yo simplemente hago ropa”, nos explicaba el diseñador Arnau Climent, de AAA Studio. “Es como un perfume, puede oler más dulce o más fresco, pero no huele a un género. Y lo mismo pasa con la moda”.

A pesar del sentido del humor que caracteriza al diseñador (su colección se titulaba, al fin y al cabo, Señora, suélteme el brazo y su pieza más viral era una sudadera con la palabra “GAY” escrita, por supuesto, con tres letras A), la presentación de Climent se caracterizaba por la pureza de sus volúmenes. Al exagerar las proporciones y construirlas a bases de telas flexibles, éstas colapsaban sobre su propio peso, creando un equilibrio de pliegues que definía una silueta abstracta, limpia de géneros. También romántica, pero desde la óptica de Yohji Yamamoto antes que la de John Galliano.

Algo similar sucedía con Tania Marcial. Cuando la diseñadora catalana mostraba su colección durante la Barcelona Fashion Forward, un evento celebrado para subrayar el talento local en la 080, era imposible discernir el género de las prendas sobre perchas. “La colección está hecha a base de upcycling, y todos los tejidos los he hecho yo sola a mano durante este último año y medio”, explicaba mientras enseñaba una chaqueta naranja que, añadía, estaba hecha a base de solapas de cuello de polos u otra en la que, minuciosamente, deshilachó cuadrados perfectos que después revistió en su interior con tela reflectante. “No me he quedado ciega”, bromeaba, “pero todavía tengo cargadas las muñecas”.

Los dos arquetipos de su colección, los repartidores y consumidores de entregas a domicilio (Marcial lo fue de pizza durante sus estudios de moda; la banda sonora, irónicamente, repetía “Pizzería Marcial” con mucho ingenio), creaban un tapiz donde la belleza se construía a base de los retales del sistema que parodiaba.

La dicotomía del hombre

Pero si el género es un espectro y la moda lo celebra como tal, quizá no hay dos mejores diseñadores para representar esa distancia como Guillermo Justicia y David Catalán. Por opuestos y por brillantes. Ambos han compartido una paleta de colores con ecos orgánicos a base de verdes, azules y negros, un agudo sentido del tejido y un gran ojo para la proporción, pero han llegado a conclusiones muy opuestas.

Justicia presentó una continuación de su temporada pasada (una colección rocosa inspirada en el vacío) con una entrada conceptual al mundo, personificada en un hombre atravesando un bosque. Y, como la maleza que se apodera de la irregularidad de un páramo, sus prendas parecían una extensión viva de la naturaleza. Finas lechuguillas crecían en los cuellos de las camisas, chalecos y chaquetas se retorcían sobre los cuerpos como cortezas de árbol y los abrigos se deshacían en capas de tul blanco que brotaban de su lana oscura, dibujando en esa tensión tan orgánica una sensualidad latente.

“No me gusta ser sexy de manera obvia”, reflexionaba Justicia, “y si creo que me estoy pasando lo consulto con mi equipo. Me gusta que haya un equilibrio. Por eso, en esta colección, si hay una parte que queda más ceñida, la equilibro con volumen en otra parte”. Catalán también ha hecho un ejercicio de equilibrio fantástico, pero a diferencia del resto de sus compañeros, el romanticismo no ha permeado su propuesta.

Catalán cerraba la semana de la 080 como uno de los diseñadores más consolidados de la temporada. Con más de una década de trayectoria y una producción que se mide en centenares (sus compañeros, en la gran mayoría de casos, se limitan a decenas), su colección era el epítome de la masculinidad clásica. Precisa, impoluta y realista, con un énfasis en el uso del vaquero, sus camisas de patchwork supondrían un reto para el armario de muchos compradores de la misma forma que también lo serían los volúmenes orgánicos de Justicia. Aportando perspectiva, la del comprador medio, el diseñador orquesta su propia revolución. Sin bicornios, pero tan rompedora como el resto de propuestas.

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