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Economía Latinoamericana
Tribuna
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El crecimiento de América Latina, Venezuela y el papel de los empresarios

La región debe experimentar un cambio de paradigma para su progreso, donde la figura tradicional del empresario dé paso a una concepción más dinámica y creativa: el empresario innovador

América Latina permanece en el nuevo año 2026 ante el cambio, la inestabilidad y la complejidad. En la región persiste el bajo crecimiento, marcado por períodos frágiles y vulnerables, que constituyen, de hecho, situaciones difíciles de manejar.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, los economistas comenzaron la búsqueda de la fórmula del “crecimiento”. Desde entonces, la necesidad de más crecimiento se ha erigido en una actividad definitoria de los gobiernos, lo que determina su éxito. Siendo una de las pocas cosas en las que coinciden los políticos: el crecimiento, cuanto más mejor.

América Latina necesita un crecimiento vigoroso si desea contrarrestar la década 2014-2024, que, en promedio, creció un 0,8% anual, un porcentaje menor al 1,2% de la década perdida de los años 80, convirtiéndose así en la década de menor crecimiento desde 1951.

El FMI en Perspectivas Económicas Mundiales (octubre, 2025), estima que en 2025 el crecimiento en América Latina sería próximo al 2,5%, siempre y cuando las tasas de interés se normalicen, baje la inflación y los precios de los productos básicos impulsen las exportaciones. Para 2026 estima que lo hará un 2,3%, mostrando una ligera moderación respecto al 2025, con un crecimiento regional desigual y retos fiscales y comerciales que persisten, aunque con una inflación a la baja.

La CEPAL en Balance Preliminar de las Economías Latinoamericanas y el Caribe (diciembre, 2025) indica que la región no ha podido librarse del bajo crecimiento, que en 2025 lo sitúa sobre el 2,4%, muy ligeramente superior al 2,3% proyectado para 2026. Esta tendencia, establece una secuencia de cuatro años consecutivos con tasas de crecimiento en torno al 2,3%. Unos resultados que se producen con restricciones internas que dificultan una expansión de la inversión, la productividad y la generación de empleo.

Sin embargo, para el 2026, la región ofrece señales mixtas. Por un lado, la inflación seguirá descendiendo, lo que permite que las autoridades adopten posturas monetarias más flexibles, previendo que los bancos centrales rebajen sus tasas, aunque a un ritmo más gradual que en 2025, siendo el desafío equilibrar el apoyo al crecimiento con la preservación de la estabilidad de los precios. Por otro lado, el ritmo de crecimiento del consumo privado se ralentizará y la inversión, aunque muestra signos de recuperación, seguirá siendo limitada. También se presentan déficits externos moderados pero persistentes, lo que revela vulnerabilidades relacionadas con el incremento de los pagos de intereses de la deuda y la dependencia de exportaciones de productos primarios que se identifica con el modelo extractivista, lo que la hace vulnerable de estas actividades.

En definitiva, es evidente que no se trata de un problema coyuntural, sino estructural, que refleja la incapacidad para crecer de manera sostenida. En todo caso, la región se resiente y ve alterados no solo los flujos comerciales y de capitales, sino también, el valor de sus monedas, las condiciones de financiación, los desequilibrios macroeconómicos y, por lo tanto, las perspectivas favorables de un crecimiento sostenido.

Conseguir un crecimiento sostenido significa consensuar por las partes implicadas: gobierno, empresarios y sindicatos, sólidos fundamentos para la economía. Para lograrlo, resulta esencial contar con instituciones sólidas, un marco regulatorio y una seguridad jurídica estable, como marco para impulsar el crecimiento a largo plazo. Lo cual exige invertir en infraestructuras físicas y digitales, fomentar la innovación, la competencia, diversificar las exportaciones, conseguir la estabilidad macroeconómica, promover la colaboración pública-privada y fortalecer a las pequeñas y medianas empresas, que constituyen la gran mayoría del tejido empresarial en la región.

En este contexto, la figura del empresario como agente de transformación, gestor y hacedor de proyectos resulta de vital importancia. Es su hora, es su momento y es su tiempo. Deben superarse momentos pasados, cuando en la región el empresario se percibía no como el creador e impulsor de riqueza, sino más bien, como rentista.

América Latina debe experimentar un cambio de paradigma para su progreso, donde la figura tradicional del empresario dé paso a una concepción más dinámica y creativa: el empresario innovador. Este giro es fundamental para que la región logre superar la trampa del ingreso medio, un fenómeno que durante años ha limitado el crecimiento sostenido y la capacidad de desarrollo económico. El empresario innovador, lejos de conformarse con la mera gestión de rentas, asume un rol activo en la transformación productiva y en la generación de riqueza.

El empresario innovador, lejos de conformarse con la mera gestión de rentas, asume un rol activo en la transformación productiva y en la generación de riqueza

Una de las herramientas decisivas en esta transición para mejorar la capacidad de adaptación de las economías es la digitalización, que se convierte en un factor determinante para cerrar la histórica brecha de productividad que afecta a la región. Al facilitar el acceso a nuevas tecnologías y métodos de gestión, la digitalización permite que las empresas sean más competitivas y eficientes, favoreciendo la innovación y ampliando las oportunidades de crecimiento económico. El fortalecimiento de la productividad y la innovación es, por tanto, una vía ineludible para avanzar hacia una economía más diversificada y robusta con empleos formales y de mayor calidad.

En el contexto actual, marcado por la complejidad, la incertidumbre y plagado de situaciones difíciles, la figura del empresario cobra especial relevancia al asumir un liderazgo claro en la generación de valor compartido. Este liderazgo no solo es crucial para dinamizar el crecimiento económico, sino también para contribuir a la estabilidad democrática y a un desarrollo que sea inclusivo y sostenible en el largo plazo. Por ello, apoyar y fortalecer el papel innovador del empresario, debe considerarse una prioridad, especialmente en un entorno desafiante como el que enfrenta actualmente la región. Siendo su capacidad de adaptación, su visión transformadora y su compromiso con la sociedad, aspectos esenciales para que el empresariado latinoamericano impulse la recuperación y el progreso.

Precisamente, impulsar la recuperación, estabilización y progreso tras los sucesos acontecidos en Venezuela, reclaman la activa participación del empresariado venezolano como señal de servicio al país. Ahora bien, esta loable iniciativa no tendría que ser en solitario, más bien, se necesita establecer una sólida colaboración pública-privada, para conjuntamente establecer un “plan de recuperación económica y social”. Si se logra esta colaboración, sería interesante que se sumasen instituciones regionales que den asistencia técnica a dicho “plan”. Las ricas experiencias con las que cuentan la CAF, banco de desarrollo para América Latina -fundado por iniciativa de seis países andinos: Colombia, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador y Venezuela) cuya sede principal se encuentra en Caracas, como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), pueden ser de indudable valor. La colaboración y el trabajo conjunto de gobierno y empresarios, junto a la asistencia técnica de los bancos de desarrollo, seguro que pondrían en marcha un “plan ganador”.

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