El vía crucis de los familiares que buscan desaparecidos en el accidente de tren de Adamuz: “Toda la noche buscando en hospitales y no sabemos nada”
El descarrilamiento deja al menos 39 fallecidos y más de 150 heridos

Hacia el mediodía de este lunes, a las puertas del centro cívico Poniente Sur de Córdoba se agrupan familias deshechas que buscan el rastro de hermanas, maridos, nueras, niños, nietos... Llevan toda la noche peregrinando entre hospitales públicos y privados de la ciudad, comandancias de la Guardia Civil, morgues, mostrando una foto, deletreando nombres, repitiendo lo mismo: “No sabemos nada”. Todas han desembocado en el último punto de este particular calvario que para muchos comenzó con una llamada de teléfono, un mensaje de WhatsApp o un vuelco al ver las noticias mientras cenaban en sus casas de Huelva, Madrid o Málaga. Están en el lugar donde lo único que pueden hacer, con una botella de agua en la mano, es esperar. Y mientras lo hacen, no encuentran el tiempo verbal correcto para hablar de quienes viajaban en esos malditos vagones: pues esta treintena de pasajeros no están, pero ni siquiera saben si es solo que no los encuentran.
Nawal busca a su hermana Yamila, de 45 años, que había pasado el fin de semana en Málaga con su marido, pues él trabaja allí y ella en Madrid. Viene con otros familiares que apenas hablan español, son de Marruecos, y ella traduce lo mismo desde hace horas: “No hay información”.
Yamila iba en el vagón número 8 del tren Iryo, justo uno de los que descarriló y fue arrollado por la cabecera del otro tren que iba a Huelva. “Estábamos hablando con ella por videollamada cuando de repente el móvil se cayó y escuchábamos a gente gritar, mucho ruido. La cámara seguía activada, pero no veíamos nada. Luego intentamos durante dos horas llamarla de nuevo y ya nunca pudimos”, cuenta su hermana. El móvil lo han recuperado porque un pasajero lo encontró sonando sin respuesta.

Rafa busca a su nuera, tiene 26 años, uno menos que su hijo, militar, que vive en Madrid y se despidió de ella la noche del domingo después de que pasaran unos días juntos. También esperan junto a decenas de personas en el centro cívico alguna respuesta. Ella regresaba a Lepe, Huelva, viajaba en el vagón número uno, el que se estrelló contra el coche de Yamila. Mientras su hijo va de un sitio a otro de la ciudad esperando alguna respuesta, Rafa y su mujer no entienden por qué todavía a las 15.30 horas no saben si su nuera es una de las 39 víctimas que ha comunicado el Gobierno autonómico, si estará todavía atrapada entre los hierros, si quizá, simplemente no han podido localizarla.
El centro cívico de Córdoba es el limbo al que llegan todos. Y algunos se han comenzado a desesperar. Mientras Rafa trataba de contactar a su mujer, una familia cruzaba llorando el cordón policial que mantiene una distancia entre los familiares y la prensa: “No nos dicen nada aquí. Nos vamos a buscar a otra parte”, contaban.
“Cuatro de mis familiares siguen desaparecidos, pero me acaban de llamar que han encontrado a la pequeña de 5 años”, dice Germán, uno de los familiares que se encontraba en el centro, al salir corriendo camino a su coche. Clara Molero, una psicóloga de Renfe que ha estado atendiendo a familiares que se alojaban en hoteles, pasa el cordón policial para entrar en el centro y seguir ayudando. “Hay de todo, hay gente que está muy mal y otros que se mantienen positivos”, sostiene Molero.
El presidente de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, explicaba ante los medios esta mañana que la lentitud en la identificación de los cuerpos se debe a que “muchas de las personas son difícilmente reconocibles”. El barón del PP insistía en que este grupo de familias sin respuesta era la máxima prioridad del día después de la tragedia: “Sacar cuanto antes del sufrimiento a esas familias rotas. No va a ser rápido el trabajo técnico”, advertía el presidente autonómico. Antes del mediodía quedaban al menos ocho cuerpos por rescatar del lugar y no podían garantizar que no hubiera más atrapados.
A las 15.45 horas, frente a las puertas de ese mismo centro, una mujer se acababa de enterar de que el familiar que esperaba era uno de los fallecidos. La mujer lloraba desconsolada y gritaba: “¡Ay, por Dios, no puede ser!”. Otra más joven lloraba mientras hablaba por teléfono. Una veintena de psicólogos en el centro intentaban calmar a distintas familias y creían que a partir de esta tarde comenzarán a llegar más malas noticias para otros de los que todavía seguían a la espera.
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