Un sombrío cuarto de siglo
Ni todo está por hacer, ni todo es posible, como creyeron los más insensatos, con los resultados que conocemos. Se impone la ley del más fuerte


Esto solo acaba de empezar. Aun siendo todo arbitrario en la organización del tiempo, nadie puede sustraerse a la fuerza de los hitos construidos a lo largo de la historia. Ahí está, junto al año concluido y el atropellado comienzo del nuevo, nuestro primer cuarto de siglo XXI, que nos invita a mirar atrás para intuir el rumbo y el ritmo del tercer milenio.
Las incertidumbres de nuestra época conducen a una intensa pulsión analógica respecto al XX, como si en el actual fueran a repetirse el ascenso de los fascismos, el hundimiento de las democracias, el apaciguamiento de los dictadores, las guerras gigantescas o los genocidios. Puede ser útil el temor a tan funesta repetición, pero también es aleccionador el balance de los años transcurridos desde el fin de siglo y milenio, aquella cima de la globalización feliz, cuando todo era esperanza y nadie veía a Rusia como un peligro, a China como la próxima superpotencia y a Estados Unidos como un depredador imperio neocolonial.
En el espejo de una época sombría creemos ver el futuro que nos espera, mientras que desde la engañosa inauguración de nuestra época contamos los errores que nos han conducido hasta aquí. También las cuentas de lo que se ha perdido por el camino, según la diversidad de las percepciones por edad, geografía o renta. No hay cambio, sea progreso o regresión, para los más menesterosos y desasistidos, esclavizados por la necesidad cotidiana. La evolución es tan halagüeña para quienes acaban de salir de la pobreza como inquietante para las nuevas clases medias occidentales que lo consiguieron durante medio siglo XX, cuando empezó la larga etapa de paz que ahora termina. Tampoco puede ser idéntica la percepción para cuantos lo han vivido como adultos, formateados por la idea de un progreso asegurado, como para quienes nacieron con el milenio y han crecido de crisis en crisis, en mitad de la incertidumbre, aunque a todos arrastre hacia el futuro como en un tobogán abollado y peligroso.
Somos 2.000 millones más sobre el planeta. Europa ha perdido peso y anda desbrujulada. Ascienden las extremas derechas. Pesa sobre ella la doble amenaza de Trump y de Putin. Su población envejecida teme por el futuro y su Estado de bienestar. No sucede lo mismo en el llamado Sur Global, donde habita la juventud de un mundo desoccidentalizado. Con la nostalgia por el pasado idealizado, el resentimiento por las promesas incumplidas y la pérdida de orientación, la pasión política yace tirada en mitad de la calle a disposición de los más fuertes y autoritarios.
El espejismo de un mundo estable y gobernado se ha desvanecido, mientras se impone la ley del más fuerte. Ni todo está por hacer, ni todo es posible, como creyeron los más insensatos, con los resultados que conocemos. El primer tramo del siglo XXI imparte lecciones de humildad, coraje y moderación. Habrá que aprenderlas a riesgo de dejarnos arrastrar para lo que queda del siglo. Bon any i bona sort!
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