Presupuestos descabellados, huelgas y fugas de gas: el año en el que Walt Disney casi se arruina para construir Disneyland
El documental ‘Cómo se hizo Disneyland’ desvela los secretos del proyecto faraónico que el magnate empezó en construir a mano en uno de los momentos más delicados del estudio


Walt Disney tenía una obsesión: rediseñar el mundo. Empezó primero por la gran pantalla y produjo Blancanieves y los siete enanitos, el primer largometraje de animación sonoro y en color. Después pasó a la televisión. Pero no era suficiente, quería dar el paso a rediseñar la propia realidad. Con esa idea concibió en los años cincuenta el primer parque de Disneyland. Ahora el documental Cómo se hizo Disneyland, estrenado en Disney+ y YouTube, utiliza entrevistas y vídeos de la época para revelar muchos de los secretos del proyecto faraónico que estuvo a punto de arruinarle a él y a todo el estudio en menos de un año.
La encargada de liderar esta labor casi arqueológica ha sido Leslie Iwerks, directora de documentales nominada al Oscar en 2007 por Recycled Life y nieta de Ub Iweks, colaborador de Walt Disney y responsable del emblemático diseño del ratón Mickey. La cineasta se sumergió en decenas de latas de 16 milímetros con las que se documentó la construcción y que, hasta ahora, habían permanecido olvidadas. Las mandó a restaurar y al revisarlas se percató de que en su mayoría contenían planos de las manos de los trabajadores confeccionando cada pieza del parque. De allí el título en inglés: Handcrafted, que en español significa “hecho a mano”.
“Nunca me habría imaginado ese esfuerzo incansable por cuidar la artesanía hasta el último detalle”, explica Iwerks a ICON Design por correo electrónico. “Lo que más me sorprende es que tanta gente se uniera para ayudar a Walt a sacar adelante lo que parecía imposible. ¡Y en tiempo récord!”, añade. En concreto, más de 2.000 trabajadores participaron en una obra que duró menos de un año y que, sin embargo, se hizo eterna por la sucesión de presupuestos desorbitados, huelgas de última hora y cientos de problemas técnicos.

Érase una vez un naranjal
A principios de la década de los cincuenta, los estudios Disney intentaban superar la crisis de la posguerra. Walt tenía claro que había que ampliar las fuentes de beneficios y hacía años que fantaseaba con llevar a la realidad el universo de su estudio. Lo concebía, en principio, como un pequeño anexo a sus estudios de Burbank de unas 6 hectáreas. Hasta que en 1953 encontró una finca de naranjos en Anaheim de 65 hectáreas. Intentaron convencerlo de que estaba muy lejos de Los Ángeles, pero Walt ya estaba decidido. Lo iba a hacer allí, lo iba a construir en un año e iba a televisar todo el proceso.
Walt firmó un contrato con la cadena ABC para emitir un programa semanal también llamado Disneyland en el que además de cortos se emitirían actualizaciones de la construcción. El canal, a cambio, financiaría parte del parque. El presupuesto empezó en los cuatro millones de dólares pero no tardó en dispararse. A diferencia del resto de parques, Disney se había propuesto que hasta el último detalle tuviese un diseño personalizado. Se contrató a un gran equipo de arquitectos y diseñadores, bautizados como imagineers, una mezcla entre imaginativos e ingenieros, y se les dio dos únicas máximas: que aunque no supierna por qué, los visitantes sabrían distinguir la artesanía de los diseños cutres y que todos los diseños tenían que hacerlos felices a toda costa.

La construcción de este supuesto edén empezó en julio de 1954 y el primer paso fue acabar con todos los naranjos y elevar unas gigantescas colinas artificiales para aislar el parque del mundo real. Después, tomando la idea de la gran feria de ferrocarril de Chicago, Walt se había propuesto dividirlo en cinco áreas temáticas: Main Street se inspiraba en los típicos pueblos estadounidenses de finales del XIX, Adventureland en la selva, Tomorrowland en el futuro, Fantasyland en los cuentos y Frontierland en el lejano Oeste. Mientras se replantaban árboles y arbustos a todo correr, comenzó el diseño y la construcción casi en paralelo de edificios y atracciones con solo un 10% de los planos dibujados.
“El poder del diseño del parque es verdaderamente fascinante. Desde la herrería al trabajo con los ladrillos, el cemento o toda la tematización y todo sigue visible a día de hoy”, valora Iwerks. Una de las piezas con más historia era el tren de vapor que daba la vuelta a todo el parque. Disney era un aficionado a las locomotoras y mandó construir una a vapor, como se hacía a principios de siglo, y a escala de cinco octavos para que diese la vuelta al parque ―en su propia casa tenía una versión a un octavo llamada Lilly Belle―. Otra de las más laboriosas fue el barco a vapor Mark Twain. Con 32 metros de eslora se construyó todo en piezas de madera que una a una se cortaron y ensamblaron en los estudios de Disney y luego se transportaron hasta el parque.

Problemas en el paraíso
Con procesos así de laboriosos, el presupuesto pasó rápidamente de los cinco a los siete y luego a los 11 millones de dólares. A mitad de año, no se habían levantado apenas edificios, pero la fecha de inauguración no se podía posponer: el estudio necesitaba cuanto antes los ingresos que le iba a reportar el parque. Así que el propio Walt empezó a invertir su propio dinero, vendió su casa de Palm Springs y sacó el dinero de la póliza de seguros que llevaba 30 años pagando. Ante los rumores de que acabaría con el estudio y la producción de películas, Walt respondía siempre con la misma frase: “Ya me he arruinado en otras cinco ocasiones”. El presupuesto final acabó en los 17 millones.
Pero cuanto más dinero gastaban, más defectos aparecían en el parque. Para la construcción de la atracción Ríos de América se transportaron toneladas de agua pero la bentonita con la que habían cubierto los canales no funcionó y se acabó filtrando entera al terreno. Había fugas de gas constantes ―una de ellas casi explota por los aires el castillo de La bella durmiente― y los arquitectos trabajaban con poca o ninguna coordinación entre ellos. Se planteó mover la fecha de julio a agosto de 1955, pero Walt se mantuvo firme. Mientras tanto, en su programa Disneyland en la ABC se televisaban sosegados fragmentos de lo que parecía una construcción idílica.

El último mes fue crítico. Toda la vegetación que habían plantado sin orden alguno empezó a morir y se dio la orden de pintarla con colores vivos. Gran parte del equipo, incluído Walt, dormía en Main Street y ante el aluvión de trabajo los fontaneros convocaron una huelga a pocos días de la inauguración. Se tuvo que decidir entonces entre acabar los baños o acabar las fuentes, porque no daba tiempo a terminar las dos instalaciones. “Los niños pueden beber cocacola, pero no pueden quedarse sin baños”, zanjó Disney. Así se encaminaron para la gran inauguración del 17 de julio, un evento que contaría con una gran retransmisión en ABC.
Los 26 kilómetros que trajeron las cámaras de la cadena entorpecieron aún más la recta final, en la que se tuvo que disimular que zonas como Futureland estaban más acabadas de lo que parecían. Así llegó finalmente aquel domingo 17 y 35.000 visitantes se lanzaron a descubrir el parque. En la televisión se vendió como un día histórico, retransmitiendo incluso atracciones que aún no estaban en funcionamiento, pero la opinión de la prensa escrita y del público fue otra. La temperatura fue de 37 grados, pero no había ninguna fuente operativa, los restaurantes se quedaron sin comida, hubo más fugas de gas y, para colmo, algunos de los trabajadores tenían resaca después de la fiesta del fin de obra.

“Aquí los adultos revivirán el pasado y los niños saborearán los retos y las promesas del futuro. Disneyland está dedicado a los sueños y sacrificios que construyeron Estados Unidos con la esperanza de que se convierta en una fuente de alegría para el resto del mundo”, proclamó Disney en su discurso inaugural. A la vista del resultado, los periódicos tomaron estas palabras como un augurio de su última y definitiva bancarrota y bautizaron al día como el domingo negro de Disneyland. Bastaron pocos meses para demostrar que se equivocaban.
En el mismo 1955 la compañía dobló los ingresos del año anterior. Hasta este año el parque ha registrado 900 millones de visitantes y, entre los seis complejos que hay repartidos en el mundo, suponen una de las fuentes de beneficios más estables del megagigante en el que se ha convertido Disney. A golpe de mucha artesanía, y aún más marketing, Walt consiguió su objetivo: rediseñó las vacaciones de las familias de medio mundo.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































