El el exalcalde Joan Ribó debate con estudiantes de Secundaria y Bachillerato: “Están interesados en temas de inmigración o seguridad”
El que fue alcalde de València vuelve a las aulas de Secundaria y Bachillerato para contrarrestar la desafección social por la política o el acercamiento de los jóvenes a la extrema derecha


Su retrato cuelga de la galería de alcaldes que ha tenido València. Su llegada el primer día al Ayuntamiento en bicicleta o su gesto de abrir las puertas del consistorio a los ciudadanos lo convirtió a sus 70 años en un símbolo de modernidad reconocido incluso por los más jóvenes. Por la calle, la gente lo reconoce y lo para para bien, porque lo echan de menos, o para mal porque hay quien le recrimina lo que dejó pendiente. A sus 78 años, Joan Ribó, político de izquierdas y profesor, alcalde por Compromís durante ocho años —desde 2015 a 2023— ha regresado a las aulas —fue docente en la escuela de ingenieros agrónomos y luego de instituto—, no para explicar fórmulas de física o química, que era su especialidad, sino preocupado por la desafección social por la política y el acercamiento de los jóvenes a la ultraderecha. Desde hace unas semanas imparte charlas a estudiantes de Secundaria y Bachillerato sobre lo que fue la dictadura de Franco, lo que supuso y costó el paso a la democracia en España o sobre la importancia del activismo porque los derechos “no caen del cielo”, dice.
Se entrega a clases de una hora de duración en las que plantea cuatro o cinco preguntas básicas con el ánimo de debatir con ellos, de intercambiar impresiones o responder a sus preguntas. “El tema surgió un día comentando con profesores y conocidos el auge en las encuestas del voto joven hacia opciones políticas de ultraderecha y pensé que había que hacer algo”, explica Ribó para confirmar que nunca se ha retirado de la política. “Sigo, pero en segundo plano”, confiesa.
En tres semanas ha visitado ya cinco o seis centros educativos, coincidiendo con el aniversario de la fracasada intentona golpista del 23-F. Les explica lo que piensa de Franco, que, por ejemplo, en la dictadura las mujeres no podían abrir una cuenta corriente en el banco sin el permiso del padre o marido. “A veces, salen cosas, es divertido e interesante”, reconoce. “No les impacta el tema de Franco. Creo que reconocen la figura pero están más interesados por cuestiones relacionadas con la inmigración o la seguridad”, apunta. “Les he preguntado si las chicas tienen en la actualidad más derechos que los chicos y una alumna me ha contestado convencida que sí. Y su razonamiento es que cuando un chico le pega a una chica, la sentencia es peor que si es al revés. Yo le he dicho: ‘Sí, pero ¿cuántas chicas pegan a los chicos o viceversa?’”, añade poniendo el énfasis en la importancia de los datos contrastados y fiables.
Otra pregunta que lanza a los estudiantes es qué opinan de la inmigración o que piensan del binomio libertad y seguridad. “Hay algunos que plantean que la inmigración genera más delincuencia y yo les explico que las cifras no dicen eso. Les aconsejo que miren las referencias de lo que leen o de dónde salen los datos y también que lean medios de comunicación con lineas editoriales diferentes para hacerse una idea lo más completa posible”, añade.

“Les recuerdo siempre que los derechos no vienen del cielo y hay que lucharlos”, apunta, y les pone el ejemplo de que la democracia se ganó después de muchas batallas. Les cuenta que él lo vivió desde el Sindicato de Estudiantes o más tarde desde las Comisiones Obreras. “Costó lo suyo”, remacha para luego desgranar ejemplos de éxito de la lucha local ciudadana: “El Saler habría acabado como el mar Menor si hubieran salido adelante los planes de urbanización previstos en los años 70 pero los movimientos vecinales dieron la batalla y consiguieron que fuera un paraje natural. Después llegó el antiguo cauce del Turia, que algunos querían convertir en una autopista para coches, y gracias al activismo ciudadano es hoy un gran parque”. Y sigue con el Cabanyal, amenazado por el derribo de parte de su trama urbana, y a día de hoy todavía en pie, o por la reivindicación ahora mismo de un bulevar verde en los barrios del sur de la ciudad.
“Yo les animo a que reivindiquen el derecho a una vivienda, que es uno de los grandes problemas, y les insisto en que la lucha no es una cuestión individual, sino colectiva, que se ha de trabajar”, defiende el exalcalde.
En otros momentos, los estudiantes muestran su curiosidad por “cosas variopintas”, por ejemplo, ¿por qué me hice alcalde, que es lo que más me costó, cómo me sentía, qué problemas tenía?. “Les digo que llegué al Ayuntamiento de la mano de Compromís “por casualidad” y, echando mano de autocrítica reconoce que durante su etapa tal vez se durmieron un poco con el problema de la vivienda. “Antes de la pandemia era un problema de Servicios Sociales, de la gente que no podía pagar el alquiler, pero después de la covid-19 vimos el problema en toda su dimensión”.
A los alumnos les interesa saber qué opina del turismo “y no es una pregunta fácil porque es una de las primeras fuentes de empleo”, añade. Muestra su disconformidad con la proliferación de los pisos turísticos y defiende una tasa para los visitantes que compense a la ciudad.
Su clase no termina con consejos ni recomendaciones. “Nunca”, afirma. La dinámica le gusta y en tono jocoso reconoce que si se reencarnara volvería a ser profesor. En más de una ocasión, después de escuchar a los jóvenes alumnos, se ha ido a casa con la convicción de que hay que trabajar más las nuevas formas de masculinidad. “Creo que hay muchos chicos que no tienen claro qué quiere decir la masculinidad hoy. Da la sensación de que están educados en la de antes. Eso habría que trabajarlo más, porque me preocupa. Es un lío que no está bien arreglado”, opina.
Sobre el auge político de la extrema derecha, Ribó entiende que hay dos factores claros desde su punto de vista: el ir contra el sistema que protagonizó la izquierda, con Podemos, hace 10 años se ha pasado ahora a la derecha. “Pero hay una serie de factores más profundos y es que los políticos no hemos sabido responder a los problemas de la gente. Tiene mucho que ver con la crisis de la socialdemocracia. No se está dando una respuesta a la problemática general de la gente”, plantea. “El Estado del bienestar se está rompiendo por todas sus costuras. Pero hay esperanza”, defiende desde su optimismo vital.
“Un alumno me ha preguntado si pensaba que para ser político hay que tener una titulación superior y le he contestado que no. Pero, de alguna forma, la política es una cosa de las élites”. Y considera que parte del auge de la ultraderecha tiene que ver con la desconexión de amplias capas de la población que muchas veces no tiene tanta formación y sufre de salarios bajos. “La gente más progresista no está ahora entre las clases trabajadoras como hace 50 años. Los currantes votaban antes al PCE y al PSOE”, mientras que ahora algunos se decantan por opciones de extrema derecha, reflexiona. “Es más profundo que un cabreo, sienten que sus problemas no se atienden adecuadamente y creo que en parte es real. De alguna manera, y yo me incluyo ahí, no sabemos interpretar las necesidades de muchos sectores. Las desigualdades económicas son cada vez más exageradas y ese es un factor muy importante”, concluye.
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