La Plata y Gazella exhiben músculo como puntales del mejor rock valenciano actual
Ambos quintetos han presentado este fin de semana sus respectivos últimos álbumes, entre lo mejor de la cosecha 2025, en una sala Moon abarrotada, con Los Manises y Al Pagoda como brillantes teloneros

Hubo un tiempo no muy lejano, antes de que irrumpiera el Roig Arena o bandas como La Fúmiga o La Gossa Sorda agotasen su papel con casi un año de antelación (también antes de que Zoo abarrotase plazas de toros y pabellones deportivos), en que llegar a tocar en la sala Moon – la Roxy de toda la vida para quienes lucimos algo más que canas – era pasar a un siguiente nivel para cualquier banda valenciana. Pasarse el juego. Culminar un Everest. En una escena con tantas carencias endémicas, intermitencias y dificultades para proyectar propuestas a un público medianamente amplio (tanto dentro como fuera de aquí), reunir a cerca de mil personas era todo un logro. La Plata y Gazella lo han logrado con nota (los primeros ya pisaron la sala hace dos años) este fin de semana, con sendos conciertos (viernes y sábado) en los que han demostrado por qué Interzona y Vías, el tercer álbum de los primeros y el segundo de los segundos, bien pueden ser considerados los más notables de entre lo que nos ha deparado el pop y el rock que se ha facturado en la Comunitat Valenciana durante 2025. Siempre, huelga decirlo, bajo la limitada acotación de la realidad que este firmante acierta a enfocar.
Ambos son quintetos, formados por tres hombres y dos mujeres. Ambos parten de un sustrato musical sombrío y anglosajón que, por razones difíciles de explicar, siempre ha arraigado con fuerza en una tierra propensa a los estereotipos luminosos (desde los años ochenta): el puñetero Levante feliz, la dichosa terreta de los 300 días de sol al año, lleva años extrayendo uno de sus mejores fermentos creativos desde la tiniebla. Ambos cuentan, desde un post punk y un shoegaze que se les quedan muy pequeños, con cinco personalidades tan complementarias como perfectamente definidas, que redundan en una absorción de influencias tan dispares –y bien asimiladas– que es lo que los hace realmente diferentes e interesantes. Son tan inusuales que incluso tienen a sus baterías como principales portavoces en escena. Y ambos llegaban a este fin de semana con sensación de fin de ciclo: La Plata anuncian un parón temporal y Gazella dicen adiós a su voz principal, la de Raquel Palomino.
Otra constante de la música independiente valenciana en los últimos tiempos es que los proyectos más ilusionantes apenas superan el lustro: es como si solo se concedieran ese plazo para que la barrera invisible que los distancia del gran público, o de sus propias expectativas (sean las que sean), se pulverice. Pasó con Polock. Pasó con Gener (y suerte que Carles Chiner no ha parado). Pasó con muchos. No ocurrió con La Habitación Roja, que juegan en otra liga, ni con Doctor Divago, Señor Mostaza y tantos otros corredores de larga distancia que frecuentan otras escalas. Pero es tanta la dificultad para vivir de esto, o simplemente combinarlo razonablemente con labores más crematísticas en el tránsito a la vida adulta (es un decir), que a uno solo le queda rezar porque subsistan en tan frágil ecosistema.
La Plata convirtieron anoche Moon en un polvorín. Un carrusel de himnos espídicos, celebrados a voz en grito por una parroquia dispuesta a darlo absolutamente todo (diría que el brillante y aventurado Interzona ha ampliado su público por abajo: más gente joven), entregada a un pogo tan enloquecido que hacía que en un segundo perdieras de vista a quien tenías al lado. Con algún desajuste de sonido (saturación de graves en alguno de sus cortes más electrónicos), pero encadenando una secuencia de pildorazos irrebatibles: Victoria, Esta ciudad, Un atasco, Tu cama, Cerca de ti, Música infinita, Me voy o Ángel Gris, con ese riff de guitarra tan nirvanero y esa declaración de principios que uno firmaría con los ojos cerrados: porque este mundo no lo entiendo, lo quiero parar. Una hora y veinte minutos sin apenas respiro. Les precedieron el dúo ilicitano Los Manises, con su batidora de post punk esquizoide, tropicalismo y africanismo funcionando a pleno rendimiento. Arrolladores.

Lo de Gazella el viernes fue otra confirmación por la vía opuesta: en lugar de comprimir, saben muy bien cómo esponjar sus composiciones, cómo expandirlas para sacarle todo el partido a esos desarrollos instrumentales en los que juegan el mismo papel la ensoñación shoegaze, los pespuntes electrónicos a lo Radiohead y algunos requiebros melódicos que remiten al historial del cruce de caminos entre rock y flamenco. Cerraron su hora y media de concierto con una atronadora Un lugar: inevitable acordarse de las tres o cuatro noches en que los norteamericanos Yo La Tengo, uno de sus referentes confesos, nos descargaban sus borrascas eléctricas desde el mismo escenario a lo largo de los últimos treinta años. Les teloneó Al Pagoda (es decir, el valenciano Alberto Rodilla, ex teclista de Polock o Tórtel, afincado en Berlín desde hace tiempo), con un delicioso set electrónico (teclado, programaciones) en solitario que a mí me recordó a muchas cosas, todas muy nutritivas: cualquier fan de Kraftwerk, Daft Punk, Boards of Canada, Aphex Twin o la escudería Moor Music lo hubiera disfrutado.
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