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Los vecinos alumbran la noche más oscura de Adamuz: “He visto desmayos, gente llorando. Ha sido durísimo”

Los residentes del pueblo cordobés se vuelcan con las víctimas del accidente y sus familias con mantas, agua, alimentos o unas palabras de cariño

Antonio Pérez, de 53 años, abrió el hogar del pensionista de Adamuz a las ocho de la mañana, como cada domingo. Descansó solo un rato para comer. Y al final de la tarde, cuando se disponía a cerrar, le avisaron de que había descarrilado un tren. “Era lo único que se sabía. Había pasado algo grave, pero no conocíamos hasta qué punto. Yo dije que iba a mantener el local abierto por si acaso hacía falta”, asegura. Horas más tarde, el lugar se convirtió en el epicentro de la atención a los familiares de las víctimas del accidente ferroviario. Allí pasaron la noche medio centenar de personas mientras conseguían noticias de sus allegados. “Ha sido una noche horrorosa”, explicaba ya a mediodía del lunes el hombre, con una visible cara de cansancio tras no dormir durante toda una noche en la que ha servido centenares de café -han gastado cuatro kilos de grano- y bocadillos, además de unas cuantas palabras de cariño para quienes se derrumbaban al conocer la muerte de sus allegados. “He visto desmayos, gente llorando. Ha sido durísimo”, añadía.

El buen funcionamiento del centro de mayores hubiese sido imposible sin el apoyo de los vecinos del municipio cordobés, con poco más de 4.000 habitantes. Desde el supermercado Más y Más llevaron embutidos, desde la panadería Alea varios sacos de pan. Los residentes añadían zumos, botellas de agua, dulces, mantas, ropa. Todo sirvió para dar un descanso y alimentar también a los servicios de rescate o agentes de la Guardia Civil, que buscaban un lugar de descanso y algo de calor para escapara de las temperaturas que rozaban los cero grados en el exterior. Pérez, que contó con la ayuda de su hijo y su hija, no ha cobrado a nadie. “Era lo mínimo que podíamos hacer”, subraya. “Salió todo espontáneo. La gente al ver una situación así saca lo mejor. La pena es que solo saquemos lo mejor en ocasiones tan extremas y no en el resto del día a día”, afirmaba Juan Antonio Cebrián, jubilado de 69 años, quien a última hora del lunes daba indicaciones a una mujer marroquí que aún no habían conseguido contactar o localizar a su hermana.

Los vecinos también se volcaron con el hospital de campaña que se instaló en la caseta municipal del pueblo. Cuando ya fueron conscientes de que lo que había ocurrido era grave, muchos se desplazaron hasta allí para ver en qué podían ayudar. Los grupos de WhatsApp ardían con ofrecimientos de todo tipo: desde alimentos hasta alojamientos turísticos que abrían sus puertas para que quien lo necesitara pudiera pasar allí la noche. La cooperativa de aceite también ofreció sus instalaciones, la escuela de música se habilitó por si hacía falta y las empresas de autobuses de la zona reaccionaron en cuanto se les llamó con varios vehículos. “Todo el mundo ha hecho lo que ha podido”, decía una de las vecinas, Mari Tere Sánchez, de unos 50 años, a las puertas del Mesón Los Monteros y del bar Antojos, donde se había reunido buena parte del pueblo para desayunar, repasar la noche y asistir a una procesión de medios de comunicación desplazados hasta la localidad.

Andrés Pastor, de 53 años y propietario de una carpintería metálica, aportó un grupo electrógeno, gasolina y focos para ayudar a iluminar la zona en la que trabajaban los rescatadores. Sirvieron hasta que llegó un equipo de Grúas Barea con enormes luces. Su hijo también se involucró. “Había llegado de jugar un partido de fútbol y estaba en casa viendo como pasaban más y más ambulancias. No podía quedarme quieto, así que fui a por mantas, alargaderas y colchones para ayudar a los viajeros”, relata Julio Pastor, herrero de 22 años. El joven fue uno de los voluntarios que asistió a los accidentados que iban poco a poco llegando. A su alrededor había un equipo de sanitarios —desde los ATS que residen en el pueblo hasta estudiantes de medicina o auxiliares de clínica, como la madre de Pastor— que daban una primera atención y luego él ayudaba en lo que podía. “Los sentábamos, les arropábamos, les dábamos agua y comida”, subraya. “He visto golpes en la cabeza, otros con fracturas, gente con mucha sangre que venía en camilla. Si estos eran que menos heridas tenían, no quiero imaginar el resto”, matiza quien abandonó la caseta cerca de las tres de la mañana y tuvo que tomar un relajante muscular para poder dormir.

Sobre esa hora salía uno de los autobuses movilizados por el Ayuntamiento para trasladar a los viajeros con destino a Huelva, que se habían alojado en las sedes de dos hermandades del pueblo. Allí, entre palios e imágenes procesionales habían descansado, tomado un café o recibido un poco de calor gracias a las estufas facilitadas por los vecinos. Decenas de voluntarios y personal de Cruz Roja, Protección Civil o emergencias sanitarias permanecieron durante toda la noche para centrarse ya en los familiares de las víctimas, que recibieron también atención psicológica en el hogar del pensionista. “Nadie está preparado para esto. Nos ha tocado de rebote, porque podía haber pasado aquí o en cualquier otro lugar, pero había que reaccionar y el pueblo lo ha hecho a la perfección”, concluía Antonio Pérez ya cerca de las dos de la tarde, con una cara de puro cansancio mientras, sin sueño a pesar de sus más de 30 horas sin dormir, trataba de descansar unos minutos apoyado en la mesa de billar del hogar del pensionista, cuyo tapete estaba cubierto de mantas, pura imagen de la solidaridad adamuceña.

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Sobre la firma

Nacho Sánchez
Colaborador de EL PAÍS en Málaga desde octubre de 2018. Antes trabajé en otros medios como el diario 'Málaga Hoy'. Soy licenciado en Periodismo por la Universidad de Málaga.
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