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Arquitectura
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

De centro comercial que solo se recorre en coche a centro de detención: las mil vidas del Helicoide

Su diseño dio la vuelta al mundo, se expuso en el MoMA y Salvador Dalí se ofreció para decorar sus interiores. 70 años después de su construcción en Caracas, el futuro del polémico edificio permanece suspendido

Imagen del Helicoide en 1961.

Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas tridimensionales del mundo, máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón. El Helicoide nació exactamente con esa ambición, quizá con demasiada.

Venezuela, años cincuenta. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosa gasolina, dólares y una forma muy específica de silencio cívico que podría confundirse con estabilidad política. El petróleo lo empapa todo. Hay dinero, hay velocidad, y con ambos, una fe casi sudorosa en la idea de que el futuro está garantizado y que cualquier intento de objeción se ahogará pisando el acelerador. Literalmente.

El Helicoide, con su rampa de diseño impecable y su cúpula aún brillante, en 2021.

Ese ecosistema económico y político —y moral— se condensa en un proyecto tan sencillo en su gesto como desmesurado en sus consecuencias. Un centro comercial que solo se recorrería en coche. Sin bajarse y sin caminar. Sin abandonar el volante, no fuera a ser que el progreso se escapase por la puerta trasera. Así, el Helicoide se plantea como un único movimiento continuo. Una rampa. Un recorrido en espiral que rodea la Roca Tarpeya y se eleva sobre Caracas, convirtiendo el consumo en trayecto y la pendiente en sustituto del paseo urbano.

Firmado por Jorge Romero Gutiérrez, Pedro Neuberger y Dirk Bornhorst, el proyecto incluye cientos de tiendas, ocho cines, un hotel de cinco estrellas, un club privado, un palacio de espectáculos y hasta un helipuerto, por si la fiebre petrolera alcanzaba tal punto que los clientes llegasen directamente desde el aire. Y coronándolo todo, una cúpula geodésica pensada para reflejar la luz tropical y devolverla a la ciudad convertida en señal abstracta. Cuatro kilómetros de asfalto enroscados sobre la colina, donde el automóvil se detendría frente a cada escaparate, cada cine, cada restaurante, transformando el acto de comprar en una coreografía mecánica perfectamente calibrada. El Helicoide era algo más que un edificio. Era un símbolo compacto en el que la forma era el mensaje, porque la espiral no era solo un trayecto, era un gesto que prometía ascenso permanente, circulación sin fricción hacia un progreso continuo que, en aquel momento, parecía no tener fecha de caducidad. Tal fue así que su diseño dio la vuelta al mundo incluso antes de que la construcción existiese del todo. Se expuso en el MoMA, Pablo Neruda lo llamó “rosa de concreto” y Salvador Dalí se ofreció para decorar sus interiores. Todo encajaba en el relato.

En 1956 comenzaron los estudios del Helicoide para hacer realidad la idea concebida por el arquitecto Jorge Romero Gutiérrez.
Obras del Helicoide en 1956.

En ese estado de celebración arquitectónica, las obras comenzaron en 1956, observadas con orgulloso asombro por las élites blancas que lo habían imaginado y con una mezcla de cercanía y distancia infinita por los niños negros de los barrios próximos, que probablemente nunca podrían recorrerlo. Porque para habitar el Helicoide hacía falta gasolina y una fe robusta en la eternidad del régimen. Pero la eternidad duró menos que el petróleo.

En 1958 cae la dictadura de Pérez Jiménez y el edificio queda atrapado en el cambio de época. Los fondos se congelan. Los litigios se multiplican. La empresa quiebra. Los ascensores importados desaparecen. El interior queda expuesto a la lluvia, al saqueo y a una intemperie lenta. Se intenta reanudar la obra. Se terminan algunas partes, incluida la cúpula, pero el Helicoide nunca llega a ser lo que quiso ser. Durante años permanece inacabado, demasiado grande para ignorarlo y demasiado cargado de simbolismo para completarlo sin incomodidad.

Vista del barrio Cota 905 y del Helicoide, en Caracas (2022).

A finales de los setenta, miles de personas sin hogar ocupan la estructura. Las rampas pensadas para automóviles se llenan de colchones, de fogones improvisados plantados en mitad de la pendiente, de ropa colgada donde antes solo había cálculo estructural. El Helicoide se convierte en una ciudad informal incrustada en una obra de ingeniería futurista, una superposición de tiempos y usos que acaba en desalojos y devuelve al edificio a un nuevo estado de vacío expectante.

La Roca Tarpeya, donde se construyó El Helicoide, en 1874.
Foto de Pedro Emilio Garraud.

Pero aún le quedaba otra mutación. En un homenaje involuntario y siniestro al nombre de la colina —la Roca Tarpeya romana era el lugar desde donde se arrojaba al vacío a los traidores y los ladrones—, el edificio vuelve a cambiar de función. A partir de 1982, el Estado comienza a instalarse progresivamente en su interior. Primero oficinas administrativas. Después organismos de seguridad. En 1984, la DISIP (Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención) lo utiliza como sede y como centro de detención. En 1992, durante el segundo intento de golpe de Estado de Hugo Chávez, un OV-10 Bronco de la Fuerza Aérea rebelde bombardea el edificio, lo cual unido a la respuesta antiaérea destruye parte de las instalaciones. Pero el Helicoide ya es demasiado importante para volver a abandonarlo, así que se reconstruye y, a partir de 2010, ya bajo el chavismo, se convierte en centro de detención del SEBIN, del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Y el SEBIN transforma un artefacto de circulación en un dispositivo de control interno. Las oficinas se reconvierten en celdas, los baños se clausuran para el confinamiento, los pasillos curvos se integran en un circuito vigilado que anula cualquier referencia espacial estable. Los presos ponen nombre a esas antiguas tiendas. El Infiernito. El Guarimbero. Guantánamo. El Tigrito. El Cucarachero. La Pecera. Un bestiario tropical y surrealista y aterrador y todo a la vez. Porque esos nombres, por muy cerca que estén del folclore verbal, designan lugares donde organizaciones como Human Rights Watch han denunciado torturas. Torturas. Hacinamiento extremo, electrocuciones, inmersiones en heces, abusos sexuales.

Maqueta del Helicoide.

A día de hoy, el Helicoide sigue allí, elevándose sobre Caracas. La Casa Blanca ha afirmado que Delcy Rodríguez planea desmantelar el centro de detención, pero de momento el futuro del edificio permanece suspendido, fiel a su costumbre.

Visto en fotografías, con su rampa de diseño impecable y su cúpula aún brillante, a mí, que he creído siempre en la capacidad del espacio construido para mejorar la vida, el Helicoide me lleva a una reflexión estremecedora: que la arquitectura —los humanos que la usan, en realidad— tiene la capacidad de adaptarse a todo. A todo. Que un proyecto concebido bajo una dictadura como promesa delirante de futuro puede acabar convertido, sin apenas modificaciones, en una prisión política de otra dictadura. Y que todo esto, el petróleo, los coches, la rampa, el asfalto, el lujo para unos pocos y la pobreza para muchos, los saqueos, las detenciones, los bombardeos, las celdas y las torturas, funcionan —nos guste o no— como un resumen extraño y brutal de los últimos setenta años de la historia de Venezuela.

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Sobre la firma

Pedro Torrijos
Pedro Torrijos es escritor, arquitecto y crítico cultural. Es director del podcast del Museo ICO y colaborador habitual en medios. Sus últimos libros son 'Territorios improbables', 'Atlas de lugares extraordinarios' y 'La tormenta de cristal'.
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