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Silla de cocina, de salón, de tijera, todo sirve para asegurarse ver al Nazareno de Cádiz más de una semana antes de que salga

Vecinos del barrio de Santa María intentan coger sitio para ver la salida de su mayor devoción, en una tradición que se ha adelantado tanto que ha tenido que intervenir la Policía Local

Loli Delfín, vecina de la calle Santa María, retirando su silla del recorrido del Nazareno de Santa María. Fernando Ruso

Una silla del salón, de la cocina o de la terraza bien puede servir de trinchera en el barrio de Santa María de Cádiz. Lo fue en la década de los 80, cuando Lola Delfín descubrió que bajar una silla de su partidito a la puerta de su finca cortaba “el tejemaneje” de los camellos que inundaban de droga a un barrio abandonado entonces a su suerte. Y lo es ahora cuando, la víspera de cada Jueves Santo, agarra con una cuerda el mueble venido de su piso a un busto que está enfrente del portal para que sus tres hijos, que hace ya años tuvieron que mudarse fuera de Cádiz, puedan ver salir al Nazareno. Pero este año la tradición se ha adelantado tanto que ha obligado a la Policía Local a intervenir.

Lo de colocar esa amalgama de sillas —las hay de plástico, de madera, de metal, taburetes, plegables— agarradas a las fachadas de la calle Santa María para ver salir a la mayor devoción de la ciudad es una de esas señas de identidad de barrio que se da en la víspera de su salida procesional por Semana Santa. “Es así porque ese día el Nazareno devuelve la visita a todos esos vecinos que van a verle todos los viernes del año”, resume con fe su hermano mayor, Jacinto Plaza. Pero lo de este año ha batido todos los récords. Las primeras sillas comenzaron a aparecer este pasado miércoles, siguieron proliferando el jueves y este Viernes de Dolores bien parecería que la imagen estuviese apunto de salir, aunque aún queda casi una semana para ello. “El fervor se ha adelantado”, resume Plaza con media sonrisa.

Así que la Policía Local apareció a primera hora de este viernes a levantar la improvisada carrera oficial vecinal de sillas. “A las nueve ya estaban tocando a mi puerta para preguntar si mía era alguna, pero yo no pongo, ni me gusta”, tercia Milagros Chulián, asomada a la ventana de su bajo que da a la calle Santa María. Delfín ha llegado hasta a entrar en debate con los agentes, a los que incluso ha afeado que la proliferación de terrazas de hostelería en la ciudad le impidan el paso. “Voy a presentar un escrito en el Ayuntamiento”, explica airada. Los vecinos aseguran que los agentes les pidieron que retirasen las sillas de forma voluntaria a lo largo del día y que, de no hacerlo, serían retiradas al final de la jornada. Pero al final de la tarde el Ayuntamiento ha aclarado que, finalmente, no iban a retirar los asientos particulares.

El adelantamiento de más de una semana de la costumbre y la actuación policial ha reabierto el debate de las sillas desplegadas desde hace décadas en la calle Santa María. “Para mi, es algo de toda la vida, muy nuestro”, defiende Delfín, visiblemente molesta porque le hayan desmontado sus sitios. Ella había cogido hasta cinco espacios: la silla que bajó de su casa y otras cuatro que eran de una vecina que falleció y que iban a llevarlas al punto limpio, hasta que ella las rescató. “Tengo una casa que da al interior y las pongo para que mis hijos, que ya viven fuera de Cádiz, puedan ver la procesión”, explica la gaditana, de 78 años.

La familia Delfín vive el Jueves Santo con fervor, en una costumbre común a otros vecinos de la vía. La cabeza de familia prepara “arroz con leche y papas aliñás” para que los hijos almuercen en las sillas, mientras esperan la salida del Nazareno y la Virgen de los Dolores, que no planta su Cruz de guía en la calle hasta poco antes de las ocho de la tarde. Cuando las puertas de la iglesia de Santa María se abren, buena parte de los vecinos congregados entran en un estado casi cercano al éxtasis. Desde las aceras y balcones se multiplican los vivas a gritos y las saetas. El Nazareno —una talla de Andrés de Castillejo del siglo XVI— baja la empinada cuesta con parsimonia, dando pasos adelante y atrás, al ritmo de las horquillas, la forma tradicional de carga en Cádiz. “El Nazareno es que jala mucho”, resume el presidente de la asociación de vecinos Las Tres Torres, Pepe Ruso.

La tradición de colocar sillas en la puerta de sus casas viene, al menos, de los años 80. Así lo sostiene Delfín, que muestra una foto del año 1983 en el que ya se veían colocadas en el mismo punto donde ella las pone ahora. En su origen, garantizaba un sitio a los vecinos que no tenían balcones a la calle, como le sucede a Delfín. Hoy sirve también para garantizar un espacio a los que se tuvieron que marchar del barrio o de la ciudad, empujados por la falta de vivienda de Cádiz y la gentrificación, como también ocurre con los vástagos de la misma vecina. De hecho, el origen del lío de este año parece estar justo ahí. “Vinieron unos que ahora viven en el barrio de Puntales [a las afueras de Cádiz] a poner sus sillas y entonces el resto empezamos a poner las nuestras no fuese a ser que nos quedásemos sin sitio”, explica Delfín.

La cofradía cierra filas con la costumbre, frente a las críticas que a veces recibe de otros cofrades, que afean a la tradición falta de decoro. Tanto es así que la propia hermandad publicó este pasado jueves un vídeo en su cuenta oficial de X de las sillas ya puestas. “No critiques sin saber porque algunos hablan sin haberlo vivido”, reza en el texto del post. “Es una muestra de cómo todo el barrio le espera. Es defendible, pero es que la normativa municipal también está ahí”, amplía Plaza, intentando mediar, ante el disgusto sobrevenido para más de un vecino, después del aviso de la Policía Local.

Al mediodía de este viernes, la cuesta de Santa María era un hervidero que terminaba en una iglesia en la que no cabía ni un alfiler. El Cristo, ya subido en su paso, recibía a decenas de fieles, mientras una larga fila aguardaba al besamanos de la Virgen, por su festividad. En la calle, aún quedaban sillas amarradas las unas a las otras, pese a la amenaza policial de que, a partir de ese momento, un camión podía llevárselas en cualquier momento. Lola Delfín ya ha recogido las suyas, que ha dejado en el patio común de su finca, a la espera de volverlas a poner en la noche del Miércoles Santo. Aunque eso ya lo hará su nieta. Ella este año ha optado por no estar: “Después de todo este lío, he preferido cogerme una cosita en Bornos con mi marido y quitarme de enmedio. Se quedan mis hijos y yo lo veré por la tele. Es la primera vez que no estaré, alguna lagrimita se me escapará”, tercia, casi ya emocionada.

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