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Cartier en Roma: así es la exposición que une joyas y la escultura de los Museos Capitolinos

La exposición ‘Cartier y el mito’ crea una conversación ente sus piezas históricas y el arte clásico italiano del Palazzo Nuovo

Fotografía de Louis Cartier con su familia en Italia a principios de siglo.Cartier

Muchas de las exposiciones de Cartier exploran la relación de la casa con otras culturas, pero esta es la primera vez que conectamos con nuestras raíces europeas. Y la influencia no es solo estética sino simbológica”, cuenta el director de patrimonio de Cartier, Pierre Rainero, en la rueda de prensa de presentación de Cartier e il Mito, la nueva muestra de la legendaria joyería francesa en los Museos Capitolinos de Roma. Es la primera exposición temporal para una institución que es en sí misma un mito: hablamos del primer museo público del mundo, ubicado en una colección de palacios en la Piazza del Campidoglio, fundado en 1471 cuando el papa Sixto IV donó un grupo de estatuas de bronce al pueblo de Roma.

La última gran exposición de Cartier, el año pasado en Londres, fue un gran éxito, con casi 400.000 visitantes: era un recorrido exhaustivo por el archivo de la casa, posiblemente el más importante del mundo, con más de 3500 piezas, y sumando. En esta ocasión, las joyas entran en relación con el arte y las esculturas del Palazzo Nuovo, que han llegado a ser recolocadas según las exigencias del escenógrafo Dante Ferretti. Y no hay solo joyas sino gambién documentos, libros e imágenes como las del álbum de fotografías de Louis Cartier, tomadas en un viaje por Italia que emprendió con su familia a principios de siglo: Venecia, Ferrara, Siena...

La muestra retrata con detalle el neoclásico o, más bien, el estilo neoarqueológico que cundió desde principios del XIX: Napoleón necesita afirmar su estatus de emperador a través de los símbolos y, según los expertos, todo deviene en un pastiche con aspiración de nobleza egipcia o grecorromana. Esto lo cuentan las joyas de Castellani, un orfebre romano que, desde 1814, cultivó —copiándolos o revisándolos— los estilos de la antigüedad. Pero la cosa subió de nivel cuando, en 1861, Napoléon III compró la colección de joyas antiguas de Giovanni Pietro Campana —que la saga Castellani había estudiado con atención— para la colección del Louvre, certificando así la tendencia clasicista.

Cartier, joyero oficial de palacio, supo evolucionar el estilo, también llamado guirnalda, sofisticándolo y evolucionándolo a la medida de los encargos de su regia clientela: en la exposición de Roma hay mosaicos, bocetos y estudios de ornamentos y estructuras arquitectónicas que luego se traducían al rico lenguaje del broche, la tiara, el collar y el platino y las piedras preciosas.

La proporción áurea y la geometría perfecta siguen siendo bases universales de la sociedad multicultural de hoy, nos advierten durante la visita el día de la inauguración. También los mitos, que representan ideas o sensaciones con metáforas y eso se refleja en las joyas Cartier a partir de 1900. Durante el recorrido aparecen Galatea moribunda, una Medusa de Bernini o Dionisos cubierto de piel de pantera, armado con el vino que trajo a los humanos (y de ahí el uso de la amatista, cuenta la nota de la joya que lo acompaña).

El orden y la fábula que arman el clasicismo no ocultan los atributos más íntimos, y más humanos, de la joyería: la escultura griega exalta la polis, pero también la idea del vencedor, y qué son las joyas sino la expresión del poder y la autoridad. En Cartier y el mito hay tiaras, pero también antiguas coronas de laurel esculpidas en oro. “Ya en el 460 antes de Cristo la gente se ponía coronas para representar su éxito o su dinero”, avisa Pierre Rainero. Hasta mediados de marzo, esta exposición explora la unión indivisible entre la vanidad y la belleza, o la capacidad humana para imaginar, crear objetos preciosos y, a veces, condenarse por su culpa.

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