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Opinión

Una derecha de estar por casa

Junts está atrapado. Y llega el momento de que Puigdemont asuma que su ciclo ha terminado. La gestación de la nueva derecha catalana está en juego

El presidente de Junts per Catalunya, Carles Puigdemont, durante una cumbre del partido en Perpiñán a finales de enero.Glòria Sánchez (Europa Press)

El presidente Salvador Illa ha anunciado su regreso a la presidencia para el próximo lunes y Junts ha respondido exigiendo que se presente a una moción de confianza en el Parlamento. Para Junts, por lo visto, no hay tiempo, ya no digo para la empatía, sino simplemente para la formalidad de celebrar la recuperación de la salud de un colega, que además es el presidente de la Generalitat.

Todo tiene una explicación: Junts está en un momento en que o se hace notar o se cae. Desde que Carles Puigdemont optó por el exilio, vive una peculiar transición caracterizada por una restricción sistémica del espacio. Durante el procés fue el lugar de confluencia de independentistas procedentes de diversas sensibilidades de derecha y de izquierda, gentes y grupos que buscaban converger para hacer la suma más grande. Al caer el telón, con la represión postreferéndum, empezó una dispersión que retiró de la escena a distinguidos protagonistas de la aventura que optaron por pasar página.

El espacio se redujo y se fortificó, a partir de un grupo que se hizo paulatinamente con el control de la estructura, con Jordi Turull, Albert Batet, Antoni Castellà y el presidente del Parlament, Josep Rull, como núcleo principal del poder bajo el liderazgo de Puigdemont, que les tutela y les protege desde la pantalla del presidente exiliado.

En esta dinámica el partido se ha ido encerrando en sí mismo, y generando una actitud cada vez más reactiva, con la que se ha situado en un territorio en que la gesticulación pasa por encima de una estrategia con objetivos precisos, y con el paso del tiempo va generando un espacio cada vez más cerrado y autocomplaciente que necesita aire para respirar. Los vaivenes en Madrid, ahora apoyo, ahora me planto, expresan la dificultad de definir el territorio de aterrizaje. ¿Quiénes son los socios, quiénes son los rivales?

Puigdemont, desde la distancia, sobreactúa cuanto puede para mantenerse como intocable factor de legitimación de los que mandan en el partido, con una estrategia de negociación que busca la visibilidad a costa de las contradicciones, y que genera distanciamiento creciente en parte de la derecha catalana que, superado el periodo populista del procés, espera un cambio significativo de rumbo. ¿Cuál es el lugar de Junts?

La disgregación posterior al referéndum le sitúa en la lógica que marca su origen: volver a ser la derecha nacionalista catalana. Y es evidente que el tránsito va en esta dirección, pero también que el patrón se ha convertido en obstáculo y el núcleo dirigente que se apoya en él o abre el juego o corre riesgo de empequeñecer el proyecto.

Junts está atrapado. Y llega el momento de dar el salto político definitivo: que Puigdemont, un mito cada vez más descolorido, asuma que su ciclo ha terminado, y que se abra el camino a la renovación para volver a ser la derecha catalana referencial. La lejanía, cuando prácticamente todos los protagonistas del procés están aquí, no le ha favorecido; persistir en el empeño implicaría desplegar el sectarismo por parte de un núcleo dirigente cada vez más encerrado en sí mismo. Los vaivenes, a veces groseros, de Míriam Nogueras, para hacerse oír en el Parlamento español y las contradicciones tácticas confirman una situación que no puede convertirse en normalidad porque lleva a la marginación. La gestación de la nueva derecha catalana está en juego, y difícilmente se concretará sin pasar esta página de politiqueo oportunista, lejos de la aceleración estratégica que necesita el catalanismo conservador para vivir de la realidad y reencontrar un papel determinante, tanto en Cataluña como en la política española. El país no puede permitirse una derecha de estar por casa.

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