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¿Existe el síndrome del turista español encubierto? Por qué a veces fingimos ser de otro país ante los compatriotas

Alejarse de los estereotipos asociados a nuestro pasaporte o evitar las interacciones sociales cuando se está fuera de casa son algunos de los motivos por los que hay gente que disimula su nacionalidad cuando viaja. “Ocurre sobre todo cuando queremos proyectar una identidad más cosmopolita”, plantean los expertos

Síndrome del turista español
Juanjo Villalba

Un español camina por el centro de Roma. Embelesado, recorre calles adoquinadas llenas de encanto, siente los aromas que emanan de coquetas trattorias con manteles a cuadros mientras bromea con los camareros que se disputan su atención invitándole, entre risas, a entrar a su local en tres idiomas diferentes. Cuando llega hasta una piazza bañada por el sol, ante el viajero aparece la Fontana di Trevi, desbordando blancura, dramatismo y cascadas de agua. Saca el móvil y, aunque molesto por la cantidad de turistas, se coloca para tomarse un selfi. Es entonces cuando escucha, justo a su lado, mientras nota un ligero empujón: “¡Joder tío, no me jodas! Vamos a comer unos espaguetis y déjate de estatuas, coño”. Su rostro se crispa. Algo activa un extraño instinto de supervivencia. Da un paso atrás, evitando la mirada de los recién llegados, gira suavemente sobre sus talones y se aleja de la escena. Lo ha conseguido. No han descubierto que él también es español.

Este fenómeno no está recogido en los manuales de psicología, pero sí está muy presente en innumerables anécdotas viajeras. Muchos intentan ocultar su nacionalidad ante otros españoles cuando están en el extranjero. Es una conducta sutil, casi automática. A falta de un nombre científico, lo bautizaremos como síndrome del turista español encubierto. ¿Por qué ocurre? ¿Es algo exclusivamente español? ¿Hasta dónde podemos llegar para ocultar nuestra nacionalidad?

Sara, de Barcelona, vivió varios años en Australia y conoce bien este síndrome. “Tengo un acento australiano bastante desarrollado”, explica. “Y muchas veces, cuando trabajaba de camarera y venían españoles, me ponía a hablar mi mejor inglés para que no lo notaran. Hacía lo mismo cuando yo era la clienta y la camarera era española. Me daba un palo tremendo que me descubrieran”, cuenta. Al preguntarle por las razones, Sara afirma que no se trataba solo de evitar el saludo, sino de lo que venía después. “Que te reconocieran como española, o catalana en mi caso, implicaba una conversación posterior que era siempre igual: ‘¿De dónde eres?’ ‘¿Qué haces aquí?’ ‘¿Cuánto tiempo llevas?’ No me apetecía nada parecer una participante de Callejeros viajeros”.

Carlos es algo más gráfico: “Me alejo todo lo posible para evitar que el cuñado de turno me salude con la efusividad propia del que acaba de encontrar a otro ser humano en Ganímedes”, explica, aunque reconoce excepciones. “Si por lo que sea la persona me parece interesante, no descarto revelarme como español de forma sutil. Como quien se hace el interesante para ligar”, añade.

Vergüenza, distancia y sadismo

El psicólogo Miguel Ángel López-Sáez, especializado en psicología social y profesor en la universidad Rey Juan Carlos, tiene una respuesta clara a esta extendida manía: “Puede entenderse como un intento de gestión de la identidad social. Cuando viajamos, activamos esquemas de categorización para situarnos con respecto a otros: evitar ser identificados como ‘españoles’ ante otros nacionales puede ser una forma de desidentificación con un grupo estereotipado”. Es decir, no queremos ser confundidos con esa caricatura del “español de bandera en la mochila”, ese turista considerado en muchos casos ruidoso, algo incívico o que nos resulta excesivamente familiar cuando estamos viviendo un exótico viaje con el que llevamos años soñando.

"Cuando trabajaba de camarera en Australia y venían españoles, me ponía a hablar mi mejor inglés para que no lo notaran. Hacía lo mismo cuando yo era la clienta y la camarera era española. Me daba un palo tremendo que me descubrieran”, cuenta Sara, de Barcelona.

El fenómeno, además, se explica por el contexto político, histórico y simbólico de España. “La figura del ‘muy español, mucho español’ suele estar asociada a imaginarios conservadores”, afirma el experto. “Algunos no se sienten cómodos con esa idea. En España, los símbolos nacionales, como la bandera, han sido históricamente instrumentalizados por discursos autoritarios o excluyentes. De ahí que muchos prefieran pasar desapercibidos como forma de defensa identitaria”. Hay, por tanto, una voluntad de alejarse del estereotipo, incluso aunque eso implique negar una parte de lo que nos define.

Como explica el psicólogo, “la identidad social no se construye solo desde la pertenencia jurídica a un grupo, sino a través de narrativas culturales, símbolos, valores y prácticas”. Por eso muchos viajeros sienten que, aunque tengan el mismo pasaporte, no comparten el mismo “ser español” con ciertos compatriotas. Se activa un proceso que se denomina autocategorización diferencial, un mecanismo de distinción simbólica que en este caso busca evitar que se nos asocie con representaciones de nuestro propio grupo nacional. “Los sesgos endogrupales y exogrupales nos hacen ver al ‘otro’ como una amenaza simbólica si representa una versión indeseada de nosotros mismos”, añade el profesor. “Y esto ocurre sobre todo cuando nos sentimos observados en contextos donde queremos proyectar una identidad más cosmopolita o ‘distinta”.

Viajar es actuar (y esconderse)

Detrás del síndrome hay también una teatralidad muy específica. Como apunta López-Sáez: “Ya lo señalaba Erving Goffman, nuestras interacciones públicas son formas de ‘actuar’ roles sociales. Cuando viajamos, nos convertimos en intérpretes de una versión idealizada de nosotros mismos: queremos ser el viajero curioso, educado, abierto… No el turista ignorante y ruidoso. Viajamos con una identidad idealizada que a menudo entra en conflicto con los estereotipos asociados a nuestro pasaporte”.

La identidad social no se construye solo desde la pertenencia jurídica a un grupo, sino a través de narrativas culturales, símbolos, valores y prácticas. Por eso muchos viajeros sienten que, aunque tengan el mismo pasaporte, no comparten el mismo “ser español” con ciertos compatriotas.

En ese contexto, fingir no ser español es una forma de defender esa performance: no somos turistas, somos viajeros. No gritamos, observamos. No queremos comer en McDonald’s, queremos degustar la cocina local. Para Ana, esta actitud roza el complejo: “No sé por qué me pasa, pero me molesta sentirme turista. Me da vergüenza cuando me preguntan por qué he venido a un sitio, o de dónde soy. Y me molesta todavía más si otros turistas españoles se comportan mal. Entonces, prefiero que no me confundan con ellos”.

Para Carmen, no es vergüenza: es autodefensa. Recuerda que en Japón tuvo que intervenir en un bar donde una pareja de españoles intentaba ligar con una camarera. En Nueva York, se mantuvo en silencio en un taxi compartido mientras dos hombres hablaban sobre ella en términos obscenos, creyendo que no los entendía. Al bajar, se despidió en perfecto español. “Se quedaron blancos”, dice.

También hay personas a las que sí les gusta revelarse como españoles, pero la mayoría recuerdan situaciones que encajan bastante con las teorías expresadas por el experto. Por ejemplo, debido a su trabajo, Laia ha viajado mucho por la península de Escandinavia y reconoce que allí el contraste todavía es más visible. “El silencio en los espacios públicos, lo educados que son… Todo esto hace que sea todavía más chocante cuando aparece un grupo de españoles gritando en el metro”, relata. “Recuerdo una vez en Oslo: allí no hay tornos para entrar hasta el andén, con lo que técnicamente es muy fácil no pagar y un grupo de turistas españoles empezaron a gritar ‘¡gratis, gratis!’ [una palabra que se entiende también en noruego] y se colaron. Fue bastante lamentable”. Jaime, por su parte, confiesa que evitó todo contacto con españoles durante su Erasmus en Finlandia. “Solo se enteraron de que era español al final del todo. Y luego me supo mal ser tan rancio, a lo mejor eran majos”, admite.

Cuando viajamos, nos convertimos en intérpretes de una versión idealizada de nosotros mismos: queremos ser el viajero curioso, educado, abierto… No el turista ignorante y ruidoso.

¿Una característica única de los españoles?

El síndrome del turista encubierto no es exclusivo de España. Algunos extranjeros también se ven reflejados en él. Alex, británico, admite: “Vivo en Barcelona y cuando me cruzo con un guiri como yo no quiero que sepa que soy uno de ellos”. Después matiza: “Si, por ejemplo, estuviera en la selva, quizá estaría contento de encontrar a alguien que hablara mi idioma. En Benidorm… no tanto”. En cambio, Débora, brasileña, ofrece una visión totalmente opuesta: “Los brasileños somos justo al revés. Si vemos la oportunidad de hablar con un compatriota, lo hacemos. Somos muy simpáticos y habladores”. Aunque admite que, cuando alguien se pega demasiado, tampoco le entusiasma. “Eso sí que creo que es universal”, comenta.

Por tanto, quizá lo que está en juego no es solo el idioma, sino el tipo de relación que queremos tener con nuestra identidad. No se trata solo de alejarnos de cuñados gritones mientras visitamos una capital europea, sino de proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos, más sofisticada, más internacional, menos provinciana que las personas con las que nos cruzamos. Como explica López-Sáez, “el turismo está atravesado por sesgos de clase, género, raza y nacionalidad. No querer ser visto como el ‘típico turista español’ puede responder a una necesidad de distinción simbólica. Viajar se convierte en un escenario donde reafirmar nuestro capital cultural, y evitar identificarnos con otros españoles es una forma de proteger nuestra autoimagen”.

Resulta algo irónico porque ese impulso por parecer menos español que los españoles es, en el fondo, profundamente español. Una contradicción entre el orgullo y la incomodidad que todos llevamos en la mochila.

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Sobre la firma

Juanjo Villalba
Se licenció en Economía Internacional en la Universidad de Zaragoza, pero su vocación lo llevó al periodismo y la divulgación de cultura y estilo de vida, ámbitos en los que ha trabajado más de 15 años. Fue director editorial de Vice España y, desde 2020, escribe para medios como EL PAÍS, ElDiario.es, El Periódico de España, La Vanguardia o Hearst.
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