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Los ‘argonautas’ de Badalona: “El patrimonio marítimo está casi extinguido”

Asociaciones como Aixa, dedicada a la reconstrucción y navegación de embarcaciones tradicionales, intentan mantener a flote el oficio

Miembros de la asociación Aixa trabajan en una embarcación tradicional de madera, en su taller de Badalona.
Josep Catà Figuls

La noche del gran apagón, cuando todavía no sabíamos lo que iba a durar aquello, recibimos en el grupo, cuando volvió la cobertura, un mensaje de la presidenta, Cristina: “anexo a Moby Dick”, con fotos de la parte final de la novela. El anexo está en la mayoría de las ediciones, y es un glosario de términos marineros —“torrotito”, “sobrejuanete”, “chinchorro” o “grímpola” son algunos de mis favoritos, por cómo suenan— que ayuda a la lectura y lleva a la imaginación por los siete mares.

Qué paz de espíritu hay que tener, me dije, para estar pensando en este vocabulario en medio del caos y la ansiedad. Pero rápidamente me acordé de que yo mismo había escrutado este anexo durante otro momento de agonía: fue en la pandemia cuando, en pleno agobio, iba y volvía a esta novela. La concreción de los términos y el misterio que guardaban me daban una tregua.

Siempre me han gustado los barcos y el mar. Pese a que la explotación de la costa ha alejado este mundo de la mayoría de bolsillos, y ha reservado las aguas a la exuberancia de los superyates. El rugido de los motores nunca me ha interesado mucho. El silencio de las velas y el crujir de la madera, o solo ver de lejos su silueta, lleva a un imaginario imposible: los oficios que se pierden, con todo su vocabulario y gestos, las aventuras de quienes en su momento fueron considerados como astronautas —como el Erebus, el Terror y otras grandes naves de exploración—, o la vida alternativa de los marineros solitarios a partir de los años sesenta.

Detalle del 'Kate', el bote auxiliar del 'Quetx Ciutat de Badalona'.

Moby Dick logró su cometido, y a partir de ahí este gusto se volvió obsesión. Leí con avidez los libros de navegantes como Bernard Moitessier y vi todos los vídeos de YouTube de gente alocada que decide construirse una canoa o un barco con la esperanza de escapar del mundanal ruido. Fui a ver el proyecto de construcción Albaola, en Pasaia, y quedé anonadado. Y cuando me aburro voy a saludar al Santa Eulàlia. Si hay gente dedicada con pasión a una forma de vivir el mar cercana, abierta e inclusiva, porque te la trabajas tú mismo, ¿podría yo?

Encontré la respuesta debajo del puente que hay en el puerto de Badalona. Ahí hace unos años un pequeño grupo de gente decidió construir un bote auxiliar para el Quetx Ciutat de Badalona, el buque-escuela del municipio que gestiona la asociación del mismo nombre. El gran barco de madera, de dos palos y velas de color de vino que han navegado por todo el mundo, necesitaba un chinchorro: lo bautizaron como Kate, hasta la fecha el único barco que ha puesto a flote la asociación Aixa, dedicada a la construcción y navegación de barcos tradicionales.

Aixa toma su nombre de la herramienta principal del carpintero de ribera. En Cataluña los mestres d’aixa que siguen en activo se cuentan con los dedos de una mano, y aunque hay varias asociaciones que lo reivindican, son menos que en Galicia o Euskadi.

Un socio de Aixa trabaja en la reconstrucción del barco 'Pueblo'.

“El patrimonio marítimo catalán está casi extinguido. En parte porque cuando los pescadores y la gente que vivía del mar se querían cambiar de embarcación, se les obligaba a desballestar la antigua”, explica Santi, uno de los socios. ¿Por qué dedicarse a esto? “Siempre me ha gustado construir cosas, me encanta la madera y el mar”, cuenta. “Cada barco tiene una historia que dice algo de nosotros”, añaden Xavi y Carles, otros dos miembros de Aixa. Ahí están en reconstrucción, entre otros, la Guilova, un barco pesquero cedido por una familia de Badalona, o el Pueblo, el barco auxiliar del Maria Assumpta, el impresionante buque construido en esta ciudad que terminó naufragando en un trágico accidente en Cornualles en 1995.

En Aixa lo primero que sorprende es la facilidad y la osadía con la que se emprende cualquier tarea: nadie es profesional, pero ahí no hay tracas, cuadernas, defensas, jarcia o poleas que se resistan a la voluntad de encontrar una manera de lograr el objetivo. En este taller autogestionado —la asociación está en busca de un local definitivo, y el Ayuntamiento haría bien en no perder este tesoro— se palpa esta “orientación hacia la solución” que, según dice Claude Obadia en Pequeña filosofía del océano (Siruela) tiene todo aquel que se dedique al mar.

Hay mucho de filosofía alegre en Aixa: son los marineros de Teseo que iban renovando las piezas de su barco ajenos al rompecabezas al que sometían a los filósofos: ¿es el mismo barco si todas sus piezas cambian? Son los argonautas dispuestos a hacer rutas ignotas confiando en que todos hemos remachado bien los clavos y taponado bien los agujeros. También hay un placer dionisíaco en las comilonas con el pescado fresco de Jordi, uno de los últimos pescadores del puerto de Badalona. Y en última instancia, la certeza de que, cuando pongamos al Pueblo al agua, si el destino quiere que no flote, bailaremos sobre la zozobra, como en Zorba, el griego, y volveremos a empezar.

Miembros de la asociación Aixa con el bote auxiliar 'Kate'.

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Sobre la firma

Josep Catà Figuls
Es redactor de Economía en EL PAÍS. Cubre información sobre empresas, relaciones laborales y desigualdades. Ha desarrollado su carrera en la redacción de Barcelona. Licenciado en Filología por la Universidad de Barcelona y Máster de Periodismo UAM - El País.
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