Una brecha de siete kilómetros de tren divide Valladolid 42 años después
La vieja promesa de cubrir las vías, recuperada por el PP y Vox, socava proyectos ya firmados


Valladolid debate desde hace 42 años qué hacer con los siete kilómetros de vías de tren que pasan por su núcleo urbano. Es una polémica constante en las calles de la ciudad y en las moquetas. Cuando el PSOE de Óscar Puente, contrario al soterramiento, ganó en 2015 las elecciones y revalidó la alcaldía en 2019, la mayoría abrazó entonces la opción de impulsar una integración ferroviaria, pactada con la Junta de Castilla y León y con el Gobierno de España. Pero en 2023, con la vuelta del PP al poder en el municipio gracias a Vox, la derecha recuperó la idea de enterrar las vías. Sin embargo, han pasado tres años y no hay novedades: ni el trazado se soterra ni se integra, pese a los convenios firmados.
El tren mantiene así abierta una brecha de hierro en Valladolid, suturada por varios pasos y túneles: algunos lúgubres y viejos; otros, modernos, diáfanos e, incluso, con columpios.
Por una pasarela cruzan los vecinos del barrio de Las Delicias hacia el centro de la localidad (o viceversa). Algunos muestran su resignación. Olga Díez, de 37 años, afirma: “Soterrar no van a soterrar, si no lo han hecho ya…”. Loli Muñoz, de 73 años, jugando con su nieta en un parque junto al cruce, añade: “Vendría bien, pero a saber... Llevo tantos años escuchando lo mismo… No veo salidas”.

Cada parte se defiende con informes. El Ministerio de Transportes, con técnicos de tiempos del PP, ve “inviable” soterrar: implicaría un coste de unos 2.800 millones de euros y entre 16 y 19 años de obras, más meses con la estación parada —en cuya ampliación Puente, actual ministro del ramo, prevé invertir 253 millones hasta 2029—. Harían falta “tuneladoras de cinco pisos de altura” para una ciudad con suelos muy húmedos y enterrar dificultaría la ampliación de la infraestructura si correspondiera, señalan en el ministerio, donde apostillan que integrar cuesta seis años, 1.600 millones de euros y ya hay una parte hecha.
El Ayuntamiento calcula que serían 565 millones, seis años de obras y menciona un sistema de “muros-pantalla” que el propio PP desestimó en 2002.
Sonia Rodríguez, de 48 años, sale de un paso nuevo: “El soterramiento está bien, pero no se puede y nos hemos hecho al túnel”, observa, recelosa del alcalde y senador, Jesús Julio Carnero (PP), y su juramento vano de pelear en Madrid el soterramiento. “El PSOE, al menos, es coherente. Carnero se hace fotos pero no hace nada. Siguen tirándose la pelota sin cuidar al ciudadano”, reprocha la mujer. Luis B., de 78 años, critica al exalcalde popular Javier León De la Riva por “echarse atrás” en años de bonanza y monocolor del PP, dejando una deuda de 400 millones de euros y 60.000 de intereses diarios, y ataca a Carnero “por ponernos el caramelo en la boca y no hacer nada”.
Los argumentos esgrimidos para respaldar la posición del actual alcalde aluden, por su parte, a la brecha socioeconómica entre ambos lados de las vías. Sin embargo, en la zona menos céntrica, con peores datos, se votó más a la izquierda (prointegración y contraria al soterramiento) en las últimas elecciones.

Las hermanas Isabel y Laura Rodríguez, de 27 años, toman café con Míriam Briñón, de 26. Estas vecinas de Pajarillos, otro barrio afectado, resoplan al abordar el debate. “Los mayores lo llevan diciendo muchos años y el tema está estancado. ¡No lo harán nunca!”, exclama la primera de ellas. Laura Rodríguez extrapola: cómo confiar en semejante proyecto de soterramiento si el alcalde tiene las calles sucias. Briñón se ha acostumbrado al sistema actual. Las tres creen que “sería mucho dinero y estructuralmente difícil”, y lamentan que no se hayan dado nuevos pasos.
Miguel Morán, de 60 años, mantiene una posición distinta: “Con Puente como ministro no van a hacer nada. Estoy con el alcalde, hay que soterrar e imagino que es viable”.
Muchos vecinos se apean de los trenes, con Madrid como destino laboral, entre recelos hacia la nueva estación y apelaciones al soterramiento. Rebeca Catalino, de 50 años, apunta: “Es súper ambicioso y bonito”. Fernando Espinilla, de 64 años, augura: “Todos somos prosoterramiento, pero dudamos si es viable”.
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