“¿Cuál es su nombre, caballero?“: Steve Guttenberg, la gran estrella que fue olvidada tras tomarse un descanso
50 años después de comenzar su carrera, el protagonista de ‘Loca academia de policía’, ‘Cocoon’ o ‘Tres hombres y un bebé’ sabe lo que es la fama mundial y también que un reportero le pregunte su nombre en las noticias


“Eres el último chico que elegiría para convertirlo en una estrella de cine”. Se lo dijo a Steve Guttenberg (Brooklyn, 1958) un agente cuando tenía 17 años y acababa de llegar a Hollywood. “Olvídate de ser actor. No tienes la apariencia, no tienes el talento y tu nombre es ridículo”, le espetó. Lo cuenta en su autobiografía La biblia de Guttenberg (no podía titularse de otra manera). El agente no demostró tener mucho instinto. Una década después era una de las estrellas más taquilleras de Hollywood, encadenaba éxitos y era un rostro popular para todas las edades. Pero a principios de los noventa se tomó un descanso que coincidió con un cambio de dirección de Hollywood y se quedó fuera de juego. Nunca volvió a reencontrarse con el éxito.
Seguía estando ahí, pero había desaparecido para el público. La mejor muestra es una anécdota que se cuenta en un perfil que le dedicó Los Ángeles Times: la tercera búsqueda más popular de su nombre en Google es “Steve Guttenberg muerto”. No hay una explicación para esa caída en picado de su popularidad, aunque muchos lo que se preguntan es cómo pudo ser alguna vez popular. ¿Tal vez con ayuda de Los Canteros? El club secreto al que se apunta Homer Simpson en el episodio Homer el Grande lo incluía en su himno: “¿Quién frena el coche eléctrico? ¿Quién hace a Steve Guttenberg una estrella?“.
Fue una estrella improbable y un galán más improbable aún. “Eres demasiado bajo, demasiado alto, demasiado judío, demasiado italiano, demasiado neoyorquino, no lo suficientemente neoyorquino, demasiado judío, no lo suficientemente judío, demasiado delgado, demasiado gordo, demasiado feo, demasiado guapo. Lo escuché todo”, se lamentó en 2017 en una entrevista en The Daily Beast.


En los últimos 30 años Guttenberg no ha parado de trabajar, pero lo que lo sacó del casi anonimato fue su papel durante los incendios que asolaron California hace un año. “Este es el momento de recordar que somos parte de una comunidad; hay que ayudarse mutuamente y ser amables entre sí”, declaró ante un reportero que le preguntó: “¿Cuál es su nombre, caballero?“. ”Me llamo Steve Guttenberg”. La antigua estrella era ahora el atribulado vecino que movía los coches que habían quedado en medio de la carretera para permitir el paso a los bomberos.
Ayudar es algo de lo que sabe. Cuando a su padre le diagnosticaron insuficiencia renal, conducía 640 kilómetros cada semana para cuidarlo. El actor disminuyó su ritmo de trabajo para volcarse con su progenitor, una experiencia que compartió en su libro Time to Thank, escrito tras su fallecimiento. “Cuidar de mi padre anciano fue el mayor honor de mi vida. Esto es lo que aprendí y lo que quiero que todos sepan”.
Tenía mucho que agradecerle. Cuando estaba en medio de la vorágine de Hollywood, tenía una cita diaria a la que no faltaba nunca. Su padre lo llamaba todos los días a las seis de la mañana para devolverlo a la realidad. “Siempre tenía que estar en casa a las seis, tenía que contestar el teléfono. Él era mi ancla”. Un apoyo que él consideró imprescindible para no perder la cabeza. “Mi ética laboral y mi carácter vienen de mis padres. Somos gente de clase trabajadora, e incluso en épocas en las que ganaba muchísimo dinero, eso no cambiaba mi forma de trabajar: me levantaba temprano, me aseguraba de tenerlo todo listo y trabajaba. La realidad es que esto es un trabajo. Si te crees famoso, estás jodido”, declaró en 2021 a The Guardian.
300 dólares y un sandwich de salami
Cuando un Gutenberg todavía adolescente quiso mudarse a Los Ángeles, con solo 17 años, para intentar convertirse en estrella de cine, sus padres lo apoyaron sin dudar. Dos días después de contárselo estaba en un avión rumbo a Los Ángeles. “Tenía trescientos dólares en el bolsillo, salami que había preparado mi madre y la maleta de mi padre. Me había dicho: pruébalo, y si no te gusta, puedes dejarlo y volver”. Hizo algunos anuncios y una película para adolescentes, pero no se sintió cómodo. “La actuación es muy competitiva y no hice muchos amigos”, reconoció en The Daily Beast. “Lo odiaba. Todo giraba en torno a quién era el más atractivo y popular de la sala. Si tenías una película de éxito, podías ser el más ruidoso de la fiesta. No mido a la gente por su éxito. La mido por sus modales”.


Volvió a estudiar, pero a los cinco meses recibió una llamada que lo cambió todo. Le ofrecieron una audición para Los niños del Brasil (1978) con Gregory Peck, Laurence Olivier, James Mason y Uta Hagen. “Es difícil rechazar eso, ¿verdad?”. Se transformó en Barry Kohler, un investigador que busca pistas sobre un grupo de nazis refugiados en Paraguay y, aunque no dura mucho tiempo vivo, es clave en la película.
Un personaje muy distinto al que interpretaría en Que no pare la música (1980), su siguiente película, una biografía musical de Village People donde coincidió con Caitlyn Jenner antes de su transición. Un delirio camp en el que interpretaba al DJ que reúne a los miembros del grupo. “Fue una locura. No tenía ningún sentido. Disfruté mucho haciéndola, pero no tengo ni idea de qué pasaba en ella”.
El siguiente proyecto al que se unió corrió mejor suerte. Fue uno de los protagonistas de Diner (1982), de Barry Levinson, una comedia sobre las divagaciones de un grupo de veinteañeros a finales de los cincuenta, donde coincidió con Mickey Rourke y Kevin Bacon. El público no le hizo demasiado caso, pero la crítica, encabezada por la generalmente implacable Pauline Kael, se enamoró de ella. Vanity Fair la considera una de las películas que cambiaron el cine y en 2009, la crítica de televisión de The New Yorker, Nancy Franklin, afirmó que “Levinson debería recibir royalties cada vez que en una película dos o más hombres se sientan juntos en una cafetería”.


Gutenberg ya había metido la cabeza en Hollywood y empezaba a aspirar a todo. Hizo una audición para Un, dos, tres... Splash (1984), pero finalmente los productores se decantaron por Tom Hanks, alguien con un perfil similar al suyo: un tipo normal, de aspecto algo tontorrón, pero tan encantador que podía interpretar a un galán creíble. Hanks y Michael Keaton eran los actores con los que competía; los tres aspiraban al mismo tipo de papeles. Gutenberg gustaba a hombres, mujeres y niños, y hasta encontró un hueco en el corazón del público gay tras aparecer semidesnudo en la comedia El hombre que nunca estuvo allí (1983). “Estoy muy orgulloso de eso”, reconoció a The Daily Beast. “Es agradable que alguien te preste un poco de atención”.
No enamoró a una sirena, pero sí a los productores que estaban buscando al protagonista de Loca academia de policía (1984). Les había cautivado al presentarse en la prueba con una camisa de policía de Nueva York que había pertenecido a su padre. La disparatada comedia sobre un grupo de policías novatos, donde coincidió con Bubba Smith y una Kim Cattrall muy lejos todavía de la glamurosa Samantha Jones, se convirtió en una de las más taquilleras de 1984. Y en el centro de aquel grupo de desastrosísimos agentes de la ley estaba su Carey Mahoney, el gran papel de su carrera.
Hubo tres secuelas, pero en la quinta no le ofrecieron el dinero que consideraba y se apeó del proyecto. A esas alturas ya era una estrella. Además de la comedia policíaca, también había triunfado Cocoon (1985), la historia de un grupo de ancianos que rejuvenece gracias a unos extraterrestres, le permitió coincidir con glorias como Jessica Tandy, Gwen Verdon y Don Ameche. Un día pidió consejos a Tandy y su marido Hume Cronyn, que también participaba en la película. Creyó que le dirían que leyese a los clásicos, pero fueron más prácticos: “Ahorra dinero”.


Trabajador incansable, seguía encadenando un proyecto tras otro cuando se cruzó en su camino el guion de Cortocircuito (1986), la historia de un robot que adquiere conciencia humana tras ser alcanzado por un rayo; en cuanto lo leyó, supo que sería un éxito. Si Cortocircuito olía a triunfo, más aún la película más taquillera de su carrera. Tres hombres y un bebé (1987), la versión americana de una comedia de éxito francesa, que lo reunió con dos estrellas televisivas: Tom Selleck y Ted Danson. A su lado supo lo que era la verdadera fama. “Selleck podía parar un estadio de hockey con su presencia”. Sus compañeros iban de juerga en juerga, pero él no. “Mi idea de un buen momento era ver deportes y comer pizza”, reconoce. “Ted y Tom son mayores que yo, pero en realidad, me sentí el mayor”.
Guttenberg, aquel hombre que aclaraba su nombre a un reportero en una calle de Los Ángeles, fue, en resumen, una de las más grandes estrellas de los ochenta: más de seis películas en las que participó recaudaron más de 100 millones de dólares y durante años encadenó éxitos. Sin embargo, su imagen no podía estar más alejada de la de una estrella prototípica de Hollywood de la época. Se mantuvo lejos de los escándalos y sobre todo de la cocaína, la sustancia de moda entonces. “La probé, pero no era parte de mi vida”, confesó a People. “Conozco gente que lo hacía constantemente, y yo les decía: ‘¿Cómo puedes hacer esto todos los días? ¿No te sientes fatal por la mañana?”.


La suerte empezó a cambiar cuando la década se terminaba. La secuela de Cocoon (Cocoon: el retorno, de 1989) no recibió demasiada atención, tampoco otra secuela, Tres hombres y una pequeña dama (1990), y en 1990 Guttenberg se tomó un largo respiro. Cuando volvió cinco años después, ya no había sitio para él.
Su pequeño plan
“¡Así es Hollywood! Hay que tener cuidado de no dejarse llevar por el éxito. Hay que recordar que las estrellas están en el cielo. Solo eres un ser humano que tuvo suerte”, reconoce. “Te jode. Pero hay que tener la mente sana, y también hay que preocuparse por cómo vas a comer la semana que viene y cómo vas a pagar el alquiler. Un día, en nuestra clase de actuación fuimos al zoológico, y alguien señaló un rinoceronte y dijo que necesitábamos su piel”. Esa apreciación iba a serle útil el resto de su carrera. Tras su regreso tuvo un pequeño papel en A casa por vacaciones (1995), la segunda película como directora de Jodie Foster. Es el último título cinematográfico relevante de su carrera.
Desde entonces lleva 30 años combinando cine, televisión y teatro, ha dirigido y ha escrito varios libros, pero sus únicos papeles destacables le han llegado a través de series como Party Down, donde se interpretaba a sí mismo, y Verónica Mars, en la que daba vida a un pedófilo, un cambio de registro sorprendente, como lo fue también su paso por American Gangster, un thriller británico en el que interpretó a un asesino sádico con una peluca inenarrable. Guttemberg cree que aún le falta un gran papel y espera que algún director reputado reflote su carrera, como sucedió con otras estrellas del cine comercial de los ochenta. Mientras tanto, sigue trabajando incansablemente, tiene cinco películas esperando estreno, y jamás reniega de los productos que le convirtieron en el actor preferido del cine familiar.

Aunque a veces no todo el mundo es amable con él y le recuerdan sus fracasos. “Me dicen: ‘No eres Tom Hanks”. Y él les contesta con una frase del gánster John Gotti: “‘Me convertí en todo lo que quería ser, ¿y tú?“. Se lo contó en 2021 a The Guardian. “¡Yo lo logré! Quería ser estrella de cine y logré mi pequeño plan. Este negocio ha sido más que fantástico para mí. Me ha permitido ayudar a mis hermanas, a mis padres, a mi abuela. Ha sido extraordinario, y estoy agradecido cada día”.
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