‘Taste matching’: encontrar el amor en internet en Goodreads y no en Tinder
Tras vagar por las aplicaciones de citas, cada vez más personas construyen vínculos afectivos a partir de gustos culturales compartidos en plataformas como Reddit o Instagram. A veces, hallar estas relaciones sin buscarlo favorece la intimidad, pero también existe el riesgo de la idealización


Una noche cualquiera, alguien comenta una película en el subreddit r/horror, el espacio de esta red de foros —Reddit— dedicado a las películas de terror. Otra persona responde. No hay fotos cuidadosamente escogidas, ni una descripción en el perfil diseñada específicamente para gustar, no hay preguntas del tipo: “¿Qué estás buscando?”. Está claro lo que buscan los dos: hablar sobre películas de miedo. Nada de ligar. Días después, el intercambio se repite. Luego llegan los mensajes privados: “Hey! ¿Qué has visto últimamente?”. Y, casi sin darse cuenta, esas dos personas empiezan a contarse cosas que ya no tienen que ver solo con el cine. Tiempo después, y quizá tras un encuentro en el mundo real, esa conversación digital se convierte en una relación.
Historias así, discretas, sutiles, aparentemente inocentes, se repiten cada vez más en plataformas digitales que no están diseñadas para encontrar pareja, sino para compartir gustos, obsesiones culturales o formas de mirar el mundo. Una forma de conectar a través de internet más lenta, menos performativa y que se siente más real. Hay quien se echa el ojo comentando libros en Goodreads, escribiendo fan fiction en Wattpad, jugando online o intercambiando memes en X o Instagram. A partir de ahí, acaban construyendo vínculos afectivos sin haberse “buscado” explícitamente. A este fenómeno algunos lo llaman taste matching: encontrar a alguien a partir de lo que te gusta, no de cómo te presentas.
En las apps de citas, muchas personas tienen la sensación de estar comprando en un supermercado en el que ellos mismos también son productos. Todo son fotos, descripciones breves y la necesidad de decidir rápidamente con qué te quedas y qué descartas. Este modelo puede llegar a resultar agotador, especialmente si el resultado de todo ello son una serie de citas decepcionantes. “Frente a la rapidez, ante la superficialidad que tienen este tipo de aplicaciones que generan relaciones más bien triviales, esporádicas o puramente sexuales, es normal que surja otra cosa”, explica Luis Ayuso, catedrático de Sociología de la Universidad de Málaga y parte del equipo de investigación del estudio La gestión de la intimidad en la sociedad de la información y el conocimiento.
Ayuso interpreta este fenómeno no como el principio del fin de las apps de ligoteo, sino como la respuesta a la necesidad de generar nuevos espacios de socialización. “La digitalización, paradójicamente, ha acabado con muchos lugares de encuentro. Esto ha provocado que se generen nuevos espacios de sociabilidad, tanto digitales como presenciales”, señala. Plataformas culturales, redes sociales y lugares físicos como los gimnasios se convierten en sitios donde conocer gente y, eventualmente, ligar.

En estos entornos no se da un perfil de seducción clásico. No se entra con la intención de encontrar pareja. Para la psicóloga y terapeuta de parejas Cristina Rocafort, esto cambia el tono del vínculo desde el inicio. “Sin demonizar a las apps, entiendo que de esta forma la atracción o el amor puede surgir de manera más genuina. En un espacio cultural no tienes un cartel en la cabeza que ponga ‘quiero una relación”, explica. “Pueden crearse relaciones en las que la no intencionalidad deja un poco más de espacio al misterio, como podía pasar antes de la llegada de internet”.
Menos presión, más conversación
Una de las razones por las que estas plataformas resultan atractivas es, por ejemplo, la menor presión estética. El punto de partida no es la imagen, sino la conversación. “Hay personas, normalmente mayores de 30 y con necesidad de conocer a gente, que no se sienten cómodas metiéndose en una aplicación de citas basada casi totalmente en la imagen”, apunta Rocafort. “Conocer gente a través de un interés común facilita mucho las cosas para ellas, eliminando esa parte más frívola de las apps”.
María lo ha vivido así desde muy joven. “A mi primer novio le conocí a través de YouTube y lo que nos conectó fue hablar sobre música. De hecho, la primera vez que nos vimos en persona nos intercambiamos unas camisetas de Green Day y de My Chemical Romance”, cuenta entre risas. Después llegaron otras relaciones que comenzaron hablando en Twitter —ahora X— sobre cine, ilustración y novelas gráficas. “Conociendo a gente así no existe la predisposición inherente de que pase algo. Se neutralizan las expectativas y todo fluye de forma más natural”, explica.
Pero, ¿hay diferencias en el tipo de intimidad que se genera a partir de una conexión desde un gusto cultural compartido con respecto a otra que empieza por la atracción física? Para Rocafort, no hay una fórmula mejor que otra: “Lo más diferente es el inicio, pero, al final, la intimidad y la conexión se han de ir trabajando”. Y pone el ejemplo de una pareja que empiece a partir de la atracción física. Quizá en ese caso, el punto de partida sea la sexualidad, sostiene, pero luego también tendrán que trabajar o explorar el resto de cosas que les unen. “Entre ellas, los intereses culturales seguro que tendrán un papel importante. La intimidad y la conexión emocional con una persona no se van a dar ni solo por la atracción física ni porque les gusten las mismas películas”, señala. Son puntos de partida distintos que luego requieren trabajo para llegar al mismo destino.

Ayuso sí subraya un valor simbólico especial en compartir referencias. “En esta sociedad digital es cada vez más importante la comunicación”, sostiene. “Paradójicamente, tenemos un mayor acceso a la comunicación, pero es más pobre y en un proyecto de pareja el tema comunicativo es fundamental. Estamos hartos de ver imágenes de parejas sentadas a una mesa y cada uno con su teléfono”, afirma. En ese contexto, tener gustos culturales comunes ofrece una base para hablar, pensar y proyectarse más allá del presente inmediato. “Son unos cimientos mucho más estables”, asegura.
Pero no siempre es así. Sonia se enamoró a los 16 años de un chico que conoció en un foro de anime. “El hecho de tener exactamente los mismos gustos dio pie a empezar a hablar de cosas un poco más personales. Fue una transición supernatural”, recuerda. Posteriormente, se conocieron en persona y la cosa no funcionó. “Yo pensaba: ‘Con esta persona seguro que puedo entenderme mejor en el resto de cosas de la vida’, pero resultó que no era así para nada. Él tenía sus timings, tenía sus traumas, tenía sus manías… Las formas de funcionar no tenían absolutamente nada que ver”, explica.
Escritura, distancia e idealización
Otra duda es si el hecho de que muchas de estas relaciones empiecen por escrito favorece una intimidad más profunda o no. Rocafort es cauta al respecto: “La distancia y el hecho de comunicarnos por escrito puede darnos la sensación de que estamos más protegidos. Nos exponemos, pero no tanto”. Esto puede facilitar una apertura inicial, pero también fomenta la idealización, en opinión de la doctora: “Al final, la intimidad más profunda se va a conseguir en el contacto real. Y si entonces no soy capaz de sostener la relación en persona, estará abocada al fracaso”.
Sonia vivió justamente eso en otra historia. Conoció a un chico hablando de libros y recomendando lecturas por Instagram. “Todo lo que me decía era muy interesante. Era fascinante”, recuerda. “Fuimos hablando más y más hasta que un día decidimos quedar. Resulta que además era guapísimo. Me puse muy nerviosa porque me gustaba de verdad, pero yo no estaba buscando tener pareja. Acabamos teniendo un lío superintenso durante dos o tres semanas y luego él empezó a desaparecer gradualmente”. Con el tiempo, le ha quedado la sensación de que todo aquel intercambio cultural solo fue una estrategia para ligar. “Me dejé engatusar por todo el tema cultural que teníamos en común y realmente imaginé que eso daría pie a muchas otras cosas, pero resultó que no. Era todo humo”, rememora.

El amor sigue conservando la misma naturaleza esquiva y caprichosa, pero no todas las historias terminan en decepción. Lali conoció a su pareja comentando realities y Sálvame en Twitter durante la pandemia. “Para mí era el chico guapo de Twitter. No me podía creer que fuera real”, recuerda. Con él sentía que podía ser tal y como era y, precisamente por eso, tras meses hablando decidió quedar con él en persona. Hoy siguen viviendo juntos y tienen un gato. Para ella, la diferencia con las apps es clara: “A través de Twitter lo pude conocer mejor, viendo los comentarios y las opiniones que iba dando sobre las cosas. En las apps no existe esa naturalidad, todo se queda en mostrar, en aparentar. A veces parece una entrevista de trabajo”.
¿Amor lento en tiempos digitales?
El caso de Lali es un ejemplo perfecto de lo que la antropóloga Helen Fisher llama “amor lento”, según explica Ayuso. “Frente al amor rápido de aplicaciones como Tinder o Hinge, existe una tendencia hacia nuevas formas de amor que se desarrollan poco a poco”, explica. No supone un rechazo total a lo digital, sino una adaptación. “Lo digital ha venido para quedarse, pero hay gente que necesita otro ritmo”.
Lo que ocurre, según el experto, es que los cambios en la forma de relacionarnos han llegado tan rápido que muchos necesitamos un tiempo para adaptarnos. Las fórmulas mágicas no existen. Ni la psicología ni la sociología nos ofrecen garantías claras de cuál es la mejor forma de iniciar una relación. Nada está predestinado. “No predice tanto la relación la manera en la que conozco al otro, sino el trabajo que voy haciendo después”, insiste Rocafort. Las plataformas cambiarán, las lógicas de relacionarse también, pero la base sigue siendo la misma: comunicación, cuidado y presencia diarias.
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