Doctora, he cortado con mi pareja
La reducción de la tolerancia al infortunio no puede resolverse con psicofármacos diseñados para enfermedades graves


He convivido durante años con alguien hundido en la depresión profunda. Ese oscuro privilegio que te obliga a ver de cerca cómo una enfermedad devora a quien quieres, te vacuna para siempre contra la banalización del sufrimiento mental. Solo por eso me atrevo a escribir lo que sigue.
Necesitamos más profesionales de la psicología, más investigación, más recursos. La salud mental es la gran crisis silenciosa de nuestro tiempo. Y, precisamente porque lo es, debemos tener el coraje, hilando tan fino como sea necesario, de afrontar la excesiva medicalización que conduce a la patologización de la propia vida.
El psiquiatra Guillermo Lahera, jefe de psiquiatría del Hospital Príncipe de Asturias, lo describe en su libro Las palabras de la bestia hermosa: breve manual de psiquiatría con alma con una precisión lacerante: jóvenes que llegan a urgencias con autolesiones tras un suspenso en matemáticas, una pelea con su madre, una ruptura amorosa; simples frustraciones de la vida cotidiana. “No puedo más, me quiero morir”.
La tristeza, la rabia, la decepción, la amargura o la desolación no son síntomas, son las emociones que tejen nuestras vidas. Convertir el malestar cotidiano en trastorno clínico no alivia el sufrimiento humano, sino que colapsa los sistemas de salud mental y deja sin atención a quienes verdaderamente la necesitan. Vivir duele: ¿en qué momento hemos dejado de ser conscientes?
Los datos son elocuentes. En Cataluña, las bajas laborales por causas psiquiátricas han crecido un 70% en cinco años. La cohorte PADRIS-PRESTO, recién creada, que analiza a más de 1,4 millones de personas entre 2010 y 2019, revela patrones de prescripción que sus propios autores —liderados por el Hospital Clínic y AquAS— instan a revisar, para garantizar que respondan a indicaciones clínicas reales y no al desbordamiento asistencial.
Porque ahí reside el nudo del problema: la atención primaria no tiene tiempo. Y cuando no hay tiempo, lo más sencillo es extender una receta. Los antidepresivos terminan siendo el único idioma disponible en una consulta de diez minutos. No hay mala fe, hay un sistema roto por sobreexposición.
Una trabajadora que sufre indignación o rabia por sus malas condiciones laborales necesita un sindicato o una consulta jurídica, no un ansiolítico. Una persona con dificultades para llegar a fin de mes necesita protección social y empleo digno. Alguien que sufre una ruptura emocional necesita amistad, tiempo y afecto. En el pasado, poca gente consultaba a los especialistas porque le había dejado el novio o la novia. Ahora, los profesionales señalan que es habitual que vaya gente a la atención primaria porque ha cortado con la pareja. La reducción de la tolerancia al infortunio no puede resolverse con psicofármacos diseñados para enfermedades graves. Los fármacos psiquiátricos son herramientas útiles, pero usados como anestesia del malestar ordinario, se convierten en el problema que fingen resolver.
No podemos evitar el dolor, acompaña nuestra vida. Aprender a sostener ese dolor sin autodestruirse es una habilidad humana que requiere aprendizaje, no tratamiento patológico. Confundir ambas cosas es, en realidad, abandono disfrazado de cuidado.
Sara Berbel Sánchez, doctora en Psicología Social y asesora estratégica
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