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Adiós al ladrillo rojo en Madrid: cómo los ‘bloques cebra’ y los sistemas de aislamiento están borrándolo de las calles

Esta pieza de arcilla carmesí vive amenazada a pesar de que muchos expertos la consideran patrimonio arquitectónico y cultural por su papel en la configuración de paisajes urbanos reconocibles

El edificio Girasol de Madrid, obra del arquitecto José Antonio Coderch, ha sido rehabilitado recientemente por el estudio Atelier Galante empleando el sistema cerámico Flexbrick, consiguiendo mantener íntegra su estética original, en ladrillo visto con formato vertical.

De la plaza de Toros de Las Ventas a la Casa Árabe, el complejo industrial de Matadero, la ampliación del Museo del Prado de Rafael Moneo o la Casa de las Flores de Secundino Zuazo. Madrid tiene un vínculo histórico con el ladrillo rojo que va más allá de sus edificios emblemáticos. Su conexión con este elemento constructivo de barro carmesí está enlazada con lo afectivo y con lo social a través de las decenas de bloques de viviendas de estilo neomudéjar de finales del siglo XIX, pero también con las colonias de los años sesenta y setenta de los barrios periféricos, de Vallecas a Carabanchel, el barrio de El Pilar o el popular Usera. Una pieza maciza de arcilla, que no supera los 24 centímetros de largo, y que ha dado identidad arquitectónica a una ciudad que decía carecer de ella, y que ahora está en riesgo de desaparecer antes incluso de ser reconocida.

El ladrillo rojo ha sido imagen durante décadas, a través de las fachadas, de un país entero. Igual que ha ocurrido con el ladrillo negro en Holanda o el amarillo en Reino Unido, en España, el rojo es el identitario. “Es un material de construcción muy económico y fácilmente disponible en la Península Ibérica, a diferencia de algunos mármoles o piedras. Durante la posguerra, movimientos como la Escuela de Barcelona, con Oriol Bohigas al frente, lo reivindicaron bajo la influencia de la arquitectura italiana. […] El ladrillo habla de un periodo muy específico, de unas ideas concretas de vivienda y de las condiciones de quienes debían habitarlas. También remite a las relaciones sociales de la época, pues muchas de esas viviendas fueron construidas por los mismos operarios que después las ocuparon”, explica Lluís Alexandre Casanovas, antiguo comisario de arquitectura del Departamento de Colecciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y hoy parte del equipo curatorial de Museu Habitat.

Desde finales de los años cincuenta y hasta los noventa, el ladrillo rojo ha sido el material emblemático de construcción de barrios enteros en muchas localidades del centro peninsular y de la periferia de Barcelona, aunque especialmente se desarrolló en Madrid y en su “cinturón rojo” (Getafe, Leganés, Alcorcón, Móstoles, Fuenlabrada), llamado así por ser históricamente pequeñas ciudades donde residían los obreros. “Su uso está profundamente ligado a la identidad urbana y al desarrollo histórico de la ciudad, desde el neomudéjar del siglo XIX hasta la arquitectura racionalista y contemporánea. Representa un legado de construcción sostenible, duradera y de proximidad, que combina belleza y funcionalidad”, explica Pedro Rognoni, presidente de la Asociación Española de Fabricantes de Ladrillos y Tejas de Arcilla Cocida (Hispalyt).

Grandes arquitectos para viviendas populares

El ladrillo rojo lo invadió todo durante décadas, con mayor o menor fortuna, de norte a sur de la ciudad, creando una imagen sostenida de desarrollismo, estirada hasta casi principios del siglo XXI. Los grandes arquitectos españoles de los últimos cincuenta años se entregaron al ladrillo rojo como solución arquitectónica barata y rápida. Entre los mejores ejemplos está la Colonia Lourdes, frente a la Casa de Campo, o la Colonia Puerta del Ángel del Hogar del Empleado, ambas obras de Francisco Javier Sáenz de Oiza, desarrolladas entre 1955 y 1970. Este arquitecto también proyectó con ladrillo rojo otra de sus obras faraónicas, las viviendas del Ruedo de la M-30 (1986-1989). A finales de los noventa, se levantaron barrios nuevos de la periferia como Palomeras, en Vallecas, con bloques de viviendas firmados por arquitectos como Cano Lasso, Manuel de las Casas, José Antonio Martínez Lapeña, López-Peláez y Frechilla, Alfredo Villanueva Paredes, Fernando Prats o Manuel Paredes, entre otros. “El ladrillo rojo debe considerarse un patrimonio arquitectónico y cultural, no solo por su valor estético, sino también por su papel en la configuración de barrios, fachadas y paisajes urbanos reconocibles, que forman parte de la memoria colectiva de España”, remata Rognoni.

El ladrillo como medida humana del tiempo

Pero los sistemas constructivos han cambiado. Las tendencias actuales en la edificación, donde priman la rapidez de ejecución y la homogeneidad visual, como en los llamados “bloques cebra”, han provocado que el ladrillo se desplace por revestimientos más planos, en muchos casos prefabricados fuera de obra con paneles metálicos o de composite y hormigón. “El ladrillo nos revela el proceso de construcción; su escala, ajustada a la de una mano humana —la del albañil—, permite comprender su naturaleza. Exige tiempos de construcción más lentos, un ritmo que contrasta con las demandas habitacionales y los sistemas comerciales contemporáneos, orientados hacia la rapidez, la estandarización y la reducción de costes”, añade Lluís Alexandre Casanovas.

El nuevo sistema constructivo por módulos es una de las grandes amenazas del ladrillo, la tendencia lleva a que cada vez se levantarán menos edificios con este elemento. “El ladrillo expone el tiempo, la destreza y la presencia del operario que lo coloca. Desafía, así, los procesos de industrialización modernos: cada muro conserva algo del gesto y del ritmo de la persona, una huella que los sistemas contemporáneos de prefabricación y estandarización tienden a borrar”, comenta Casanovas.

A este cambio en la construcción se añade, además, la percepción “errónea”, explica Rognoni, de que es un material tradicional que no ofrece el aislamiento térmico adecuado. “El ladrillo cerámico es un material de gran calidad y altas prestaciones, que combina resistencia, durabilidad y belleza atemporal. Tiene un excelente comportamiento térmico, acústico y frente al fuego, así como baja absorción y su resistencia a los agentes atmosféricos, lo que garantiza fachadas que envejecen con elegancia y apenas requieren mantenimiento”, añade el experto.

SATE, el aislamiento térmico más utilizado

La necesidad de tener viviendas eficientes energéticamente ha provocado que muchos edificios de ladrillo rojo con varias décadas a sus espaldas, estén rehabilitando sus fachadas rojizas con Sistemas de Aislamiento Térmico Exterior (SATE), modificando ese patrimonio identitario en barrios enteros. Borrándolo de las calles. “La aplicación masiva del SATE y de otros sistemas de revestimiento están provocando una homogeneización del paisaje urbano. En muchos barrios, donde el ladrillo rojo era seña de identidad, estas intervenciones eliminan la textura, el color y la memoria material de la ciudad. El resultado son fachadas neutras, sin matices, que podrían pertenecer a cualquier lugar y que hacen desaparecer el vínculo emocional y estético con el entorno. La eficiencia energética no debería estar reñida con la identidad arquitectónica”, explica Rognoni.

En España, las ayudas para la rehabilitación energética de edificios residenciales, aquellas en la que se incluye el SATE, están enmarcadas a través de las Comunidades Autónomas, de los fondos del programa europeo Next Generation EU a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (PRTR) o del Plan Rehabilita Madrid del Ayuntamiento de la capital. Estos programas están dirigidos a mejorar la eficiencia energética de unos edificios que se levantaron, en ocasiones, rápido y con materiales pobres. “Por la tipología de muchos edificios residenciales en España –fachadas sin aislamiento adecuado, grandes superficies de muro frente a ventana–, la intervención SATE representa una de las medidas con mejor ratio coste-eficiencia para la mejora energética […]. En una gran mayoría son edificaciones antiguas construidas con anterioridad a las normativas de código técnico que regulan la construcción en la actualidad, con una calidad general baja y ausencia de aislamiento. En estos casos el ahorro económico estará por encima del 50% llegando en casos al 80%”, explica Robert Benedé Angusto, Gerente de Anfapa, Asociación de fabricantes de morteros y SATE.

La gran mayoría de las aplicaciones de SATE que se están realizando en barrios periféricos de Madrid transforma las fachadas de sus edificios de ladrillo rojo en superficies lisas de color naranja o gris, sin embargo Fernando Arrabé, presidente de la sección de SATE de Anfapa, confirma que “existe una variedad tan amplia de texturas, colores y revestimientos posibles, entre ellos el ladrillo cara vista, que no hay ninguna limitación para tener que ceñirse a ningún formato, sea en colores, formas o texturas, que permiten al arquitecto expresar la identidad del edificio de múltiples maneras y de forma diferenciada”.

Javier Sáenz Guerra, arquitecto e hijo de Sáenz de Oiza, incide en que este tipo de revestimiento no es reversible: “Es una piel adhesiva, y este tipo de actuaciones tienen que tener reversibilidad; el ladrillo tiene que ver con la identidad, es un material con textura y muy bueno; los revestimientos nuevos son baratos y feos, hay que encontrar un punto intermedio. Tiene que haber ayudas públicas para que haya menos consumo energético, pero también mantener la imagen de la ciudad”.

Edificio Girasol: respeto al legado de Coderch

Quizá, un ejemplo reciente sea la rehabilitación del emblemático edificio Girasol de Madrid, obra del arquitecto José Antonio Coderch, hecho en ladrillo rojo, considerado como una de las diez edificaciones modernas más representativas a nivel arquitectónico de la ciudad de Madrid e incluido en el Catálogo de Edificios Protegidos del Ayuntamiento de la ciudad. Este edificio ha sido rehabilitado recientemente por el estudio Atelier Galante empleando el sistema cerámico Flexbrick, consiguiendo mantener íntegra su estética original, en ladrillo visto con formato vertical. “Gracias a esta intervención se ha logrado conservar la identidad material del barrio, respetar el proyecto patrimonial del siglo XX y al mismo tiempo incorporar mejoras en durabilidad, seguridad y eficiencia”, explican desde Hispalyt.

Los arquitectos franceses Lacaton y Vassal, premio Pritzker en 2021, llevan años rehabilitando edificios de viviendas mediante una especie de abrigo sostenible, que no invade la construcción original y otorga espacios de luz a los vecinos. Las 530 viviendas en el barrio de Grand Parc (Burdeos) es el gran ejemplo de sostenibilidad y respeto a la identidad.

Lo que es cierto es que, ya sea un tipo de revestimiento u otro, el ladrillo rojo vive un momento tenso en su historia. Miguel Luengo, arquitecto de Amarillo Estudio y profesor de Teoría e Historia de la arquitectura, recuerda al británico Isaac Ware que en 1756 publicó A Complete Body of Architecture: “Para Ware la naturalidad consistía en que un edificio mostrara por fuera los materiales de los que está hecho por dentro, así se convertía a un edificio en honesto. Como prueba de su coherencia, en 1754 diseñó Wrotham Park, un palacio levantado en su totalidad de ladrillo, y tiempo después, construyó su propia casa de ladrillo rojo visto”.

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