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Tres planes para esta semana con vinilos, cócteles y un escalope legendario

El bar La Analógica, El Willy HIFI y el restaurante Armando son tres experiencias imprescindibles

Los vinilos en el local de la Analógica en Madrid. Foto: cedida

Madrid está empezando a sonar distinto. O quizá somos nosotros, que empezamos a escuchar mejor. Entre tanto ruido —aperturas constantes, listas de espera, recomendaciones que llegan antes de saber lo que buscas— se cuela una sensación nueva: la de querer bajar el volumen.

No es exactamente nostalgia, aunque a veces lo parezca. Tampoco es una reacción frontal contra lo digital, aunque algo de eso hay. Es, más bien, una forma de cansancio. De saturación. De haber convertido casi todo en algo inmediato, rápido, intercambiable.

Y ahí es donde empiezan a aparecer lugares que funcionan de otra manera. Espacios donde la música no está de fondo, donde el tiempo no corre igual, donde lo que se sirve —en una copa o en un plato— tiene detrás una intención clara. Sitios que no buscan impresionar en el primer minuto, sino quedarse.

Esta semana el enredo va de eso. De parar. De escuchar un disco entero. De beber algo pensado. De volver a lo reconocible, pero hecho con precisión.

Donde la música vuelve al centro

En El Willy HIFI (Calle de Campoamor, 12) no hay prisa. Ni siquiera hay ruido, en el sentido habitual de la noche madrileña. Lo primero que ocurre al entrar es casi imperceptible: uno baja la voz. No hay carteles que lo pidan, pero el espacio lo impone.

Santiago y Luis, sus fundadores, lo plantearon desde una ausencia: “Sentíamos que en Madrid faltaba un sitio donde la música no fuera acompañamiento, sino motivo”. De ahí la decisión de construir todo alrededor del sonido de los vinilos. “Queríamos que alguien pudiera estar aquí horas sin fatiga”, explican. Esa idea atraviesa todo: desde la selección musical hasta la iluminación, baja y cálida, pensada para no distraer.

La música suena solo en vinilo. No por romanticismo, sino por lo que aporta: “Hay una textura, una respiración que en digital se pierde”. La programación —jazz, soul, funk, hip hop— no responde a géneros cerrados, sino a estados de ánimo.

Entre semana, el bar funciona como refugio. El fin de semana, sin embargo, cambia el pulso. Se puede bailar, pero sin romper la lógica del lugar.

En la barra, Fabian Legari traslada esa misma idea a los cócteles. “Un cóctel es como una sesión: equilibrio, progresión, tensión medida”. Ticket medio: 12 a 15 euros.

Un bar con alma (y guitarras)

La Analógica (Calle de las Huertas, 65) no responde a una estrategia. Responde a una necesidad. Nico Paredes pasó seis años en Nashville trabajando en la industria musical. Allí entendió algo que luego echó de menos: espacios donde la música se escucha de verdad. “Cuando llegué a Madrid sentí que todo estaba muy mediado por lo digital. Quería volver a lo físico, a lo que se puede tocar”, explica.

Así nació La Analógica. Primero, en un sótano de Malasaña con apenas 15 plazas. Un espacio mínimo donde todo estaba muy cerca: la barra, los vinilos, la gente. “Era pequeño, pero muy honesto. La gente conectó rápido con eso”.

Tras año y medio, el proyecto creció y se trasladó al Barrio de las Letras. Más espacio, pero la misma lógica. Aquí la música —indie rock principalmente— suena en vinilo, a través de un sistema hi-fi vintage. No hay listas infinitas. Hay discos.

“La Analógica no existe porque lo retro esté de moda. Existe porque hay una necesidad real de desconectar”, dice Paredes.

El público, cuenta, ha respondido con entusiasmo. “Madrid tenía ganas de algo así, aunque no lo supiera”. Los viernes y sábados el local se llena, pero sin perder ese punto de escucha que lo define. Ticket medio: 12 euros.

El escalope como espectáculo

En Armando (Calle de Nicasio Gallego, 14) todo empieza con una idea ingeniosa: un escalope puede ser suficiente.

El Armando no es nuevo. Nació en los años 70 en La Ancha, casi como un gesto improvisado. Un cliente con hambre, un cocinero que decidió hacerlo más grande, más fino, más crujiente. Funcionó. Y se quedó.

Ahora tiene espacio propio. Y, sobre todo, relato. “Somos unos locos del escalope. Creemos en el poder que tiene para hacer feliz a la gente”, dice Nino Redruello. La frase podría sonar exagerada, pero en sala se entiende.

El restaurante funciona sin reservas. La idea es clara: espontaneidad. Llegar, sentarse, comer. Sin rituales previos. El ritual ocurre en la mesa.

El escalope llega recién hecho, dorado, perfectamente fino. Y ahí empieza el espectáculo: se termina delante del cliente. Trufa, steak tartar, macarrones con chorizo, queso raclette. Combinaciones que podrían parecer excesivas, pero que funcionan porque parten de una base muy bien hecha.

“Es un plato que conecta con la memoria. Todo el mundo tiene un recuerdo con un filete empanado”, explican. Y juegan con eso. Sin sofisticación impostada, pero con intención.

Alrededor, platos clásicos y postres que tiran de infancia. El espacio —curvas, tonos setenteros, algo de humor— acompaña esa idea de disfrute sin complejos. Ticket medio: 25 euros.

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