La cabalgata de Madrid vista desde la escalera gigante de la familia Arbizu Rodríguez
Doscientos mil madrileños han vencido al frío para presenciar un desfile con una comitiva de 2.100 personas dedicado a la sabiduría


Si algo define a la familia Arbizu es, por encima de todo, su escalera. Este año, el late motiv de la cabalgata de Reyes de Madrid es, según sus organizadores, “la sabiduría”. De sabiduría en lo que a cabalgatas se refiere puede decirse que los Arbizu —fieles al desfile desde hace casi 40 años— van sobrados. “Nadie la tiene más alta que nosotros”, presume Carlos Torija Arbizu, de 48 años, señalando su preciado objeto de metal en el andén de Renfe de la estación de Delicias. “Es una escalera de un solo uso, la utilizo únicamente el cinco de enero”, cuenta. El resto del tiempo la tiene “de prestado” el conserje de su bloque, un hombre llamado Alvi, que sabe que con la escalera de los Arbizu no se negocia y que da igual que haya que arreglar cualquier avería, la escalera “está reservada para ver a sus majestades”. “Mira: Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis escalones, casi nada”, apunta Marcos, de 9 años, el sobrino de Carlos, apostado desde lo alto.
Los Arbizu, vecinos del distrito de Arganzuela, saben bien que en un día como el de hoy no importa tanto llegar el primero sino saber dónde ubicarse. “Junto a la Biblioteca Nacional, siempre ahí”, señala Carlos. También saben cuál es su objetivo: “Los caramelos blandos, los que tienen azúcar por fuera y gelatina por dentro”, define Marcos. Según sus cálculos, al final de la jornada serán dueños de casi un kilo de chucherías. Pasadas las 17.20, Carlos, junto a su hermana melliza, Paloma, comienzan a impacientarse al comprobar que aún quedan 12 minutos para el próximo tren. La cosa se pone tensa al llegar Atocha y ver cómo el vehículo se detiene en la estación por una avería. En el próximo, completamente abarrotado, la escalera, de más de dos metros, entra de puro milagro. Poco después de salir por la boca de Renfe de Recoletos, Paloma comparte su ubicación: han vuelto a conseguir estar en primera fila.

Bajo el lema ‘El saber compartido’, el Ayuntamiento de Madrid ha organizado una nueva cabalgata de los Reyes Magos para la que ha destinado dos millones de euros. La comitiva se ha compuesto de unas 2.100 personas que han repartido, según el consistorio, 1.200 kilos de caramelos. El tiempo gélido, con una sensación térmica de -2 grados, no ha desanimado a las miles de familias presentes.
Desde Nuevos Ministerios, las carrozas empiezan a salir pasadas las 18.00. Entre todas, hay una que destaca por su diseño futurista. Alrededor de ella, ninguno de sus participantes sabe bien a qué se debe el atuendo que les han colocado: una especie de poncho de papel de plata que les convierte en figuras que parecen salidas del espacio. “No significa nada, solo queríamos diferenciarnos de los demás y, sobre todo, que no se nos asociara con ningún partido político”, dice José Antonio Ruiz, uno de los organizadores de la carroza de Madrid Calle 30, la empresa dedicada a gestionar la circunvalación y que a partir de este uno de enero se ha convertido en “100% municipal”. “Neutralidad, neutralidad es lo que queremos tal y como están las cosas”, añade.
A los lados del Paseo de la Castellana miles de niños repiten una y otra vez el mismo grito: “Aquí, aquí, aquí”. Sin embargo, no todos están igual de involucrados. José Luis Moleiro, de 47 años, padre de dos hijas, sigue el minuto a minuto “del panorama que hay al otro lado del charco”. Desde la glorieta de Gregorio Marañón Moleiro anuncia sin mucho éxito a las personas que están a su lado que Maduro “se ha declarado inocente” y que Delcy Rodríguez jurará su cargo como presidenta de Venezuela “esta tarde”. “El mundo ha cambiado, no sé si es que no nos damos cuenta”, se queja.
Por encima de los artefactos y efectos especiales de muchas de las carrozas, los bomberos son la atracción más popular. Con una bocina ensordecedora levantan a las masas. Cuando ya han pasado la plaza de Colón, varios miembros de la comitiva avistan a Marcos junto a su hermano Javier (hijos de Carlos) y sus primos Raúl y Lorena (hijos de Paloma), subidos a la escalera, más de un metro por encima del resto de las cabezas. Casi por inercia, los caramelos van hacia allá. Los niños palmean las chucherías para que Carlos, Paloma y su cuñada Laura Fernández, de 45 años, los recojan del suelo en una especie de trabajo en cadena que funciona como un reloj suizo.
En una de sus barridas por el asfalto, Paloma da un paso atrás. “Todo esto, el que vengamos año tras año con esta excitación tiene una explicación”, apunta. Paloma llegó a Madrid siendo una niña después de que su padre falleciera con 30 años. Vino con su madre, María Antonia, y con su abuela, que tiene también su mismo nombre. La abuela fue la encargada de sacara a los nietos adelante mientras su hija trabajaba. Pasaron tanto tiempo con ella que la empezaron a llamar “Mami”. Ella, para diferenciarse, dijo que la llamaran simplemente “Ami”. Ami, que cumplirá 100 años en 2026, tiene seis hijos, 12 nietos y 11 bisnietos. “Ella es la que hace que esto se sostenga, porque ha sido ella la que ha creado esta familia tan unida. Antes veníamos muchos más, hemos llegado a traer hasta tres escaleras con tablones de madera para subir a todos los niños. Nunca se nos olvida, pero en estas fechas es como que recordamos aún más lo que somos. Los caramelos se los llevaremos para que los guarde”, afirma.
Desde lo más alto, Marcos, recuerda que esta noche ha preparado un “plan especial para pillar a los Reyes Magos”. Colocará una cámara de vídeo junto a la terraza por donde llegarán sus majestades a dejarle su reloj inteligente y, a la mañana siguiente, antes incluso de abrir los regalos, podrá averiguar exactamente cuáles son sus rostros. Pero antes que eso, el niño le pide un último deseo a su madre:
—¿Me puedo quitar el aparato de la boca? Con él puesto solo puedo chupara las chucherías.
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