Los excesos de la ultraderecha abren una oportunidad para la izquierda global
La reunión progresista celebrada en Barcelona intenta recuperar impulso sobre la base de la indignación y el miedo generados por la derecha extrema


El auge de las derechas nacionalistas avaladas por algunos de los mayores tecnoemperadores ha hundido el mundo en una época de profundas convulsiones que sacuden el plano internacional, el nacional y, por ambos caminos, el individual. Sus representantes más extremos libran un asalto contra los ideales de un orden mundial multilateral basado en reglas, de plenitud democrática, de cohesión social y de derechos humanos universales. El asalto se halla en pleno desarrollo, pero su furia, ruido y sus demoledoras consecuencias parecen estar abriendo una ventana de oportunidad para revertir la marea. Esa percepción y esa esperanza afloraron en los discursos y debates de las fuerzas del mundo progresista global reunidas este viernes y sábado en Barcelona y constituyen la base de su intento de resistir y contratacar tras un periodo marcado por muchos reveses.
El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, trató de subrayar las grietas de los proyectos derechistas contemporáneos en su intervención en la sesión plenaria del foro ‘Movilización progresista global’ (MPG), en el que participaron destacados dirigentes de muchos países: “La internacional ultraderechista y la derecha lacaya están faltas de ideas que ilusionen. Hacen mucho ruido. Pero no gritan porque están ganando. Gritan porque saben que su tiempo se acaba”, dijo Sánchez.
“Saben que su ortodoxia neoliberal -que además de ser ineficiente, es cruel- murió en 2008 con la gran crisis financiera y que ha sido superada por las políticas progresistas”, argumentó el líder español. “Saben que su visión del orden internacional se está viendo desmantelada como consecuencia de los aranceles y las guerras ilegales. Saben que su rendición al negacionismo climático, a la xenofobia, al machismo ha sido su mayor error, del que les costará mucho tiempo salir. La gente se está dando cuenta de que no tienen proyecto, de que no tienen soluciones”, sostuvo Sánchez.
Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica, gran luchador contra el apartheid en el pasado y hoy líder de un Gobierno firmemente opuesto a los Ejecutivos de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, resumió con claridad ese sentimiento de esperanza que nace de excesos y errores de las derechas que indignan y movilizan: “Este momento de grave crisis es, al mismo tiempo, un momento de oportunidad única. Es una oportunidad para movilizar, para unir las fuerzas del cambio progresista, para forjar un nuevo camino de paz, democracia y justicia social. Este es un tiempo que no debemos desaprovechar”, dijo el mandatario sudafricano.
Sánchez y Ramaphosa fueron dos de los líderes que hablaron en el foro MPG, junto a otros entre los cuales destaca el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Los tres además participaron en la cuarta edición de una cumbre en defensa de la democracia, que se celebró en la mañana del sábado y a la cual asistieron una veintena de países, la mayoría representados por sus líderes -entre ellos también Claudia Sheinbaum (México) y Gustavo Petro (Colombia)-.
El sentido de oportunidad que perciben los progresistas se apoya en algunos hechos políticos recientes que evidencian el desgaste ultra y la voluntad de movilización: la derrota de Orbán, el fracaso del referéndum impulsado por Meloni, el éxito progresista en importantes ciudades en las municipales en Francia -en niveles no vistos desde 2008, según señaló Olivier Faure primer secretario del PS francés-, la fuerza de la indignación ante las guerras de Gaza e Irán, el notable desgaste de Trump en los sondeos de opinión.
Ello, no obstante, no permite al progresismo ningún optimismo desatado. En Hungría -como en Polonia- quien consiguió derrotar a los nacionalpopulistas fue un conservador. En otras partes de Europa -como en Alemania- el nivel de depresión de los socialdemócratas está en mínimos históricos. En Latinoamérica el empuje ultra es persistente, y la asociación con Trump no parece todavía pasar factura, sea por cálculo de interés o por miedo.
En este panorama, la cita barcelonesa buscaba promover dos objetivos, en clave de espíritu político y en clave de diseño de políticas.
El primer plano, Sánchez subrayó el deseo de reforzar la unidad y recuperar el orgullo de la familia progresista. Es evidente que este sector político sufre fragmentación e incluso fricciones, y que en los últimos años ha viajado en un estado de depresión. La convocatoria no podía borrar discrepancias profundas, como la muy diferente sensibilidad ante la agresión rusa en Ucrania entre las fuerzas socialdemócratas europeas y Lula y Ramaphosa, mucho más tibios con Putin; o las abismales distancias entre muchas socialdemocracias europeas moderadas y el izquierdismo populista de Petro. Pero la considerable confluencia de líderes y destacados representantes en Barcelona, así como significativos mensajes de apoyo son signos político relevantes.
Además de los mandatarios ya mencionados, en el foro intervinieron Lars Klingbeil, vicecanciller y ministro de Finanzas de Alemania, y colíder del SPD; Elly Schlein, secretaria general del Partido Democrático de Italia, Tim Walz, candidato a la vicepresidencia de EE UU con Kamala Harris; enviaron mensajes Hillary Clinton, Zoran Mamdani y Bernie Sanders; hablaron los economistas Mariana Mazzucato y Gabriel Zucman; muchos más intervinieron representando distintas sensibilidades en el panorama progresista.
“La derecha global está organizada través de fronteras y continentes. Entonces nosotros también tenemos que estarlo. La derecha extrema es internacional y nosotros también debemos serlo. El futuro no pertenece a los más ruidosos, sino a los que construyen puentes”, consideró Klingbeil, a propósito de la necesidad de unión.
En un pasillo del centro en el cual se celebró la conferencia, Schlein subrayó la idea según la cual los ultras “se dedicaron durante años a fomentar el miedo”, y “ahora son ellos los que dan miedo”, una dinámica con efecto sin duda movilizador.
En el plano del diseño de políticas, la cita de Barcelona fue un gran escaparate de ideas.
En materia de orden internacional, Lula consideró que “el progresismo debe defender un multilateralismo reformado y democratizar instituciones como el Consejo de Seguridad, el FMI y el Banco Mundial”. Su planteamiento sonó en sintonía con lo que había declarado por la mañana Sánchez: “Creemos en un orden internacional basado en reglas. Pero el sistema multilateral necesita renovarse. La ONU solo podrá sobrevivir si representa la realidad. Necesitamos una ONU más democrática, más representativa”.
En un importante discurso pronunciado días antes en la Universidad Tsinghua, en China, el presidente del Gobierno español manifestó de forma clara la convicción de que en el mundo se ha afianzado una realidad multipolar, que esta requiere un sistema de gobierno multilateral, y que para que funciones debe ser adaptado para reflejar mejor los tiempos actuales. En ese sentido, “Occidente debe renunciar a parte de sus cuotas de representación en favor de la estabilidad global y la confianza de los países del sur”, dijo Sánchez.
En materia de defensa democrática, Lula hizo hincapié en que “la amenaza de la extrema derecha para la democracia no es un asunto retórico, representa un riesgo real. En Brasil intentaron un golpe de Estado. Se presentan como defensores del pueblo, pero gobiernan para las élites (…) unas élites que sostienen defender la meritocracia, pero luego tumban la escalera para que nadie pueda subir”.
La conferencia de Barcelona ha puesto especialmente el foco en los riesgos planteados por las grandes elites tecnológicas, los oligarcas dueños de herramientas con un enorme potencial para manipular las mentes y capturar pedazos de la soberanía de los Estados.
Lo alertó de forma muy clara la experta Francesca Bria en un panel matutino: los tecnooligarcas no quieren solo enriquecerse si limites, “quieren poder político; gestionan partes del Estado”. “no es posible construir un modelo democrático en estructuras alquiladas por tecnooligarcas. Es necesaria infraestructura publicas digital que sirva a la humanidad”, exhortó Bria.
En este sector emergió fuerte la voluntad progresista de avanzar en la tarea de regulación.
Por supuesto gran protagonismo tuvo la reflexión sobre la acción pública como herramienta para conseguir justicia social en este nuevo tiempo. En el amplio flujo de ideas, dos destacaron.
Mariana Mazzucato planteó sus propuestas de soluciones ante un capitalismo extractivista, en el que las empresas tienen enormes beneficios que se canalizan en la recompra de acciones, en bonus desproporcionados, mientras las inversiones a menudo flaquean y los salarios sufren fuerte presión de contención. Mazzucato denunció la disfuncionalidad de ese sistema de beneficios altísimo, cuota del trabajo en horas bajas y bajas inversiones, y presentó su idea de condicionar toda la contratación, las inversiones y subsidios públicos a que las empresas receptoras respeten criterios que reconozcan más el valor del trabajo y la importancia de inversiones sostenibles.
Gabriel Zucman por su parte subrayó con elocuencia la dolorosa realidad de la elusión fiscal por parte de los más ricos, y planteó su propuesta para diseñar un impuesto que caiga sobre el patrimonio de los más prósperos a la vista de la dificultad de conseguir una tributación adecuada a través de la renta.
Pero lo público es fundamental en muchos otros sentidos para el proyecto progresista. El francés Olivier Faure habló de un estudio según el cual, en su país, Francia, la distancia de los ejes de transporte público es un factor que espolea el voto a la ultraderecha. No es la distancia en si misma desde el centro de una ciudad lo que marca la dirección del voto, sino la posibilidad de estar conectado con ella ágilmente a través del transporte público el diferencial entre sentirse incluidos o excluidos.
Y es el fallo de los progresistas que durante demasiados años no se opusieron al planteamiento neoliberal el error crucial que Lula destacó y animó a corregir. “El proyecto neoliberal prometió prosperidad y entregó desigualdad e inseguridad. Provocó crisis tras crisis. Aun así, muchos de entre nosotros lo adoptaron. Gobiernos de izquierdas abandonaron políticas públicas en nombre de la gobernabilidad. Nos convertimos en el sistema”, dijo el líder brasileño.
El veterano político, bregado en mil batallas, señaló así el camino para su familia política: “La democracia no es un destino, es una construcción cotidiana. No es solo votar: debe traducirse en mejoras concretas en la vida de la gente. Tenemos que sustituir el desaliento por el sueño, el odio por la esperanza. La movilización progresista global tiene una misión fundamental: recuperar la capacidad transformadora del progresismo y proyectar un futuro con justicia social, igualdad y democracia”.
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