Ir al contenido
_
_
_
_
Carlos Westendorp
Opinión

Carlos Westendorp, el oráculo de los diplomáticos europeístas

Cortés, afable, sonriente, pero también negociador implacable, el exministro fue protagonista en la fragua de la leyenda de que los españoles éramos los “prusianos del Sur”

Carlos Westendorp, en una fotografía de 2015.alejandro ruesga

Cortés, afable, sonriente, pero también negociador implacable, Carlos Westendorp, fallecido este lunes a los 89 años, hizo mucho: como ministro de Exteriores; eurodiputado; embajador… Pero ha sido sobre todo, durante décadas, oráculo decisivo de los diplomáticos españoles. Un enorme contribuyente, muchas veces en complicidad con su copiloto Javier Elorza, a la estrategia española. Y a los avances de la hoy Unión Europea.

Miembro del equipo negociador de la adhesión desde los últimos años setenta –el famoso grupo de la Trinidad– allegó experiencia en el trato con el exterior-desde-el-exterior. Luego, como primer embajador-representante permanente ante las Comunidades desde 1986 y secretario de Estado de 1991 a 1995, aterrizó con soltura la difícil puesta en práctica del acuerdo de adhesión, cuando este país era aún novato en los vericuetos de Bruselas.

Fue protagonista en la fragua de la leyenda europea de que los españoles éramos los “prusianos del Sur”, en su versión personal más distendida, pactista e irónica. Esa leyenda llevaba doctrina: constancia, transparencia, pedagogía, trabajo en equipo y primacía al consenso.

Con los de fuera, colocaba los intereses del país en el cesto de los generales y así los hacía más entendibles y asumibles, método en el que el presidente Felipe González llegaría a ser maestro. Con los de dentro sintonizaba a los eurodiputados de todas las siglas, a quienes convocaba para explicarles avances y problemas: hoy, algo imposible.

Imprimió huella a la reforma de Maastricht, a la que España propuso incorporar el fondo de cohesión. Cuando la Comisión de Jacques Delors quiso diluirlo a declaración virtual, se plantó: o consagraban el fondo de modo vinculante, “o no habría Tratado”. Y es que sabía ser “duro como el acero”, como le ha descrito Elorza.

Y apadrinó novedades sociales para el Tratado de Ámsterdam, competencias en consumidores, medio ambiente, salud pública, esa sintonía con los nuevos socios escandinavos: sin ella, la UE no habría podido responder, años después, a la pandemia.

Por su hábil escuchar y agrupar, Charliewest, como le apodaban, se granjeó un enorme respeto –para él y para su país–, entre los socios. Le ayudó esa conjunción de apellidos, holandés (Westendorp, pueblo del oeste), y español (Cabeza), que suscitaba curiosidad ante una apariencia impasible doblada de apasionada capacidad de ejecución.

Por eso se le confió el Informe Westendorp, sobre las opciones de reforma del Tratado, en 1995. O un rol relevante en el Informe sobre el futuro de la Unión, del Grupo de Sabios presidido por González, de 2010. Todavía alientan sugerencias válidas.

Otro gran legado de Westendorp –su último compromiso político electoral bajo siglas socialistas aparte—fue su desempeño, de 1997 a 1999, como alto representante internacional en el conflicto de Bosnia; cargo que duplicó, caso insólito, con el del mismo título pero por encargo de la UE. Ahí contrató a un joven Pedro Sánchez, a quien enseñó la técnica del “culo di ferro”, jamás abandonar una negociación. Pero sobre todo, cuando estrenaba entonces bebé de su joven esposa y gran dama en la gestión teatral, Amaya de Miguel, aprendió a pasar del despacho a la trinchera, su lección menos conocida.

Como virrey internacional, aplacó la crisis bosnia. Con decisiones como atreverse a destituir al presidente de la insurgente República Srpska, Nikola Poplasen, por para-golpista. “Estuvimos una hora calibrando los riesgos de la decisión, al detalle, como a él le gustaba, pero una vez tomada, la aplicó sin dudar”, recuerda la gran jurista comunitaria Marta Arpio, quien fue su jefa de gabinete en Sarajevo. Y así aprendió a viajar peligrosamente en helicóptero de puertas abiertas, con escoltas armados de metralletas hasta los dientes. Siempre voló alto, pero nunca tan difícil.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_