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Rabia tras del crimen de Francisca Cadenas: “Fue uno de los nuestros”

El pueblo extremeño de Hornachos trata de recuperarse de una verdad que arde: el cadáver de la mujer que buscaron durante nueve años estuvo siempre a escasos metros, escondido por dos vecinos de toda la vida

Imagen tomada en Hornachos (Badajoz) el pasado 11 de marzo, de Juli, uno de los hermanos ahora en prisión provisional por la muerte de Francisca Cadenas.Jero Morales (EFE)

Parecía como si la hubieran abducido. Y esas cosas en Hornachos no pasan. En este pueblo pacense de jornaleros y carboneros de 3.400 vecinos, en la ladera de una sierra que lleva su nombre, cuya tierra sembrada de olivos y vid ni siquiera atrae mano de obra migrante, lo más raro que había pasado ese año había sido cuando se perdió Juan, que fue encontrado al día siguiente desorientado en el campo. Un municipio donde las vecinas cuidan de las hijas de los otros, donde la gente se conoce por el apodo y sabe cuándo el familiar de otro ha tenido que ir al hospital. Un lugar donde una mujer de 59 años como Francisca Cadenas no podía desaparecer sin que nadie se lo explicara en un tramo de 50 metros, en 15 minutos. En una calle sin salida, solo a través de un callejón por donde no pasan los coches. Porque esas cosas no pasaban en municipios como este. Hasta que se perdió Francis el 9 de mayo de 2017. Y de repente, Hornachos se miró a sí mismo por primera vez con sospecha: “Ha tenido que ser uno de nosotros”. El juez decretó este sábado prisión provisional para dos vecinos por asesinato.

—Hombre, nos ha jodío… Si vivo aquí en la calle toda la vida, no la voy a conocer.

Julián, el hombre que le respondía a una reportera de Canal Extremadura en febrero, era un vecino más. Quizá uno menos hablador, pero que se había criado como el resto, dando balonazos a las fachadas cuando la calle Nueva se llamaba calle Sin Salida por una razón. Vivía en el número 3 con su hermano, Manuel. Todos los conocen en el pueblo como Juli y Lolo, de 52 y 57 años. Cuando el mayor respondía en la televisión autonómica, el cadáver de la mujer por la que Hornachos llevaba en suspenso más de 3.000 días estaba todavía escondido en el suelo de su casa, debajo de la lavadora.

Alrededor de las 23.00 horas del 9 de mayo de 2017, Francisca Cadenas dejó una sartén en el fuego, le dijo al pequeño de sus hijos, José Antonio, que enseguida volvía y salió a dejar a la niña a la que cuidaba como si fuera su nieta con sus padres, que esperaban en el coche del otro lado del callejón. Volvió por el pasadizo que ahora lleva su nombre. Diez o doce pasos. Saludó a otro vecino, Carlos Guzmán, conocido como El dominicano por su origen. Y se esfumó.

A los pocos minutos, el pequeño de Francisca salió a preguntar por su madre. “Eloísa, ¿está mi madre aquí?“, ”No, hijo". “Ya vendrá mamá”, le decían sus dos hermanos y su padre, recuerdan. José Antonio, el benjamín, había salido a buscarla unos 10 o 15 minutos después de que ella saliera. En ese tiempo, su madre podía haber recorrido, a paso normal, hasta 20 veces los 50 metros que hay de trayecto entre su casa y el coche de sus amigos. Si su madre hubiera gritado el nombre de su hijo desde cualquier punto de este tramo, él lo hubiera escuchado desde el salón de su casa. Por eso era tan difícil, tan impensable, tan imposible, que Francisca hubiera desaparecido. “Mi madre tenía que conocer a quien se la llevó. Estamos hablando de un vecino de Hornachos”, advertía hace años el mediano de los tres, Javier Meneses. Y colocaba al pueblo ante sus miedos más profundos.

A la media hora de que desapareciera Francisca, recuerdan decenas de vecinos, incluido su alcalde desde hace 18 años, Francisco Buenavista García (del PSOE), todo el pueblo estaba en pie para buscarla. José Antonio había tocado a todas las puertas ya, también la de Lolo y Juli. Lolo había ido al hospital porque su padre, con el que vivían, estaba ingresado y volvió horas después. Solo le abrió Juli, “sudoroso”, recuerda. Le respondió que su madre no estaba ahí. Y aunque le pareció raro, como cada mínimo detalle de aquellos minutos clave, siguió buscando. Nunca dejó de mirar de reojo, ni él ni su familia, ni medio pueblo, a la casa de Lolo y Julián. Ahí estuvieron siempre, a solo unos pasos, escondidos durante nueve años los restos de su madre.

Pero ellos no lo sabían. Y esa noche los vecinos y las fuerzas de seguridad ya peinaron el monte, los caminos y las veredas. Después, los especialistas bucearían en pantanos, en pozos, buscarían en ríos, con helicópteros. Los familiares llegaron a escuchar de fuentes oficiales la hipótesis de que Francisca se hubiera podido ir voluntariamente y por sus propios medios. No tenía sentido.

El misterio de la desaparición pronto dio pie a las teorías infundadas —se especuló con un asesino en serie— y a la búsqueda de sospechosos. Los primeros fueron los dos amigos, padres de la niña a la que cuidaba Francisca. “Antonio, el guardia civil, y Adelaida, rumana”, recuerda una vecina. Se tuvieron que ir del pueblo. Carlos, el dominicano, que vivía solo, también se fue. Los últimos que vieron a Francis con vida acabaron abandonando Hornachos por la presión social. Todos, menos Juli y Lolo. Que estuvieron viviendo en su misma casa hasta hace dos días. Ahora lo hacen en la cárcel.

Hornachos se detuvo la noche del 9 de mayo de hace nueve años. El pueblo se manifestó cada mes, cada aniversario, empapeló farolas, fachadas y coches con el rostro de Francis. En el Ayuntamiento colgaba un cartel que daba cuenta del número de días sin ella. “No vamos a descansar hasta encontrarte”, se lee todavía en una pegatina en la fachada del callejón. La investigación, a cargo de la Guardia Civil, llegó a un aparente punto muerto y quedó archivada provisionalmente. No había forma de dar con la mujer. Hasta que en noviembre de 2024, el grupo de élite del cuerpo, la Unidad Central Operativa, retomó el caso. Tras una investigación de poco más de un año, los agentes desenterraron el miércoles los restos de Francisca Cadenas a 23 metros de su casa. En el patio trasero de la casa de Juli y Lolo. Los restos fueron encontrados en un hoyo que había sido rellenado con cemento y cubierto con azulejos y sobre el que luego se colocó una lavadora.

Un día después de que recuperaran y se identificaran los restos, Juli, el hermano menor, se derrumbó en el cuartel. El jueves, confesó, después de nueve años, el crimen que había ocultado a todo el pueblo. Y más concretamente a sus vecinos, la familia Meneses Cadenas. Declaró, según fuentes oficiales, que él había matado a Francisca y que su hermano mayor, Lolo, que vivía con él y llegó esa noche poco después de que se denunciara la desaparición de Francisca, no había tenido nada que ver. La investigación se encuentra bajo secreto de sumario y la familia sabe que ahora comienza otro calvario: pelear por que se haga justicia.

Nadie se explica todavía qué pudo pasar para que Francisca fuera asesinada en ese lapso de tiempo, a unos pasos de su familia. Y todavía menos cómo se pudo ocultar su cuerpo en un momento de máxima tensión. Mientras el pueblo entero estaba buscándola, tocando puertas, incluida la de Juli y Lolo, y organizando batidas, en la casa se escondía una verdad a contrarreloj.

Siempre fueron sospechosos, cuentan en el pueblo, aunque también lo fue otra gente. La relación de Francisca con ellos, según los amigos de la familia, era tan normal como la que tenía con cualquier otro de la calle. “Se llevaban bien. Yo creo que esa noche ella pudo haber entrado a preguntar por el padre enfermo”, cuenta una de sus mejores amigas, Isa, vecina también. “La noche en que desapareció, Lolo llegó a su casa alrededor de las 12 de la noche y salió a los cinco minutos y se puso con nosotros a buscarla”, cuenta otro amigo de la familia, Jorge Márquez. “Si hubiera habido algo raro entre ellos, lo hubiéramos sabido todos. Aquí todo se sabe. Y hubieran sido más sospechosos aún desde el primer día. No habrían podido estar ahí viviendo como si nada”, advierte una vecina, Maite Benítez, y lo corrobora el alcalde, sentado a su lado en el antiguo casino del pueblo.

Francisca no nació en Hornachos, pero lo hizo cerca, en Villafranca de los Barros, que le da nombre a la comarca conocida como Tierra de Barros. “Ella nació en el campo y quizá por eso lo odiaba tanto”, cuenta Diego Meneses, su viudo, a este periódico. No se fue nunca con él y con alguno de sus hijos a buscar madera para quemarla y hacer carbón, el oficio que ha mantenido a esta familia, donde solo Diego sigue trabajando la tierra. “Le gustaba estar en casa, ver a las vecinas”, recuerda el marido, y sonríe.

Diego Meneses sale a tomar el aire de la casa donde llevan encerrados una semana. Pero no puede. Frente a su puerta permanecen apostadas decenas de cámaras de televisión. Que repiten una y otra vez para los espectadores de toda España el recorrido que hizo esa noche su esposa. Cómo nadie se había percatado de que efectivamente no había podido salir de esa esquina. Mira la puerta de sus vecinos precintada. “Mi hijo lo sabía, él lo sabía...”, se lamenta. La rabia de saber que la tuvieron siempre tan cerca.

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