Lilia Méndez, una mujer contra el olvido de la artesanía textil gallega
La arquitecta recupera textiles de lino elaborados artesanalmente en Galicia, tan antiguos que algunos datan del siglo XIX. Los vende en su galería Ao Domini en Ourense, rescatando y poniendo en valor la tradición de cuando las mujeres lo cultivaban y tejían en el entorno rural.

Galicia tiene un legado textil preindustrial en torno al lino que no todo el mundo conoce, ni siquiera gallegos que generacionalmente están bastante cerca. A su prestigio actual en el ámbito de la moda, le precede un pasado en el que durante siglos, y hasta algo más de la mitad del XX, existió una producción doméstica para autoconsumo llevada a cabo por mujeres en el medio rural, en la que unas se encargaban de sembrar el lino, procesarlo e hilarlo para que otras pudieran tejer ropa de vestir o de hogar, algunas de ellas piezas con un alto valor artístico y creativo.
Según Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC, las primeras notas históricas de cultivo del lino en Galicia datan del libro III de Geografía de Estrabón, geógrafo e historiador griego que vivió entre los siglos I antes de Cristo y I después de Cristo, en el que no solo se recoge su cultivo sino también la existencia de telares verticales. En el Catastro de Ensenada de mediados del siglo XVIII se recoge que los telares de entonces eran ya muy evolucionados, en comparación con los de Estrabón. “Los de esa época eran prácticamente como los que siguieron funcionando hasta los años setenta del siglo XX, momento en que se dejó de sembrar y la elaboración artesanal de prendas de lino cayó en desuso. Fue cuando la ropa hecha se popularizó. Desde ese momento, llevar ropa artesana, elaborada en casa, se veía como de pobres o de gente que no estaba al corriente de lo que pasaba en el mundo”, apunta Mandianes.
Este pasado es como un alma en pena, atrapada por una muerte trágica, esperando a que su honor sea restituido. “Mi madre recuerda lo que, para ella de niña, fue casi como una especie de ceremonia en casa de mi abuela. Una mañana se levantó y estaban todos alrededor de un fuego quemando muebles de castaño, cobertores de lino, jergones… Su vida había sido tan humilde que eran de hoja de maíz, ni siquiera de lana”, cuenta la arquitecta Lilia Méndez (Ourense, 45 años).
Así, excluida o quemada, fue como mucha de aquella producción artesanal de lino se borró de la memoria cuando llegó el mitificado progreso. No lo veían como algo que pudiera tener un valor, sino como recuerdos amargos de lo dura que había sido la vida rural. “A medida que la gente se fue yendo a las ciudades o convirtiéndose en clase media a partir de los años sesenta, en algunos casos se deshicieron de todo lo que les recordaba al mundo rural; a esa pobreza o vergüenza que sentían por haber vestido con aquella ropa que consideraban de bajo nivel cultural o de bajo poder adquisitivo”, añade Méndez.
Esa reacción contra lo tradicional y rural, que ahora empieza a revisarse y revertirse, hizo que tanto los cultivos de lino como la producción textil que se había llevado a cabo durante siglos en Galicia fueran desapareciendo y borrándose de la memoria colectiva. Pero no todos se deshicieron de sus herencias familiares. Lilia Méndez está rescatando algunos de aquellos textiles que se preservaron deliberadamente o que se guardaron en baúles y armarios de casas particulares, reparando los que tienen un valor artístico y patrimonial o confeccionando nuevas prendas y ropa de hogar a partir de las partes menos deterioradas de lo que no se puede salvar al completo. Los vende en su tienda-galería de Ourense, Ao Domini. Teniendo en cuenta que esta producción tuvo su ocaso entre los años cincuenta y setenta del siglo XX, son tejidos que tienen, como mínimo, más de medio siglo. En algunas piezas, las tejedoras incluyeron su fecha de realización. El cobertor más antiguo que ha localizado es de 1865. Pero, en realidad, no puede saber de cuándo son los linos que encuentra, quizá algunos sean mucho más antiguos.
Con el acopio que va haciendo, Lilia Méndez destina el verano a devolverles su lustre, ya que la mayoría lleva mucho tiempo guardado. Son como pequeñas cápsulas del tiempo, pues tienen manchas de sangre, de óxido o de hierba, que antiguamente no se podían quitar, o restos de semillas y ramitas. Los lava y seca al sol para que recuperen su esplendor. Aquellos con valor artístico y patrimonial que necesitan una reparación pasan por su red de bordadoras y costureras: mujeres que, asimismo, también trabajan en el entorno rural cercano a Ourense, pero que, en realidad, no aprendieron el oficio de sus antepasadas, porque la rotura generacional fue drástica y prácticamente no hubo transmisión de conocimiento. Su formación es actual, pero suficiente como para abordar tanto la reparación como la confección de prendas actuales con la sensibilidad y el respeto por el valor de lo que se traen entre manos.
Leonor Dorado, de 91 años, fue una de las últimas tecedeiras (tejedoras) en la época del ocaso del lino. Nos recibe en su aldea al sur de Ourense, caminando del brazo con Dorinda García, de 81 años. Hace dos décadas que no entra en su antiguo taller, aunque dejó de tejer mucho antes. La puerta se resiste. Su telar, o más bien lo que queda de él, se ve robusto y de manufactura preindustrial. En los peines con los que compactaba la trama aún hay fibras, deshilachadas y llenas de polvo. En los cestos, ovillos y restos de lienzos de lino. Imaginarla tejiendo ahí resulta conmovedor y turbador a la vez. Hace mucho frío. Ella dice que se calentaba trabajando. Examina y toca con emoción las piezas que trae Lilia Méndez.
Un hombre pasa conduciendo maquinaria de construcción y se para a saludar. Va a cumplir 50 años. Explica que no tenía ni idea de que en esa aldea se sembraba lino, se procesaba y se tejía. “En mi casa no quedó ninguna herencia de aquella época, todo pasó a ser cosas nuevas. Un desastre. Además, nadie se preocupó de revivir en mi mente esos recuerdos”, apunta Lilia Méndez. Fue tirando del hilo como descubrió este legado.
Dorinda García se encargaba de sembrar y procesar el lino. La siembra se hacía en abril y la recogida en julio. Primero le quitaban las semillas, que guardaban para el año siguiente. Luego lo ponían a remojo en el río dos o tres semanas y, después, lo dejaban secar en el campo. Para empezar a obtener la fibra, primero lo mazaban para romper la paja. Después se deluvaba, se estrujaba y retorcía a mano hasta que caía la paja. A partir de ahí iban seleccionando cuatro calidades.
Manojo a manojo, primero se espadaba usando una especie de espada de madera; de ahí, caía el tasco, la parte más ruda y leñosa, que puede tener restos de paja. El manojo se peinaba después empleando un taco de madera con púas; de ahí, caía la estopa. Lo que quedaba en el manojo ya era la fibra más larga y fina del lino, de la que se puede obtener también hilo. Todo pasaba por los fiadeiros para hacer el hilado. Este proceso se hacía durante el invierno. En abril, el lino se lavaba, se cocía y se blanqueaba. Y de ahí, al telar. Todo un año.
Victoria Montenegro, que asiste con la traducción, conoció a Dorinda y a Leonor en un proyecto social en los años noventa en el que recuperaron todo el proceso durante algunos años, desde la siembra al tejido, lo que permitió documentar su conocimiento. También teje, pero su telar y su modo de hacer son mucho más contemporáneos. Asesora a Lilia Méndez en sus búsquedas para identificar fibras, técnicas, épocas, orígenes y hacer una valoración de la calidad y la antigüedad de las piezas.
Entre lo que encuentran hay un poco de todo. Desde cobertores muy antiguos hasta lienzos que se quedaron atrapados en el ocaso y nunca llegaron a ser nada. Las piezas de más valor patrimonial suelen haber tenido una elaboración y una decoración complejas, son muy coloridas y, si incluyen fechas, acostumbran a estar entre los siglos XIX y XX. Estas las encargaban las familias con más poder adquisitivo a las tejedoras experimentadas y de mayor destreza. “Todas las tejedoras tenían el telar en casa. Las casas fortes tenían telar, pero no tenían tejedoras pues sus hijas no tejían, era un oficio más bien de pobres. Estas casas llamaban a una tejedora, que iba allí y se quedaba una semana, un mes o más, hasta que terminaba la tarea que le daban”, explica Manuel Mandianes.
Este tipo de piezas, que suelen ser cobertores, son algunas de las que Lilia Méndez recupera y repara, y que ahora tiene más sentido usar como tapices que como colchas. Aparte, con lo que encuentra que estaba destinado a un uso más cotidiano, pero que no se puede salvar en su totalidad, confecciona sus propias creaciones, reintroduciendo de nuevo esos tejidos, que tanto trabajo tuvieron detrás, en su ciclo de vida. Entre sus diseños hay de kimonos y vestidos a gabardinas, americanas, capas, blusas y chalecos. También hace productos para el hogar: cojines, colchas y fundas de edredón, así como piezas por encargo, como cabeceros, plaids o manteles.
“Para mí, todas estas piezas son herencia textil patrimonial. En el caso concreto de un cobertor, sería un sacrilegio cortarlo. Hay que restaurarlo. Pero cuando me encuentro con algo un poco más corriente, como un picote, una estopa o un lienzo de lino, que no tiene un valor patrimonial o artístico intrínseco, entonces ahí sí que patrono y saco una prenda única”, explica Lilia Méndez.
Su red de bordadoras y costureras en el entorno rural de Ourense también interactúa y aporta a la confección de sus diseños, proponiendo detalles a medida y enriqueciendo aún más la transformación de las piezas con su propia creatividad y su destreza artesana. Es un proceso que se hace al ritmo que ellas pueden llevar, que no está sujeto a colecciones ni temporadas pues se trata de diseños atemporales. Igual que antaño, es una red femenina, que repara el roto de una memoria desmantelada.


























































