El año que consolidó a Ayuso como la líder de la resistencia a Pedro Sánchez
La presidenta de Madrid encarna la oposición del PP al presidente del Gobierno con la incomodidad que eso produce en Génova


Este año que termina empezó con la estela de la negativa de Isabel Díaz Ayuso a visitar en La Moncloa a Pedro Sánchez, todo un desaire. Y cierra con la condena al Fiscal General del Estado por las maniobras de la presidenta de Madrid y su entorno, un éxito político y un misil propagandístico contra el presidente del Gobierno, su principal enemigo. Sin duda, ha sido un 2025 electrizante para ella, un año que la ha consolidado como la líder de la resistencia a Pedro Sánchez.
Nadie ha aparecido más que Sánchez en su repertorio. Tampoco Miguel Ángel Rodríguez, su principal asesor, esconde su animadversión profunda al presidente. Rodríguez no se prodiga mucho en público, pero basta con leerle en sus redes sociales. Su tesis, pura intuición por el momento, es que Sánchez acabará procesado en alguno de los casos de corrupción que han surgido a su alrededor, aunque por ahora no le afecten en primera persona. Para Rodríguez es cuestión de tiempo que vaya "pa’lante", la frase que ha popularizado.
Cuando la dijo, en referencia a Álvaro García Ortiz, parecía una bravata. Sin embargo, el fiscal acabó condenado por revelación de secretos en el Tribunal Supremo y esas dos palabras, juntas, en un español muy castizo, pasaron a tener un tono amenazante. Detrás de toda esta operación político-judicial hay un mar de interpretaciones, versiones encontradas, puntos ciegos, pero hay algo que no se puede discutir, que es su inicio. Empezó en el momento en el que Rodríguez echó a rodar una versión falsa sobre los motivos por los que la Fiscalía retiraba -que tampoco era cierto- un acuerdo de conformidad con el novio de Ayuso, Alberto González Amador.
Ayuso se ha erigido en la voz contra Sánchez, a menudo por encima del jefe de su partido y verdadero (o al menos oficial) líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo. Los medios madrileños cercanos a la presidenta no esconden su preferencia por ella. A menudo se especula con sus deseos -y los de Rodríguez- de llegar a La Moncloa, un camino que han intentado recorrer sin éxito otras presidentas de Madrid, como Esperanza Aguirre. Gobernar Madrid te da la sensación de que el poder nacional, el total, se encuentra a un centímetro, al alcance de la mano. Los que lo han intentado, sin embargo, se han quemado. Ningún presidente en democracia ha surgido del poder regional de Madrid.
Entre el plantón en La Moncloa a finales de 2024 y la condena al fiscal de hace casi un mes han ocurrido muchas cosas, de lado y lado. Dos personas de confianza de Sánchez, José Luis Ábalos y Santos Cerdán, están o han estado en prisión por casos de corrupción. Ambos fueron importantes fichas socialistas, guardia pretoriana del presidente. Un tercero, Paco Salazar, ha tenido que dejar el partido por denuncias de compañeras por acoso sexual. Ayuso ha tenido su escándalo particular: González Amador, su pareja, ha sido procesado por fraude fiscal y se encuentra a la espera de juicio.
La crítica entre las dos administraciones, la madrileña y la regional, es constante, casi diaria. Los jueves hay consejo del Gobierno de Ayuso y, al acabar, el portavoz habla con la prensa. Miguel Ángel García Martín, muy de la confianza de la presidenta, suele empezar con un mensaje propio que quiera introducir sin necesidad de preguntas. Le dedica a eso tres, cuatro, cinco minutos a lo mucho. En ese tiempo García se convierte en un killer que habla de Sánchez como un autócrata incompetente, rodeado de corrupción, sin moral alguna.
Algunos enfrentamientos son cuestionables y no responden más que a una batalla política y cultural por imponer el relato. Un ejemplo: el Gobierno central quería colocar, en virtud de la ley de Memoria Histórica, una placa en la sede de la Administración madrileña, la Casa de Correos, que recordase a las personas que ahí fueron torturadas y desaparecidas durante la dictadura. Ayuso no quiere esa placa ni en pintura, como si eso fuese una afrenta a ella, lo que no todo el mundo logra entender.
En Génova no entusiasma el empuje de Ayuso. Hay analistas políticos que incluso creen que es contraproducente. El acérrimo nacionalismo español de la presidenta puede espantar votantes en otras comunidades a los que ese discurso les parece centralista y excluyente. En otras épocas, el electorado ha encajado mejor con el gallego Mariano Rajoy o el vallisoletano José María Aznar, que durante un tiempo negó ser de derechas y se presentaba como un candidato de centro. España era entonces, sociológicamente, más de izquierdas, ahora la aguja parece que ha basculado hacia la derecha. Aun así, pueden surgir dudas de la idoneidad de Ayuso como una candidata de consenso a nivel nacional.
En Moncloa no rehúyen el enfrentamiento con ella. Al revés. Sánchez, en medio de sus crisis, ha atacado a Ayuso por su interés en bajar los impuestos, lo que asegura él que empeora los servicios públicos. El PSOE quiere retratar al PP como el partido que ataca asuntos básicos para los españoles como la sanidad o el transporte. Y nadie personifica eso como Ayuso, nadie moviliza tanto a la izquierda como ella. Después de Sánchez, Ayuso es la segunda figura política de este país. Llevan años haciéndose la contra, pero ha sido este, 2025, el que la ha consolidado a ella como La Gran Alternativa. El de 2026 se espera también movido.
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