Rodalies: la Cataluña que no funciona
Más allá del trágico accidente de ayer, todas las administraciones deben preguntarse por qué en un contexto de crecimiento económico y de la población el tren de proximidad pierde usuarios


Cuando en la noche del lunes llegaban las primeras informaciones del descarrilamiento mortal del tren de Rodalies de Gelida (Barcelona) todavía reinaba la confusión sobre las consecuencias de otra salida de vía ocurrida minutos antes en el otro extremo de la red de las cercanías catalanas. Por suerte, este primer suceso, registrado entre Maçanet y Blanes, se saldó con un susto, caras de circunstancias y la sensación de sus sufridos usuarios de que habían superado otro día difícil en el transporte ferroviario catalán. Uno más.
Cataluña ha ganado dos millones de habitantes los últimos treinta años sin que su red de Cercanías haya experimentado ninguna mejora sustancial. Al contrario, la experiencia de los usuarios dice que los problemas de puntualidad, cancelaciones y pequeñas y no tan pequeñas incidencias se multiplican año a año. Hasta 632 entre 2022 y 2024 según Renfe. Y, más allá de las trágicas consecuencias de ayer y de la sensación de ser víctimas de un servicio pésimo por falta de mantenimiento, hay un dato que no engaña: desde 2018, hasta 2024, el sistema de Rodalies ha perdido 42.798 pasajeros en los días laborables. En 2018, viajaban en las líneas de Renfe 410.984 personas cada día laborable. Seis años más tarde lo hicieron 368.186. Esto, recordemos, en un contexto de incremento de la población y de la movilidad. La fuga de viajeros fue espectacular y muchos de estos pasajeros ya no toman el tren de proximidad ni gratis.
Son muchos los planes de mejora que se han anunciado bajo todas las administraciones que han gobernado tanto en Madrid como en Barcelona las últimas décadas. Pero los resultados hasta ahora, al menos a ojos de los usuarios, han sido nulos. Si bajo la administración de los gobiernos del PP la inversión fue casi inexistente, bajo los gobiernos socialistas se han anunciado planes de inversión que siempre han chocado con dificultades. Primero fue la necesidad de invertir en la alta velocidad y la gran recesión que llegó en 2008. Y después la dificultad de poner en marcha la máquina inversora en un sistema totalmente obsoleto que llevaba décadas abandonado. Ahora está en marcha un ambicioso plan que invierte en torno a 600 millones en mejora de líneas, compra de trenes y modernización de las estaciones, pero las consecuencias de la desinversión son tales que nadie espera ver mejoras sustanciales hasta dentro de un par de años.
Rodalies, cuando lo hace, llega tarde. El sistema se ha convertido en una losa para el crecimiento económico y el dinamismo social de Cataluña. Pasan los gobiernos, los ciudadanos no notan las mejoras y ven como los trenes más utilizados se han convertido en una simple arma arrojadiza sobre quien se queda con su gestión. El Gobierno y la Generalitat tienen ahora una última oportunidad para revertir la situación. Hay que seguir invirtiendo y dar garantías, no solo de seguridad -que nunca deberían cuestionarse- sino también de calidad de servicio. En 2026 los trenes de proximidad y su correcto funcionamiento son la primera garantía de cohesión social y territorial.
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