Jordi Fibla, el heredero de una saga de carniceros que murió en la calle en Badalona
La oposición y las entidades reclaman a Xavier Garcia Albiol la reapertura del albergue que cerró tras la muerte de cuatro personas sin hogar en dos meses

Jordi Fibla llegó al mundo con buenas cartas. Era el benjamín de siete hermanos, la cuarta generación de una saga de carniceros, los Fibla, arraigada en el centro de Badalona. Un auténtico btv, sigla con la que se conoce a los badalonins de tota la vida, familias que pueden buscar la huella de sus antepasados en la ciudad y a quienes se atribuye cierta ascendencia social y económica. Pero esa buena mano al nacer no le ha evitado una muerte desgraciada. El 4 de marzo, Jordi Fibla, de 52 años, se convirtió en la cuarta persona sin hogar que muere en lo que va de año en las calles de Badalona, una ciudad con los servicios sociales bajo cero, que durante el gobierno de Xavier Garcia Albiol (PP) ha cerrado el único albergue social del que disponía y que ha vivido recientemente el drama del desalojo del B9, un viejo instituto que fue el mayor asentamiento informal de migrantes de Cataluña.
Pese a que comparte un triste desenlace con las otras tres personas sin hogar fallecidas en apenas dos meses, hay una diferencia fundamental que deriva, en parte, de su condición de btv: “Apenas sabemos nada de los otros fallecidos. Pero Jordi era conocido en la ciudad, y su situación había llamado la atención”, explica Carles Sagués, de la plataforma Badalona Acull, muy crítico con las políticas del gobierno de Albiol, que hace un año abandonó la Taula Sense Llar (creada para coordinar los esfuerzos contra el sinhogarismo) con el argumento de que “los objetivos están cumplidos”. Los voluntarios de Sagués llevaron a Jordi, en alguna ocasión, mantas y comida. El Ayuntamiento, por su parte, asegura que le ofreció alternativas de alojamiento, pero las rechazó.
A Sagués no deja de sorprenderle que Badalona ofrezca techos que no tiene por voluntad propia. En la primavera de 2024, el consistorio decidió cerrar Can Bofí Vell, una antigua masía que constituía el único albergue municipal de emergencia. El cierre de esa instalación llevó a decenas de personas sin techo a acampar en la plaza de la Vila. El consistorio no movió ficha ni siquiera después del desalojo de más 400 ocupantes del instituto B9 y pese a la insistencia de las entidades sociales. Ahora, tras las cuarto muertes en pleno invierno, tanto la oposición (Albiol gobierna con mayoría absoluta) como las entidades insisten en que la reapertura es urgente. “El albergue está además en perfectas condiciones, listo para entrar a vivir”, apunta Sagués, que reclama también la apertura de un comedor social.
Jordi vivía en la calle desde hacía más de un año, y últimamente pernoctaba en una plaza con bancos y parque infantil paralela a la autopista del Maresme, cerca del límite con Montgat. Allí encontraron su cadáver el miércoles. Laia Asens supo la noticia por la llamada de un amigo en común, un agente de los Mossos que había intentado ayudarle prestándole dinero y algún teléfono móvil. “Sabía que vivía en la calle porque me lo había encontrado alguna vez. Pero no era una noche especialmente fría y me extrañó”, cuenta Laia, a la espera de que se conozcan los resultados de la autopsia y, por tanto, las causas del fallecimiento.
Laia compartió muchos años con Jordi detrás del mostrador de Karns Fibla, una carnicería gourmet del centro de la ciudad, junto al mercado Maignon, que fue sufragada por su suegro y que Jordi regentó hasta 2016. Fue entonces cuando se separó de su mujer y cuando se acentuó un proceso de deterioro que incluía adicciones y que desembocó en una situación cada vez más desesperada.
El suegro ofreció a Laia el traspaso del negocio y Jordi, separado y repudiado por su familia política, empezó un periplo de empleos (en la parada de un mercado, en una tienda de frutos secos, en un supermercado) que acababan mal. “No duraba demasiado. No quería cumplir horarios ni normas”, cuenta Laia. Personas que le conocieron bien explican que Jordi, el benjamín de la familia (otro hermano suyo también siguió el oficio de carnicero de los Fibla), siempre tuvo fama de poco responsable y problemas para acatar la autoridad. Al abandonar el domicilio familiar, Jordi se alejó de su exmujer y de sus dos hijas, y pasó a vivir de alquiler en habitaciones compartidas. Pero su desprecio por las normas de convivencia le dejaron cada vez más aislado, y si acudía a su familia era para pedir dinero prestado. Laia le vio por última vez junto a una entidad bancaria. “Llevaba dos mochilas. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que sí”.
Aunque sea parcialmente, la biografía de Jordi puede rastrearse. Nada se sabe, en cambio, de los otros tres fallecidos en la calle, sus vidas reducidas a una mera enumeración de sucesos.
El 6 de enero, día de Reyes y en plena ola de frío, un hombre de 54 años murió a las puertas del aparcamiento donde dormía, en el barrio del Raval. Lo encontró un hombre que había ido a ofrecerle un plato de sopa caliente.
El 21 de febrero, un hombre murió entre los cartones donde dormía, cerca de la comisaría de los Mossos d’Esquadra en el barrio de Canyadó. Lo encontró una mujer,a mediodía, mientras paseaba. “¿Cuántos muertos más tiene que haber?“, se preguntaba entonces Badalona Acull.
Faltaban dos más. El martes 3 de marzo, la víspera del fallecimiento de Jordi Fibla, un hombre murió en un campo de petanca del barrio de la Morera donde dormía. Lo encontraron los Mossos.
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