Ciudades efímeras
Ninguno de los habitantes de Dubái o de Doha, podría pensar en defenderlas, o las naciones que las albergan en caso de ser atacadas


La guerra es el motor sanguinario de la historia. En cuanto arranca, todo se acelera, los cambios que ya estaban en marcha se convierten en súbitas rupturas y entran en crisis ideas recibidas que se creían sólidas y permanentes. La destrucción no se cierne únicamente sobre los ejércitos, sus instalaciones, buques y aviones, sino que tiene como diana privilegiada las ciudades con sus habitantes, los centros industriales y las infraestructuras del enemigo.
Misiles, bombas y drones han caído sobre distintas ciudades de Oriente Próximo y caen todavía sobre Tiro, Sidón o Beirut, más vulnerables cuanto menos medios defensivos tiene el Estado que debiera protegerlas. Solo ruinas quedan de Gaza, la capital de la Franja sistemáticamente molida a bombazos por Israel. No tenía Estado que la protegiera, sino todo lo contrario: contaba con un Estado exterior enemigo y estaba, está todavía, controlada por una guerrilla terrorista agazapada entre su población. Idéntico destino quieren para la capital de Líbano los ministros de la extrema derecha racista y totalitaria que se sientan en el gobierno de Netanyahu.
A quienes habitamos en ciudades centenarias e incluso milenarias nos falta imaginación histórica para representarnos una circunstancia en la que las calles, edificios y monumentos que hemos conocido se conviertan en escombros. Seguro que tal ejercicio mental no es tan difícil a los habitantes de las metrópolis que han surgido en un abrir y cerrar de ojos en mitad del desierto o donde antes solo había una aldea de pescadores.
“La guerra nos recuerda que ninguna ciudad, por muy dinámica y glamurosa que sea, puede escapar de las fuerzas de la historia y la geografía”, ha escrito Richard Florida, economista reconocido por cifrar en el dinamismo de las ciudades su capacidad para atraer el talento creativo global. “¿Cualquier perturbación grave —un huracán, un incendio forestal, una pandemia, un atentado terrorista, una revuelta popular, un cambio repentino en la legislación fiscal— puede llevar a quienes trabajan de forma remota y a quienes no tienen pareja a buscar refugio en un lugar más seguro”, ha escrito en el New York Times (Could This Be the End of Dubai?, 16 de marzo de 2026).
Barcelona es para Florida un ejemplo de las ciudades más atractivas para esta clase mundial creativa, mientras que ciudades como Dubai, Abu Dabi, Doha o Ryad, que han emulado con sus rascacielos y su opulencia a las ciudades más dinámicas del mundo, albergan el penoso modelo de la ciudad efímera, nacida de la nada en especiales y cambiantes circunstancias económicas y geopolíticas. Su reflexión puede extrapolarse sobre los mismos países donde han crecido, gobernados autoritariamente por una aristocracia del petróleo que solo reconoce los limitados derechos de ciudadanía propios de una autocracia a una pequeña fracción de la población nativa.
Estas metrópolis efímeras no son ciudades de ciudadanos, como no son naciones los territorios que las albergan. Ninguno de sus habitantes podría pensar en defenderlas en caso de ser atacadas. Al contrario, en cuanto soplan vientos de guerra empieza la desbandada.
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