Dar sentido a la calma
La fuerza tranquila de la que Salvador Illa hace bandera también requiere relato


En un momento en que el mundo quema, con el incendiario Trump como jefe de ceremonias avivando las tensiones de un lado a otro, es chocante el contrapunto catalán. El grado cero de la tensión política, el perfil bajo como punto de encuentro después de la batalla. Se deja oír la voz discordante de Sílvia Orriols, la extrema derecha que, como en toda Europa, busca capitalizar el desconcierto de las derechas. Pero incluso ella queda lejos de los decibelios de Abascal y compañía.
Han pasado ya casi nueve años desde el referéndum de la independencia del 1 de octubre de 2017 y de la efímera proclamación de independencia del 27 de octubre (ni siquiera publicada) a la que siguió la aplicación del artículo 155 por parte del gobierno de España que llevó a Puigdemont a la fuga y a otros muchos dirigentes del procés a la cárcel. A toda velocidad se pasó del estado expectante de una movilización singular al brindis al sol de la proclamación imposible y de esta a la desbandada, al estado de excepción y a la resaca: una bajada de tensión que ha mandado aquella revuelta al jardín de los recuerdos. Y ahora mismo, hierve el mundo, al ritmo de Trump, las derechas españolas —Vox y PP— están en la embestida permanente a Pedro Sánchez, y este despliega protagonismo para seguir vivo aquí y en Europa. El ruido y la tensión alimentan la escena española y, sin embargo, aquí, en Cataluña se ha impuesto el perfil bajo, la política sin grandes exclamaciones, la calma sin atributos precisos que el presidente Illa ha impuesto como modelo. Y la nave va sin grandes sobresaltos. Y, sin embargo, la convivencia necesita alicientes: ideas y perspectivas.
La política catalana habla de cosas concretas. La normal negociación de las alianzas parlamentarias es lo que da actualidad a la información, con los lógicos tanteos entre potenciales socios (ahora mismo entre PSC y Esquerra, el nacionalismo sosegado). La exaltación patriótica, la gran promesa —la independencia— están de baja como si hubiera un cierto pudor a reemprender un camino que ya mostró sus limitaciones. En realidad, es una reacción catalana, la aceptación discreta de que se fue más allá de lo posible con lo cual parte de lo aparentemente conseguido —empezando por la movilización ciudadana— se ha ido al rincón de los recuerdos, a la espera de que algún día se produzca un nuevo despertar.
Ahora mismo quien paga más cara la resaca es la que se presumía como fuerza de choque de la aventura: Junts, en plena fase de una descomposición que ha tenido dos tiempos. El primario: la frustración del envite que provocó la desaparición de escena de aquellos que proviniendo de lugares lejanos de la vieja Convergència (muchos de ellos de la izquierda) habían encontrado en Junts el espacio para sumar fuerzas y desaparecieron, sin apenas dar explicaciones, devolviendo a los herederos de Pujol a su espacio natural: la derecha nacionalista. El secundario: la descomposición actual de Junts, con un núcleo reducido liderando la coalición utilizando a Puigdemont como referente de autoridad para que nadie les dispute el juguete. Y lo que están consiguiendo —como indican cada vez más las encuestas— es que su espacio político se vaya reduciendo.
La pausa seguramente era necesaria. Pero para coger ritmo no basta con el día a día, que puede hacerse acomodaticio y dejar espacio a la reacción. Lo vemos en Europa: las bazas para seducir al personal las tiene ahora la extrema derecha. O se da sentido a la calma, con pragmatismo pero también con expectativas de futuro, o el equilibrio se romperá por el peor de los lados posibles. Ni melancolía del pasado, ni abuso de la desmemoria, ni columpiarse en el pragmatismo. La calma puede tener efectos normalizadores después de una resaca, pero el futuro exige más: un proyecto inclusivo que dé sentido, que empiece por defender la democracia en un momento en que Occidente acelera hacia el autoritarismo postdemocrático. La gestión, aunque sea buena, no basta, requiere perspectiva y sentido: ideas. Empezando por quién gobierna. La fuerza tranquila de la que Illa hace bandera también requiere relato. No sólo de pan vive el hombre.
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