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Carlos Westendorp
Opinión

Carlos Westendorp, un embajador de la mejor España

Servidor público incansable, trabajó siempre guiado por la fe en la humanidad y por la certeza de que es posible construir sociedades más justas

Carlos Westendorp, en 1995.Chema Conesa

Hay personas que reflejan lo mejor de una sociedad. Que encarnan los valores que nos enorgullece defender como país. Que muestran, con su trayectoria vital, que siempre hay espacio para el entendimiento, por más difícil que sea el empeño y profundas las diferencias a las que hacer frente.

Carlos Westendorp fue una de esas personas. Servidor público incansable, trabajó siempre guiado por la fe en la humanidad y por la certeza de que es posible construir sociedades más justas, más dignas, más abiertas y en paz. Con esas convicciones llegó a la diplomacia. Y desde ellas defendió toda su vida la causa de una Europa unida que fuera ejemplo de progreso compartido entre los pueblos que la habían forjado desde las cenizas de la segunda guerra mundial.

Ese mismo compromiso le llevó a Bosnia y Herzegovina como Alto Representante, cuando las heridas de los Balcanes aún estaban lejos de cicatrizar. Trabajó sin descanso en defensa de la paz y la convivencia entre comunidades en aquella tierra devastada por la guerra. Con tanta entrega que su figura aún se recuerda allí con admiración.

Tuve el privilegio de trabajar con él en esa etapa, en una experiencia vital única. Fue para mí un mentor y un maestro. Pero, por encima de todo, un amigo y una fuente de inspiración constante.

A lo largo de toda su vida, Carlos fue un embajador de la mejor España. Tanto al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, como de las embajadas en Washington o ante las Naciones Unidas, representó con orgullo a la España de paz y progreso que hemos sabido forjar entre todos desde la fortaleza de nuestra democracia.

Como secretario de Estado para las Comunidades Europeas, trabajó en una etapa decisiva para el proyecto europeo. No sólo para hacerlo avanzar con ambición en esos años decisivos. Sino para afianzar la contribución de nuestro país a ese afán, hasta hacer de ello un signo distintivo de la España europeísta que hoy somos. Lo hizo siempre convencido de lo que Europa significaba –y sigue significando– para el mundo entero: unión frente a la división, diálogo frente a la confrontación, democracia frente a la opresión y paz frente a siglos de guerra.

Como ministro de Asuntos Exteriores, trazó las grandes líneas de una acción exterior que hoy nos definen: la presidencia española de la UE de 1995, las negociaciones hacia la moneda común, el Proceso de Barcelona, la Agenda Transatlántica o el Tratado de Ámsterdam.

Como embajador ante las Naciones Unidas, defendió siempre un orden internacional basado en el derecho y el diálogo. Y en Washington, contribuyó a reforzar una relación trasatlántica que entendía como alianza entre iguales y como pilar central de una arquitectura de seguridad y prosperidad compartida, basada siempre en el respeto mutuo.

Carlos Westendorp fue, en definitiva, uno de esos discretos arquitectos del orden internacional que la humanidad ha construido con tanto esfuerzo a lo largo de generaciones y que, hoy más que nunca, merece la pena preservar.

Perdemos a la persona. Al profesional lúcido y comprometido, precisamente en el 40 aniversario de la adhesión de España a la Unión Europea. Pero permanece su legado. El de un auténtico humanista. Un hombre comprometido con la paz y el diálogo, que se alzó contra la injusticia y rechazó la violencia y la arbitrariedad en las relaciones internacionales.

Hoy, en un mundo marcado por el resurgir de la violencia y la guerra, somos millones los que reivindicamos los valores a los que Carlos dedicó su vida: proteger y promover la democracia, el Estado de derecho, los derechos humanos y el progreso de todos los pueblos de la humanidad.

Te echaremos de menos, querido amigo.

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