Ir al contenido
_
_
_
_

“Salí dos veces del armario, como homosexual y como motero”: los clubs de moteros gais que el cine vuelve a poner de moda

‘Pillion’ ha redescubierto para el gran público el fetiche del asfalto y el cuero, que va más allá de sus connotaciones sexuales y crea comunidades de hombres que adoran la libertad y la velocidad (y a otros hombres)

Harry Melling y Alexander Skarsgard en 'Pillion'.BBC Film - British Film Institut (COLLECTION CHRISTOPHEL / Cordon Press)

De joven, Adolfo Aguilera tuvo un accidente de moto en Madrid, cerca de Manuel Becerra. Entonces tenía muchos amigos, pero no se atrevió a llamar a ninguno para que recogiese su moto. Tuvo que pagar a un taller. “Yo salí dos veces del armario. La primera cuando me acepté como hombre gay y la segunda como motero. Entre mi círculo de amistades no lo comentaba, era una afición fuera del mundo gay. Pensaba que iban a decir: ‘Mira al tonto ese, que va de machito”, recuerda. Ahora tiene 66 años y una Honda VFR1200 gracias a la que ha conocido a grandes amigos y, sobre todo, a su actual pareja.

Hace unos días los dos se subieron a la moto para ir al cine. Para ellos era casi obligatorio ver Pillion. La ópera prima del cineasta británico Harry Lighton, aún en salas, ha sido toda una revolución por la manera en la que retrata algo que Aguilera vio nacer en España: los clubs de moteros gais. “La película refleja muy bien la sensación de amistad y camaradería”, cuenta. Pero Pillion también reinventa el culto al cuero y a las prácticas de dominación y sumisión que históricamente se han asociado con la figura mítica del motero gay. Una fantasía que sigue viva en la ficción y, según en qué contextos, también en la realidad.

Las botas, el pantalón y la chupa de cuero, la gorra de chapa y las gafas de sol. Es la estética que muchos conocerán por Glenn Hughes, el motociclista de Village People. Sin embargo, el origen de esa imagen se remonta a mucho antes. Según se documenta en libros como The Leatherman’s Handbook, después de la Segunda Guerra Mundial el ejército estadounidense vendió muy barato el excedente de motocicletas a los veteranos. Los antiguos reclutas que formaban parte del colectivo LGTB, agrupados en ciudades como San Francisco o Nueva York, heredaron también las botas de cuero del uniforme y las firmes jerarquías y rangos del ejército que implicaban ya una dominación y una sumisión implícita y que acabaron llevándose a la cama.

“Tenemos quizá más documentación sobre Estados Unidos, pero la conexión aparece de manera tangencial en la literatura de Jean Genet. Como en todas estas mitologías, hay una combinación entre fantasía y realidad. Los moteros se configuran como una tribu separada del mundo, distinta a los beatniks, pero con muchas similitudes”, explica Alberto Mira, profesor de cine en la Oxford Brookes University, historiador queer y autor de ensayos como Entre la cámara y la carne (Egales, 2023). “Hay en ellos un rechazo a la convencionalidad y esto, por extensión, puede suponer un rechazo a la heterosexualidad”.

“Para mí el cuero significa lo mismo que para las mujeres ponerse unos tacones. Me hace sentirme poderoso, ya sea con la estética de Tom of Finland o con el mono de la moto. ¿Qué quieres que te diga? El olor a gasolina me pone, pero estoy seguro que a Fernando Alonso también”

Aquellos grupos de inconformistas no eran exclusivamente queer, pero al crear espacios tan masculinizados era inevitable que recayese sobre ellos una mirada homoerótica. James Dean, gran aficionado a las motocicletas, o Marlon Brando en Salvaje (1953) encarnaron esa figura y la difundieron en la gran pantalla. Después llegaron otros clásicos del tema como Scorpio Rising (1963) o Ángeles del infierno sobre ruedas (1967). El artista Tom of Finland también tomó el arquetipo y sexualizándolo hasta el extremo lo convirtió en el centro de la mayoría de sus ilustraciones.

“En los sesenta ya eran objeto claro de fantasía homoerótica y aquí hay un ciclo de causas y consecuencias: dado que la imagen genera tantas fantasías, muchos homosexuales se iniciaban en el moterío para encontrarse a sí mismos. Además de la iconografía y la hipermasculinización, lo que conecta a los moteros con las subculturas queer es el sentido del ritual, que pasará a influir en el mundo del sadomasoquismo de manera más o menos rígida”, añade Mira. Elevando a fetiche el culto al cuero de los moteros y exportando los rangos militares al BDSM, nació la cultura leather en locales como el mítico Eagle, en Nueva York. Las motos se habían convertido en una excusa para liberar las fantasías. Este movimiento se estratificaba en colectivos por barrios y se organizaba en estrictos rituales: la gorra de plato solo la podía entregar un amo dominante y el lugar donde se llevaba el brazalete indicaba el rol sexual.

En Europa esta corriente se consolidó con la ECMC, la confederación europea de clubs de moteros, que colectivizaba a los países como Reino Unido o Países Bajos donde estaba más arraigada. Esta asociación se convirtió en un lugar seguro para aquellos que, bajo el pretexto motero, aprovechaban para poder vivir en libertad su iniciación a la cultura leather. Esta tradición, que integraba el fetiche del cuero, el BDSM y la afición deportiva, es la que recoge la novela Box Hill de Adam Mars-Jones, que la película Pillion adapta a la actualidad. Sin embargo, no en todos los países se vinculan esos vértices de manera tan estrecha. España da buena cuenta de ello.

La transición del motor

En los setenta, mientras Londres y Amsterdam ofrecían el caldo de cultivo perfecto para todo tipo de libertades, Madrid luchaba aún por dejar atrás la sombra de la dictadura. Existía la afición a las motocicletas, pero el colectivo LGTB estaba aún muy lejos de ella. Adolfo Aguilera lo explica así: “Nací en plena dictadura, cuando te podían arrestar simplemente por ser homosexual. Las asociaciones primero estaban centradas en abolir las leyes restrictivas y luego se abrieron a otras actividades. Todo va en orden, primero se asegura la vida privada y legal y luego la social”.

“Desde fuera las motos pueden parecer una demostración de fuerza, pero no es nada de eso. Te vas por ahí y tienes contacto con la naturaleza y con gente con la que compartes aficiones. Y si ves un chico guapo, ya no te lo tienes por qué callar”

Ni siquiera en las revistas especializadas, asegura, encontraba noticias de otras personas del colectivo aficionadas a las motos. En 1993 nació el club Guaymoteros, pero al principio se limitaban solo a las inmediaciones de Barcelona. Ya en el siglo XXI, con la llegada de internet, fueron tejiendo una red de apoyo más amplia, Aguilera se unió a ellos y se crearon otros clubs como AMGE. En fechas como Semana Santa se juntaban con otras asociaciones europeas que les ayudaban con su experiencia. Pero los clubs españoles se centraban simplemente en el aspecto deportivo de las motos e ignoraban su vinculación con el mundo leather.

“Otros lo ven como un fetiche, pero para nosotros el mono es sobre todo protección para no hacerte mierda si te caes. Es incluso incómodo”, bromea Aguilera. “Cuando yo dirigía AMGE siempre dije que había que dejar entrar a aquellos que llegaban por el fetish. Aunque venían por eso, muchos encontraban después un mundo que les gustaba, se sacaban el carnet y se compraban una moto”. Uno de estos perfiles que unen los dos mundos es el de Pekebiker, de 50 años, el actual responsable de comunicación de Guaymoteros, pero también del International Leather and Boots Spain (ILSE), asociación centrada en apoyar y difundir la cultura del cuero. En vez de con su nombre real, pide identificarse con su usuario de Instagram por asuntos familiares.

También él vivió su afición como una doble salida del armario: “Aún hoy me falta hablarle del cuero a mi madre. Para mí el cuero significa lo mismo que para las mujeres ponerse unos tacones. Me hace sentirme poderoso, ya sea con la estética de Tom of Finland o con el mono de la moto. ¿Qué quieres que te diga? El olor a gasolina me pone, pero estoy seguro que a Fernando Alonso también”. Pekebiker remarca la separación entre los dos mundos en España, pero también encuentra algunas similitudes. “Todos buscamos pertenecer, sentirnos incluidos, aceptados. Hay gente que lo encuentra yendo al Bernabéu y otros lo encuentran saliendo en moto. En los dos clubs yo creo que lo importante es pensar en ese chaval de Cuenca que no conoce a nadie parecido y busca compartir aficiones”, explica. En Guaymoteros suman ya casi 300 miembros en sus foros y organizan salidas, nacionales e internacionales, que sirven como espacio seguro para relajarse y compartir sus vivencias sin sentirse juzgados por un mundo tan masculinizado como es el del motor.

“La libertad de la moto no te lo da nada, es una terapia de choque contra cualquier tipo de mal y cualquier tipo de estrés. Es como una meditación”, añade Pekebiker. Lo mismo piensa Aguilera: aquello que en su día guardaba en secreto se convirtió en una fuente de orgullo que le regaló un fuerte círculo social. “Desde fuera las motos pueden parecer una demostración de fuerza, como si fuéramos los actuales caballeros. Pero no es nada de eso, es una actividad deportiva. Te vas por aquí, por allá y tienes contacto con la naturaleza y con gente con la que compartes aficiones y gustos. Y si ves un chico guapo, ya no te lo tienes por qué callar. Esa fue la libertad que yo me encontré”, zanja.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_