El convento que cubre las necesidades de las mujeres mayores que lo habitan: así se diseñó el Carmelo de San José
Con este proyecto, Antonio Fernández Alba reformuló el modelo tradicional sin dejar de ser fiel a las reglas de la orden carmelita. Ahora, Ana Garriga y Carmen Urbita estudian estas comunidades en su libro ‘Instrucción de novicias’

La noche de Todos los Santos de 1570 Santa Teresa de Jesús durmió por primera vez en la casa que había arrendado para alojar una nueva comunidad carmelita en Salamanca. En 1970, cuatro siglos después, se abrió el nuevo Carmelo de San José a las afueras de la ciudad, proyectado por el arquitecto Antonio Fernández Alba. Si la primera preocupación de santa Teresa era encontrar un lugar adecuado para adorar el Santísimo Sacramento, Fernández Alba se preguntó qué necesidades tenían las mujeres mayores que iban a habitar el convento. Se encontró una comunidad envejecida, que abandonaba la casona de un conjunto en un estado precario, del que solo se ha mantenido en pie la iglesia, para ocupar un nuevo edificio en un lugar privilegiado, con las mejores vistas sobre el río Tormes y el circo de Gredos. El arquitecto entendía que el ejercicio físico era imprescindible para ayudar a mantener la salud de las hermanas, y proyectó un convento que reformulaba por completo el modelo tradicional para conseguir ese objetivo, sin dejar de ser fiel a las reglas de la orden carmelita. En estas fundaciones un grupo de mujeres se unen para explorar su intimidad a través de una vida en comunidad que permite potenciar la experiencia mística. El ritmo en el interior del convento viene pautado por las actividades que realizan las hermanas a lo largo del día, divididas en rezo, trabajo y descanso.

Ana Garriga y Carmen Urbita, creadoras del pódcast Las hijas de Felipe, han estudiado estas comunidades conventuales y han trasladado las relaciones que allí se establecían al presente. “Todo lo que te ocurre le ha pasado antes a una monja del siglo XVII”, es el leitmotiv de su pódcast. Acaban de publicar en español el libro Instrucción de novicias (Blackie Books), en el que estudian las conexiones entre los anhelos de santa Teresa y sus colaboradoras con la vida actual. Dedicaron un episodio, realizado en el Colegio de Arquitectos de Madrid, a la actividad constructora de la santa de Ávila. Recordaron cómo santa Teresa había narrado su actividad creadora de comunidades en el libro Las Fundaciones, y destacaron sus cualidades como organizadora de espacios con medios precarios. De los 17 conventos que fundó en vida solo Malagón lo fue desde cero. El resto fueron reformas de casas alquiladas o cedidas, lo que obligaba a seguir estrategias distintas para cada situación. Esta provisionalidad hizo que tampoco hubiera unas instrucciones precisas sobre cómo debía ser un convento carmelita. Las fundaciones posteriores al fallecimiento de santa Teresa establecieron una serie de características comunes, pero los arquitectos de la modernidad del siglo XX plantearon cómo conjugar las reglas monásticas y la tradición formal con los nuevos modos de entender el espacio.

Antonio Fernández Alba ganó el Premio Nacional de Arquitectura en 1963 con el convento de Nuestra Señora de la Concepción en el antiguo Alto del Rollo, también en Salamanca, proyecto con el que también pudo desarrollar su tesis doctoral. Del convento del Rollo se alabó su entendimiento de la tradición constructiva castellana, así como su reinterpretación en clave moderna del funcionamiento de esta tipología. Sorprendía la madurez de un arquitecto en una de sus primeras obras construidas (a la par con el madrileño colegio de Nuestra Señora Santa María). En la década transcurrida entre ambos proyectos, Fernández Alba se había establecido como uno de los arquitectos españoles más destacados, conjugando pensamiento teórico, proyecto y construcción de edificios de alta calidad con la docencia (acababa de obtener la plaza de catedrático en la Escuela de Arquitectura de Madrid, en el mismo concurso en que Rafael Moneo se hizo con la de Barcelona). Esto ayuda a entender que, cuando abordó la nueva fundación para la comunidad de San José, se liberara de las restricciones formales e históricas (pasó de la construcción en piedra al hormigón visto) y buscara repensar el espacio monástico desde un entendimiento profundo de las reglas carmelitas.

Entendía que la vida de la comunidad se articula en torno a dos focos principales del edificio: el lugar de oración, la capilla, y el espacio común, el refectorio. Y decidió colocarlos alejados, de modo que se producía un flujo entre esos polos que obligaba a las hermanas a desplazarse entre uno y otro a lo largo del día, para pasar del rezo al trabajo, de allí al lugar de relación del comedor, y de vuelta al rezo para acabar en la intimidad de las celdas. El resultado fue un edificio alargado que rompía la estructura tradicional de los conventos dispuestos alrededor de un claustro. Esta es la primera imagen con la que se asocia a estos edificios, un lugar central de calma que sirve para refugiarse del exterior, pero también para organizar las distintas funciones del convento. En el Carmelo, el espacio de circulación seguía existiendo, pero ampliaba su recorrido. En sus Moradas la santa pedía que no se encerrara a quien formara parte de la comunidad, “déjenla andar (…), arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad; no se estruje en estar mucho tiempo en una pieza sola”. Este movimiento de las hermanas se producía a lo largo de un claustro cubierto de dos alturas que conectaba los principales espacios (capilla, celdas, salas de trabajo, sala capitular y refectorio). Esta ordenación se adaptaba a su vez a la difícil topografía del terreno, con una fuerte pendiente hacia el sur de la parcela, algo que el arquitecto convirtió en una importante ventaja. Todas las celdas, colocadas en el espacio intermedio entre la capilla y el refectorio, podían abrirse al sur y recibir así la mejor orientación y el mayor soleamiento, mostrando al mismo tiempo una organización igualitaria, sin privilegios en su posición dentro del convento.

La arquitectura moderna del siglo XX adoptó la cubierta plana como una característica distintiva; esto permitió a Fernández Alba plantear una gran plataforma como lugar de relación de las hermanas carmelitas. Podían aislarse del entorno, pero en lugar de estar abiertas solo al cielo pasaban a estar rodeadas por el paisaje, al tiempo que aprovechaban los beneficios que la luz del sol aportaba a su salud (en invierno además les permitía calentarse en un clima frío como el salmantino).
Carmen Urbita y Ana Garriga definieron la vida en las celdas carmelitas como proxémica. A través de este concepto, popularizado por Roland Barthes, destacaban cómo el cuerpo humano se relaciona con su entorno construido más próximo. En el Carmelo, el día se encuentra pautado por la alternancia de las actividades que se ejercen en intimidad y las que se realizan en compañía. A lo largo de ese ciclo se producen unas oscilaciones en el tamaño del espacio vital de las hermanas, que pasan de convivir en proximidad con otros cuerpos en la capilla, para rezar como un único cuerpo, a la descompresión en la celda, donde todo puede ser alcanzado por el toque de la mano, pero pertenece a la esfera privada. La reforma teresiana del Carmelo genera esta gradación en los niveles de intimidad del habitar. Las pocas indicaciones que santa Teresa escribió acerca de la arquitectura carmelita se referían el espacio de las celdas, que “no serán mayores de 12 pasos en cuadrado”, y que la construcción debía de ser austera. Fernández Alba prestó especial atención al diseño del lugar de mayor intensidad íntima del convento. En esa habitación se condensa “todo el ciclo espiritual y vital de la religiosa desde que entra en el convento hasta que muere”, y cada detalle estaba cuidado para permitir alcanzar la máxima concentración en la vida contemplativa. Como en la cubierta, se aprovechaba la conexión con el paisaje, abriendo la estancia al sur, lo que garantizaba la mejor iluminación de la estancia, y creaba un pequeño jardín individual, que servía como espacio de reflexión para la monja al tiempo que introducía vegetación en la dura fachada de hormigón del edificio. El cuidado del cuerpo, presente en la luz y el movimiento, se extendía también a aspectos menos visibles como la incorporación de un sistema de calefacción que atemperara los rigores del invierno salmantino”.

Los espacios comunes estaban diseñados con la misma atención por el detalle. La capilla es una pequeña joya de la arquitectura religiosa contemporánea, que combina las orientaciones del concilio Vaticano II y las necesidades espirituales de la comunidad, con espacios para el rezo colectivo y el individual. Un espacio blanco y luminoso que contrasta con el hormigón gris del resto del edificio. El refectorio es un lugar de calma, con una iluminación muy cuidada que refleja el paso de las horas a través de las distintas intensidades y tonalidades de la luz. Se establece así una relación entre la cualidad espacial de la luz y las normas que rigen el ciclo diario del carmelo.
En el libro Ora et labora, Marcelo Cox reinterpreta desde el presente, como Ana Garriga y Carmen Urbita, la historia del convento, un lugar en el que la vida en común y el espacio íntimo estaban perfectamente articulados. Muestra cómo “muchas de las cualidades propias de la arquitectura y la práctica monástica siguen definiendo, hasta hoy, nuestras vidas”. De ese particular modo de habitar se han extraído enseñanzas para diseñar edificios que proponen nuevos modelos de vivienda que combinan la privacidad del hogar con espacios comunes que permiten tejer redes de apoyo. Como señalan Las hijas de Felipe, podemos aprovechar lo que antes le ocurrió a una monja barroca para mejorar nuestro presente. El Carmelo de San José no buscaba una ruptura con la tradición, sino una lectura contemporánea de los principios que lo alentaron. Fernández Alba colocó a las mujeres mayores que habitarían el convento en el centro del proyecto, entendiendo que sus necesidades del siglo XX encajaban a la perfección con los preceptos de santa Teresa, planteados cuatro siglos antes.


























































